Con lupa | Michel Suárez

La elección de Evo

El visado es un instrumento concebido para la regulación de los flujos migratorios. Su utilización como bandera política o símbolo retórico de un país contra otro no sólo es estúpido sino contraproducente.

Evo Morales recién ha aprobado un decreto que deroga la posibilidad de que los norteamericanos ingresen sin visa a Bolivia. Estados Unidos pasa del grupo I (sin visado) al grupo III (el más restrictivo), compartiendo nuevos honores con Afganistán, Corea del Norte, Irán, Camboya, Irak y Sudán, entre otros.

Los estadounidenses que habitualmente viajan a Bolivia lo hacen como turistas. Según la agencia AP, el 20% de los visitantes que recibe el país altiplánico proviene de Norteamérica, por lo que el aumento de las restricciones podría perjudicar un sector que genera a la economía local unos 350 millones de dólares al año.

¿Por qué un país como Bolivia, del cual los ciudadanos huyen masivamente y no es un destino atractivo como receptor de inmigrantes, impone nuevas trabas para el acceso de turistas del primer mundo?

Esta pregunta puede contestarse con perfil amplio. En primer lugar, con lo simbólico: el David de collar de coca ningunea al Goliat dueño del mundo e instala la denominada "reciprocidad" como estilo de trabajo. Con una Asamblea Constituyente a tres esquinas del fracaso y fuera de fecha, un país extremadamente pobre y unas necesidades apremiantes, el presidente indígena hace de la confrontación con Washington una política de Estado. Es la mediocridad de abrir un frente de combate con la principal potencia del mundo a través medidas huecas que no resuelven nada, pero sí crean conflictos.

En segundo término, Morales da un paso más para controlar el movimiento de ciudadanos made in USA hacia territorio boliviano, por aquello de que "el imperio siempre ataca". Tengamos presente el penúltimo rifirrafe entre ambos gobiernos, tan sólo porque una norteamericana entró a Bolivia, sin declarar, un paquete con 500 municiones de entrenamiento que iba dirigido a la embajada de Washington. Una vez dadas las explicaciones pertinentes, La Paz insistía en la teoría de la conspiración.

Por último, el inexcusable diezmo que debe pagar Morales a Hugo Chávez, como parte de la secta a la que pertenecen, esa santísima trinidad que forma junto a Rafael Correa y Daniel Ortega, con el nuevo mesías latinoamericano como jefe de la tribu.

Así van las cosas por este lado del mundo. Las mismas puertas que se cierran al turismo norteamericano, se abren a los servicios de inteligencia cubanos y venezolanos. Pero aquí radica justamente la intríngulis del tema: los primeros traen dólares para la economía local; los segundos, el modus operandi para extender el poder de Morales y cubanizar Bolivia.

El presidente, al que votaron masivamente los bolivianos para que les sacara urgentemente de la pobreza extrema, ya ha escogido lo que él cree que es bueno, bonito y barato para su pueblo.