Actualizado: 27/07/2017 12:28
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Girón, Bahía de Cochinos, Kennedy

Acuérdate de abril

La derrota del desembarco en Bahía de Cochinos marcó al anticastrismo con dolencias que aún perduran: el embullo y el desespero, siempre sobre la base de un pueblo cubano imaginario

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The shit has hit the fan.
Bobby Kennedy al Senador Smathers (D-FL)
17 de abril de 1961

La historiografía rastacuera inventó el cuento de que el ejército dizque constitucional de Batista perdió la guerra contra las guerrillas de Castro por culpa de la política exterior de Washington. Como si las tropas batistianas hubieran perdido algún combate por falta de armas o municiones u otra causa imputable a los americanos (1). Este y otros mitos de consuelo del anticastrismo perdedor no desbancan la mitología castrista, porque se reducen al absurdo con suma facilidad. Así sucede con endilgar la derrota de la CIA en Girón al presidente Kennedy, por no prestar debido apoyo aéreo a la Brigada 2506. Como si, desde el 17 de marzo de 1960, Eisenhower no hubiera aprobado la acción encubierta contra Castro con esta clara advertencia: “Our hand should not show in anything that is done” (2).

Detrás de estos hechos, está la CIA

La suerte quedó echada con los bombardeos del 15 de abril de 1961, que debió acabar con la aviación de Castro y no pudo hacerlo. Los aviones atacantes venían con las insignias de la Fuerza Aérea castrista para atribuir la acción a desertores. Nadie se tragaría la recurva de estos pilotos en otro ataque. Y la aviación militar estadounidense no podía involucrarse al descaro (3), pues Kennedy había ratificado a la CIA el 12 de abril la misma posición de Eisenhower: USA no intervendría bajo ninguna circunstancia (4).

Girón marcó así al anticastrismo con dolencias que aún perduran: el embullo y el desespero, siempre sobre la base de un pueblo cubano imaginario. El Director de Planes de la CIA, Richard Bissell, metió a Kennedy con cuchara que “fewer than 20 percent of the people” apoyaba a Castro y “75 to 80 percent” de las milicias desertaría al estallar la guerra de verdad (5). Para remachar deslumbró a Kennedy el 14 de abril con el cable en que el coronel Jack Hawkins compartía la confianza de los oficiales de la Brigada 2506: “They say it is Cuban tradition to join a winner and they have supreme confidence they will win all engagements against the best Castro has to offer” (6).

Llevaban razón en cuanto a la tradición cubiche de sumarse al vencedor, pero Bissell se tragó que sus dos lugartenientes más vinculados a los planes de invasión, Jacob Esterline y Jack Hawkins, habían ido a su casa el 8 de abril a renunciar, porque los recortes tácticos impuestos por imperativos políticos de la Casa Blanca hacían “technically impossible to win”. Bissell replicó que la invasión iba de todos modos (7) y el 10 de abril tupió a Bobby Kennedy con que las posibilidades de triunfo eran dos sobre tres. Agregó que, en el peor de los casos, los invasores se transformarían en guerrilleros. Kennedy respondió: “I hope you’re right” (8). Ninguno de los dos revisó bien el mapa (9).

Un día en la vida de Juan Orta

En entrevista con Don Bohning, Esterline recalcó que la invasión se hubiera preparado mejor “if that whole specter of an assassination attempt using the Mafia hadn’t been on the horizon” (10). Esterline se refiere a la operación paralela de matar a Castro con ayuda del crimen organizado, que Bissell venía empollando desde agosto de 1960. Hacia mayo de 1961 había llegado a la fase de entregar seis píldoras a Juan Orta para envenenar la comida —o más bien alguna bebida— de Castro.

Ese día Orta protagonizaría el acto más esperado por la CIA para entrar en sinergia con la invasión y acabar con el castrismo, pero unos dicen que el 11 y Castro que el 13 de abril de 1961 se asiló en la embajada de Venezuela, tras devolver las píldoras. La mafia alegó que se había apendejado, pero Orta repuso que al recibirlas ya no tenía acceso a Castro, quien así lo confirmó: “Cuando le entregan el veneno, al revés de lo que ocurría en los primeros tiempos, eran muy pocas las posibilidades de que Orta se encontrara conmigo” (11).

Juan Orta Córdova (1904-77) estudió magisterio, militó en el Partido Ortodoxo, sirvió a Castro en el exilio y luego del triunfo de su revolución llegó a ser Director General, Jefe de Despacho, de las Oficinas del Primer Ministro. Murió de diabetes en Miami Beach a los 73 años. Su último empleo fue cobrador de peaje en autopista.

En noviembre de 1961 pasó al cuidado diplomático de México por la ruptura de relaciones entre Cuba y Venezuela. Castro vino a concederle salvoconducto hacia octubre de 1964. Para el 4 de febrero, Orta andaba ya en Miami atizando que Fidel y Raúl habían mandado a matar a Camilo Cienfuegos. Este otro mito del anticastrismo no pudo sobrepujar jamás a la simple letanía mitológica del castrismo con una flor para Camilo cada 28 de octubre.

Coda

En vísperas de otra vuelta conmemorativa a la victoria de Girón o fiasco de Bahía de Cochinos, el anticastrismo perdido de hoy se diferencia por su irracionalidad instrumental (de medio a fin) del anticastrismo perdedor de ayer, que fracasó, pero al menos se orientaba de medio (la guerra) a fin (acabar con el régimen). Así y todo, ambos comparten figuras mitológicas como el presidente americano (hoy Obama) culpable y el pueblo cubano anticastrista, que hoy respaldaría tanto a la oposición que aun entendería por qué se vería afectado si Trump, como piden ciertos lidericos, aprieta la tuerca.

Notas

(1) En plena batalla de Santa Clara, el Che fue al cuartel del Regimiento Leoncio Vidal en vehículo con bandera de la Cruz Roja e instó al coronel Joaquín Casillas Lumpuy a la rendición. Este replicó: “Voy a convertir a Santa Clara en polvo y les voy a sacar a ustedes de la ciudad cueste lo que cueste. Con las armas que yo tengo usted no puede vencerme”. Así que había armas de sobra, pero faltaba algo que aquel coronel reconocería después de ser apresado: “La moral de nuestro ejército estaba a la altura de mis zapatos”. Eso no era culpa de los americanos. Cf.: “En Cuba”, Bohemia, 11 de enero de 1959, 117 s.

(2) Memorandum of Conference with the President, 18 de marzo de 1960.

(3) A la una de la mañana del 19 de abril, Kennedy accedió a que seis cazas a chorro despegaran del portaviones Essex, para que con alarde de presencia —sin entablar combate en el aire ni atacar objetivos en tierra— ahuyentaran a los aviones de Castro y dieran así apoyo a los B-26 que aún volaban. Los cazas nunca se encontraron con los B-26. Ni la CIA ni el Pentágono tuvieron en cuenta la diferencia de hora entre el teatro de operaciones en Cuba y la base de B-26 en Nicaragua.

(4) Johnson, Haynes. The Bay of Pigs, W. W. Norton and Co., 1964, 72.

(5) Diminishing Popular Support of the Castro Government, 16 de marzo de 1961.

(6) Memorandum for General Maxwell D. Taylor, 26 de abril de 1961.

(7) Wyden, Peter. Bay of Pigs: The Untold Story. Simon and Schuster, 1979, 160.

(8) Thomas, Evan. The Very Best Men, Simon and Schuster, 1995, 253.

(9) El mismo día del desembarco, a las 10 de la mañana, el batallón de la Escuela de Responsables de Milicias ocupó el caserío de Pálpite. Al recibir el parte por teléfono, Castro exclamó: “Ya ganamos”. Nadie como él conocía el terreno y sabía que los invasores no tendrían ya por dónde salir.

(10) “Troubling questions still haunt legacy of Bay of Pigs”, The Miami Herald, 17 de abril de 1998.

(11) Reflexión “La tiranía mundial”, 7 de julio de 2007.


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