Actualizado: 20/09/2017 13:35
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Geografía, Cuba, Historia

Cuba: un error desde el origen

La historia de Cuba es la muestra de una definida y decidida voluntad de sus habitantes para conspirar contra sus propios intereses

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A partir de su mismo brote geológico, cuando se acomodaban en su forma más o menos actual las formidables masas de la Pangea, se desprendió una porción rodeada por el mar que, contrario al resto de la generalidad de las otras islas del mundo, se orientó transversalmente de este a oeste. Basta mirar un mapamundi para observar que la peculiar y focal ubicación de lo que hoy es Cuba no es compartida por las grandes ínsulas del planeta (Madagascar, Japón, Inglaterra…) Es, en la exaltada imaginación de los poetas, “un caimán dormido en el Mar de las Antillas”. Para otros, con menos fantasía, una balsa atorada entre el Caribe, el Golfo de México y el canal de Bahamas, como una ventana al Atlántico. Una piragua atascada. Así, pues, su primer error desde que brotó del mar, fue tectónico. Esa tierra nació atravesada, al revés de las demás. Su origen fue una equivocación, una anomalía. Algo diferente.

Durante siglos fue poblándose por emigrados, los primeros balseros (o piragüeros), que llegaron a ella provenientes lo mismo del arco de islas que la vinculan con la actual Venezuela, o en otros saltos más cortos, pasando por Isla de Pinos[1], y viniendo también desde el Yucatán algunos pobladores de etnia, quizá maya.

Y cuando llegó el “Descubridor” (que no descubrió nada, pues todo ya estaba dispuesto y ordenado; descubridores fueron Fleming o Einstein), primero la llamó Juana por una infanta que ya emitía alarmantes síntomas de locura, y luego su nombre fue cambiado a Ferdinanda o Fernandina, por un rey consorte que tarreó a su esposa hasta la saciedad, conspiró contra ella, su hija y su yerno, y terminó casado con una barragana. Y finalmente la llamaron Cuba como apócope (otro error reduccionista) por Cuba-nacán, que en arahuaco significa “tierra grande del centro”, o en su otra lectura posible, “el centro de la tierra” o más nítidamente “ombligo del mundo” (como sus similares Tenochtitlan y Cuzco), con esa invencible vocación centrista de todos los aldeanos. Fue el segundo gran error, ahora toponímico. El “Descubridor” se negó hasta su muerte a aceptar que aquella era ínsula, sino continente, con su cabeza poblada por los relatos de Marco Polo y John de Mandeville: error bibliográfico.

Pero todavía luego resultó que tampoco era Isla, sino Archipiélago, y a los anteriores se sumó otro error, ahora geográfico.

Después viene una amplia sucesión de errores, pero ya incorporados y asimilados los geológicos y toponímicos, los otros han sido históricos. Cuba y sus pobladores siempre han hecho exactamente lo contrario de lo que debían o les convenía hacer. Su historia es la muestra de una definida y decidida voluntad de sus habitantes para conspirar contra sus propios intereses, y así les (nos) ha ido. Quizá por eso un personaje paradigmático sea el de aquel Chacumbele quien tanto insistió en su propia inclinación destructiva que “él mismito se mató”. Esta es una vocación autoaniquiladora que viene desde sus mismos fundadores: el primer suicida de una amplísima sucesión insular fue el cacique Hatuey, quien se negó a cambiar su “amigo imaginario” por otro desconocido, en la convicción rotunda de que “mi error es mejor que el tuyo”. Y venga la candela. Todo un arquetipo de la cubanidad.

La autodestructividad está engarzada en el ADN insular, y forma parte de su más íntima e irrenunciable genética nacional. Y contagia a los que se aproximan: ¿cómo entender entonces el gesto luminosamente estúpido de Diego Velázquez de elevar a Hernán Cortés como jefe de una expedición colonizadora, conocedor de sus muchos vicios y deslealtades, y quien hasta le faltó al compromiso con una sobrina, que se quedó “compuesta y alborotada” como la clásica novia de pueblo?

Durante varios siglos, no hubo Cuba como país, sino una pequeña ciudad con chozas de barro y techos de palma: Santiago de Cuba. Luego se hizo extensiva a una región, la Oriental, y finalmente a toda una isla cuyos habitantes —racialmente hispanos, y luego combinados en distintas proporciones con negros— quisieron ser conocidos como “cubanos” para diferenciarse de los demás, aunque todos eran “españoles” de tercera, luego de segunda y finalmente, cuando ya no importaba, de primera. Esa fue otra equivocación, pero ahora del gentilicio.

Aunque sea como resultado de un apócope, qué peregrina ocurrencia denominar una tierra igual que un odre donde se vacían y fermentan diversas mezclas, para producir resultados explosivos: una cuba es un tonel formado por duelas mal sujetas con aros, que la oprimen para que no pierda su forma y pueda contener algo. Lo mismo vino, aceite, mieles, o pólvora: “todo mezclado”. Pero sus paredes impregnadas guardan el sabor de sus contenidos anteriores y los traspasan a los siguientes en una memoria sinestésica y perseverante, dejando huella imborrable en su bouquet final. Como vienen de una cuba, sus oriundos serían cuberos, más que cubanos. Otro error: etimológico. Para un purista, deberían llamarse cubanacanos.

Durante siglos no era país, sino tierra, islote de paso, infestado de mosquitos y miasmas, con un calor asfixiante y unas lluvias torrenciales. Había que ser necio para vivir allí, pero como compensación se laboraba poco: no había minas, se sembraba apenas para el consumo y, si acaso, trabajo había cuando recalaba la Flota de Indias en su tránsito entre Europa y América, por un par de meses. Luego, esa temporada de sudores fue sustituida por la Zafra, otra ocupación transitoria.

Entre Flota y Zafra se ha ido trasegando la vida insular: entre el mar y el campo, entre la sal y el azúcar, logrando una combinación ambigua: “amarguito… como la vida”, diría Antonio Skármeta en un célebre comercial. Siempre entre lo que llega y lo que se va. En medio de lo de afuera y lo de adentro. Centrípeto y centrífugo alternativamente: como un huracán, esa gran palabra genuinamente cubana. Por eso en los mapas antiguos señalaban su presencia como un aviso: La Isla de los Ciclones. Y mucho más tarde La Isla de las Cotorras, coloridos seres volátiles y parlanchines, que luego en el teatro bufo alcanzarían su consagración dramática.

Después, en el rejuego de las potencias mundiales, cuando la geografía se convirtió en elemento patrimonial por las rutas de navegación que inyectaban sangre al comercio y por tanto al progreso, la islita cobró importancia estratégica, y fue ocupada en una parte por los ingleses —imperio en ascenso— contra la voluntad de España —imperio en decadencia— junto con otras ínsulas perdidas en las antípodas, llamadas Las Filipinas (por un monarca sifilítico que según cuentan asesinó a su propio hijo, loco de remate). Los ingleses, más listos, estuvieron encantados en su momento de soltar aquella papa caliente (hot potato) y la cambiaron por La Florida: prefirieron los everglades a los mogotes. Y los “cubanos” necios, en lugar de aprovechar aquel cambalache y sustituir el caduco derecho español por la mucho más democrática legislación inglesa que venía de la Carta Magna (mientras la hispana era hija y nieta del Fuero Juzgo, las Siete Partidas y el Derecho romano), se alebrestaron y “a la hora de los mameyes”, apoyaron a un oficialillo insubordinado contra lo que mandataba su propio monarca, quien se empecinó en matar ingleses en manigüeras emboscadas, hasta que lo capturaron y fusilaron por guerrillero: Pepe Antonio de Guanabacoa se llamó.

Y cuando por España declararon en la gaditana Isla del León “La Pepa”, la Constitución Liberal del 19 de marzo de 1812, los cubanos, antes que los españoles de la Madre Patria, gritaron ¡Vivan las cadenas! y se uncieron jubilosamente al carro del déspota más cretino que jamás haya gobernado estúpidos vasallos en el mundo, Fernando VII, quien, por traicionar, traicionó hasta a sus propios padre, madre y hermanos, y luego —para no hacer excepciones— a sus gobernados. Una fichita de señor. Y por las calles cubanas, los desfiles de entonces ya iban anticipando orgiásticos espectáculos posteriores: “¡Pa’lo que sea, Fernando, pa’lo que sea!”

Mas pasó el tiempo y pasó un águila por el mar y con los años, y los golpes, los de la península empezaron a entender que sería oportuno y conveniente dar un respiro, y trataron de ponerse al ritmo con el resto del mundo: surgió entonces la idea del federalismo y las comunidades autónomas de España, pero los cubanos, alebrestados por esclavistas arruinados y resentidos (como en México con el cura Hidalgo)[2], les dio por ser “libres”, es decir, un poco más cretinos pero exentos de la reprensión que tienen los chicos soliviantados. Sucesos truculentos como estos y otros provenientes del continente, inspiraron y motivaron a los entonces cubanos para imitarlos y hasta superarlos. Y llamaron presurosos entonces a una rebelión incendiaria, cuando ya desde España avanzaba la idea de una autonomía, y declararon la guerra contra sus propios hermanos, pues de cubanos sólo tenían la voluntad, porque de hecho y por derecho, por sangre y fisonomía, eran españoles y muchos de ellos viajaban por Europa en lujoso plan de grandes señores hasta acabarse sus ahorros, como se lo ganó a pulso el después “Padre de la Patria”, uno de los peores economistas y administradores de la historia cubana, que los ha tenido a raudales. Que quien no sabe, o no puede, administrar su propia hacienda, pretenda gobernar el país, es también un antiguo y célebre tópico —todo tópico tiene algo típico— de la historia nacional, sea la finca La Demajagua o el batey de Birán.

Estos iluminados de la antorcha arruinaron con sus luchas y sus “teas incendiarias” una colonia que empezaba a ser próspera (el mismo José María Heredia, desterrado desde México, envidiaba la riqueza de la Isla y abjuraba de sus devaneos libertarios al ver y padecer el relajo que trajo la “independencia” para los apetitos ya desbocados de Santa Annas, Bolívares y demás ralea). Otra gran equivocación histórica. Error de visión: fiasco óptico. Pero, sobre todo, monumental yerro económico: uno más en la lista.

Sigue la guerra, acabando con todo y especialmente con sus dirigentes. Divididos todos y buscando cada uno sus propios reflectores. Eran pocos, pero eso sí, muy mal llevados. España concede la autonomía plena, pero la rechazaron más que por una falsa dignidad, por andar ya muy engolosinados con una hipotética victoria, que nunca sería tal. Los documentos y diarios de los protagonistas confirman que las huestes “revolucionarias” sólo se habían adueñado precariamente de los campos, a los que de paso habían alegre e irresponsablemente destruido, quemando todo, sacrificando el ganado que a falta de refrigeración debían consumir de inmediato: banquete para hoy y hambre para mañana. No importaba, pues siempre se conseguiría “algo”: El “forrajeo”, actividad mambisa como pocas, después pasará a los guerrilleros castristas, los pantagruélicos “comevacas”, y luego se establecerá como parte del íntimo folklore en una población que hasta hoy sobrevive contradiciendo toda lógica y estadística, y que ha hecho de esa actividad de supervivencia casi una especialidad universitaria, aunque ya no se dice “forrajear”, que ni forraje queda, sino “resolver”, como ecuación de altas y abstrusas matemáticas. Pero a pesar de las alegres cuentas (otra manía nacional) las grandes ciudades seguían en poder de los españoles, detrás de gruesas murallas y guarnecidas con una poderosa artillería, con la que no contaban los aguerridos mambises. Estos tampoco tenían flotas para cañonear las ciudades desde prudente distancia. Nueva equivocación: no aceptan la autonomía. Todo o nada. Error de cálculo: pifia matemática. La consigna es: “Libres o mártires”, que al final resulta ni tan “libres”, pero sí “mártires” también. Es la perfecta expresión que va desde los mangos de Baraguá al marabú por doquier actual, de “la intransigencia revolucionaria”, el camino más corto y seguro a la carestía.

Y entonces les toma la palabra… Estados Unidos, que entran en la guerra, con barcos blindados de acero forjado en Pittsburgh, y pone de rodillas al ejército español… y también —de paso— al convocante mambí al que le impide entrar en las ciudades, y resulta así un frustrado (y burlado) “aprendiz de brujo”. Y quizá esto sea hasta para agradecer, pues con los ánimos caldeados y el entusiasmo incontrolable de la victoria —aunque por interpósita vía—posiblemente la transición de seda que ocurrió, hubiera sido mucho más áspera y escabrosa, constelada de ajustes de cuentas y asesinatos en masa de una plebe enfervorecida, como ya había ocurrido varias veces sangrientamente en la muy visceral América Hispana. Los españoles, por su parte y hasta hoy, se quejan lamiéndose la herida de perder “el florón, la perla de la Corona”, “la bienamada y siempre fiel”, la atravesada islita, mientras suspiran cuando algo ya se da por irreparable y consumado: “Más se perdió en la Guerra de Cuba”, y todavía le reclaman al vencedor que les ganó por tener mejores armas y barcos acorazados, como si ellos al luchar con los mambises hubieran tenido la deferencia de abstenerse de usar su muy superior y contundente poderío bélico. Tal parece que hoy ese espíritu de nunca extinguida revancha se cobra con los díscolos “hijos pródigos”, cuando algunos españoles inescrupulosos van a la Isla que sienten les fue arrebatada, para comprar sus ahora obsequiosos pobladores (y pobladoras) por un puñado de estrujados y mugrientos euros, previamente sumergidos en las aguas purificadoras de la “solidaridad” y la “hermandad”.

Hoy se sabe que la explosión del Maine se debió no a una agresión española o mambisa, y tampoco una autovoladura, sino a la deficiencia de un carbonero analfabeto que se puso a disfrutar un habano junto al polvorín: un error ortográfico devenido en histórico, que se convirtió en mayúsculo estallido pirotécnico.

Pero aquellos intrusos vencedores establecen al menos un cierto orden: además de fumigar la Isla para evitar que terminada la contienda la gente siguiera muriendo a montones por las epidemias, mandan bisoños maestros cubanos que apenas manejaban el Ripalda con todos los gastos pagados a la mejor de sus universidades, Harvard, para que se actualicen y regresen a formar el sistema de instrucción del futuro país. Conceden créditos, administran los recursos, hacen obras de pavimentación y de desagüe —que apenas se habían continuado desde el epónimo benefactor Francisco de Alvear— vacunan y desinfectan, bañan y curan heridos y, lo principal, como al principio de todo país que quiera serlo, hacen UN CENSO, pues hasta entonces los cubanos, como siempre muy empeñosos y dispuestos, no sabían en realidad ni cuántos eran, y a partir de ese censo —1899— lo estadístico se convierte en democrático, pues se establece la Lista de Electores, para la cual tampoco tenían idea ni medios de hacerla. La primera cartilla de ciudadanía en Cuba la confeccionan y entregan… los norteamericanos. Y, sin intervenir, organizan y realizan las primeras elecciones, limpias, sin pucherazos ni escamoteos, donde triunfa Tomás Estrada Palma, el primer presidente y clamorosamente enaltecido —a pesar de la intensa y permanente propaganda oficial para desacreditarlo— el más decente que ha tenido la republiquita insular cuyos ciudadanos más memoriosos, renuentes a la retórica descalificatoria, aún le reservan el respetuoso tratamiento de “Don” que no le reconocen a ningún otro gobernante. Tanto fracasó este intento por borrarlo, que cuando arrancaron una noche artera y oprobiosa su estatua de la Avenida de los Presidentes, sus zapatos de bronce quedaron firmemente unidos al pedestal, como su huella imperecedera en la historia: “De aquí no me bajan”, parece decir tras su esfumado mostacho el buen Don Tomás.

Algunos cubanos aceptan, pero como irremediable y no por necesaria y útil, la Enmienda Platt, que le garantizaba cierta transitoria estabilidad al país cromosómicamente levantisco. Pero a regañadientes y en lugar de agradecerla y tornarla definitiva y extensiva al resto del texto constitucional, están repelando y protestando contra ella hasta que, en 1934, después de “otra revolución” (la cuarta en menos de 30 años), logran finalmente quitarla, para adornar con esa medalla el pecho de un joven y laborioso sargento taquimecanógrafo bilingüe llegado a coronel, y luego general: Fulgencio Batista Zaldívar. Otro error, de puntería. La balística también sufrió los embates de la congénita falta de tino insular. Y no metafóricamente, pues muchos de los cañonazos contra los oficiales refugiados en el flamante Hotel Nacional vinieron a caer por La Chorrera.

Como resultado y sumatoria puntual de la relación de errores que forman su historia de fracasos, al final de este recuento brotó un galopín que en otras circunstancias y territorio no habría concitado sino lástima o piadoso desdén. “Pichón de gallego” le decían sus contados amiguitos del batey. “Bola de churre” le llamaban desde la primaria, por su odio cerval al jabón. “Loquito” le espetaban en su propia casa, cuando se lanzaba de cabeza a toda velocidad en una bicicleta contra un sólido muro para no perder una apuesta. “Gángster”, “Gatillo alegre” y “Capitán Araña” lo llamaron después sus colegas y compañeros de la universidad, que ya iban viendo por dónde le entraba el agua a semejante espantable coco holguinero. Y uno que era muy parecido a él le sopló un soberano —y sin respuesta— garnatón, al tiempo que lo definía con un criollísimo vocablo intraducible: ¡Apapipio! Como el ofendido era cobarde, pero tuvo muy buena memoria casi hasta su cagalistroso desenlace, años después mandó que a ese sacrílego le pusieran una bomba en su coche en Miami. “¿Apapipio yo?” preguntó satisfecho, mirando alrededor a cada uno de sus mudos sirvientes, sin respuesta posible, cuando le dieron la esperada noticia.

Fidel Castro asumió como nadie antes y después de los de su ralea, que el primer deber de quienes llegan al poder es mantenerlo, al precio que sea. A partir de esto, se justifica todo lo demás. En las frecuentes visitas de mandatarios democráticos se advierte una subterránea admiración instintiva por ese sobreviviente que, contra toda lógica y razón, se mantuvo en el poder (aún hasta cuando tuvo que alejarse, por una razón visceral), sin compartirlo ni fracturarlo: todo el poder, no para los soviets leninistas, sino para Él.

El gran aporte de Fidel Castro y su obsequioso e incondicional equipo a la doctrina totalitaria mundial no ha sido teórico, sino práctico. Su éxito innegable se debe a una combinación de dos elementos básicos: 1. un control férreo del poder, sin concesiones, al precio que sea, y 2. una manipulación perversa pero efectiva de la historia: supo tempranamente que cuando te cambian el pasado, también te alteran el futuro y dejan el presente irreconocible.

En efecto, con toda justicia se le llama El Invicto por parte de la propaganda oficial, pues la única gran batalla que realmente le preocupaba la ganó: sostenerse hasta el último segundo en el poder, al precio de la servidumbre total de los ciudadanos y de un estado generalizado de miseria que, de congénita, se ha convertido ya en hereditaria.

El aspecto 1 se ha levantado a partir de una concepción individual y personalista del liderazgo, que sólo le pertenece a una persona, quien concede gracias y mercedes a cambio de sumisión total, lo cual es un rasgo típicamente feudal; pero al añadirle visos proféticos, se emparenta con los movimientos redentoristas y mesiánicos de un fuerte contenido cristiano. La Alianza —mucho más fuerte y efectiva que la marxista postulada Obrero-Campesina— de Castro y la Iglesia, resulta así la consecuencia lógica de compartir una misma visión, un destino y unos métodos sumamente parecidos. La jerarquía católica cubana que miraba con desdén y conspiraba contra el advenedizo y mulato Batista, “nacido fuera de la santidad del matrimonio”, se sintió regocijadamente satisfecha de ver en el poder a un antiguo alumno jesuita a quien uno de sus profesores en Belén profetizó que tenía “madera de héroe” y ellos, los ignacianos, serían sus escultores. No vieron en su ceguera —oculos habent et no videbunt— que este barbado Galateo repudiaría pronta y ferozmente a sus ensotanados Pigmaliones. Otro pronóstico falta de precisión.

El error más grande: el enigma Fidel Castro

Se le permitió todo, todo se le perdonó: jugó con los sentimientos de un pueblo y de todo el mundo, siempre “pro domo sua”. Manipuló, torció, falseó, mintió, fingió… Casi todos lo aplaudieron, babeantes. ¿Cuál fue la pulsión que se manifestó en esta insensatez? ¿Cómo se produjo este encantamiento? ¿Qué sortilegio actuó en ésta, la más monstruosa de todas las equivocaciones?

La más compleja y perfecta simbiosis de una autodestructividad hedonista se manifestó entre propios y extraños: hasta muchos de sus enemigos más viscerales no dejaron de admirarlo soterradamente y de sentir hasta un extraño afecto por él. Aunque muchos finjan admiración por su vida y dolor por su muerte, hay que aceptar que también hay otros que la sintieron con autenticidad inexplicable pero cierta.

En eso que representa Fidel Castro como figura corpórea y mito se amalgamó el centauro de Eros y Thanatos, la pareja imposible pero siempre presente. La atracción-repulsión se amasó de forma indisoluble en su significado. Una suerte de amorosa deidad destructora: quizá complacía un fondo inconfesado de necesidad sadomasoquista de todo ser humano, la aceptación de un dios con cuerpo humano. Habría que deconstruirlo minuciosa e implacablemente para terminar con su encantamiento, liquidar su mito, no sólo borrar sino dispersar cuidadosa y benéficamente su huella.

Es irónico cómo solemos confundir los términos y aceptar frases hechas, vacías de todo significado. Cuando uno lee que siempre al referirse al presidente de Estados Unidos se le llama “el hombre más poderoso del mundo”, no dejo de escapar una sonrisa. ¿Cómo creer inmensamente todopoderoso a una persona acotada en tantos sentidos, por un congreso fuerte, una prensa atenta, un pueblo suspicaz y desconfiado y unos jueces celosos de su autoridad, sujeto al escrutinio permanente de millones de ojos que perciben cada movimiento de su rostro, cada temblor de su mano, cada vacilación de su voz? ¿Cómo llamar “poderoso” al hombre que no puede siquiera encerrarse con una becaria en un cuarto sin cámaras para desahogar su varonía impaciente sin que se produzca un escándalo de proporciones nacionales que amenaza con derribar su gobierno? Esta figura es un cuadro patético, risible, grotesco.

Sin dudas, desde su despacho en la antigua Plaza Cívica de La Habana, Fidel Castro siguió divertido y hasta con cierta pena este incidente. ¿Poderoso Bill Clinton? Poderoso él, Fidel, que hizo cuanto se le ocurrió en su mente enloquecida con el país y con el mundo y no le pasó absolutamente nada: sus más monstruosas ocurrencias eran aplaudidas y celebradas urbi et orbe, y hasta con bendición papal últimamente. Poderoso él, que nunca consultó, jamás dudó y tampoco vaciló en imponer su sacratísima voluntad sobre el parecer de los más experimentados y prudentes. Si algunos no lo seguían, eran traidores sin duda y merecían ser destruidos.

Psicópatas han existido muchos en la historia del mundo, pero quizá ninguno con esa capacidad de fascinación, que, a pesar de su depauperación final y su muerte, parece conservarse durante todavía más tiempo. Sólo así puede explicarse —no justificarse— que muchos continúen cerrando los ojos ante la evidencia documentada de sus excesos y crímenes. La formidable capacidad para que resbalen sobre su recuerdo tantas atrocidades lo convierten en un hombre de teflón moral: nada se le pega, de todo se le absuelve. Habla muy bien de los cubanos demócratas haber sostenido durante todo este tiempo una lucha tan denodada y al mismo tiempo tan ignorada contra un ser semejante: ningún pueblo esclavizado de la Humanidad ha debido enfrentar tamaño desafío, contra toda opinión. Esta situación no me provoca admiración sino asombro, el mismo de los cubanos que durante 60 años siguen peleando, denunciando, tratando de convencer de una verdad que resulta ajena para muchos, como una suerte de sortilegio diabólico: ¿no fue Lucifer el ángel caído más bello y atractivo de todos?

Tenía mucha razón su sorna sobre Clinton: porque Fidel Castro fue en realidad el hombre más libre del mundo. Esto lo logró a partir de la esclavitud absoluta de más de 10 millones de compatriotas, que no sólo aceptaron sino en su mayoría aplaudieron ese yugo, mirándose en él como el ideal supremo. En su propio servilismo, cada uno se sentía un pedacito de Fidel. “El Caballo” lo llamaron sus súbditos sin ánimo peyorativo sino todo lo contrario, repleto de admiración. Por eso no mienten hoy cuando algunos dicen: “Yo soy Fidel”. Es cierto… y eso es lo peor.

Pudo hacer —se le permitió, se le celebró— cuanto se le ocurrió: los absurdos más enloquecidos, los despropósitos más alucinantes, los disparates más hilarantes, las atrocidades más crueles… todo, absolutamente todo se le perdonó. Pocas personas en la historia del mundo han disfrutado semejante privilegio. Es realmente asombroso y aterrador.

No sólo jugó con la vida de sus inmediatos e incondicionales, sino aún de los extraños: en sus manos tuvo la posibilidad de desatar la Tercera Guerra Mundial, por un capricho de niño resabioso, y hasta eso le perdonaron. Otros dictadores con mucho menos poder destructivo y voluntad aniquiladora no han recibido ni remotamente la piedad de quienes los han juzgado, y a él se le absolvió de inmediato.

El mismo hombre que fue excomulgado por un Papa (Juan XXIII) luego fue visitado por otros tres pontífices; los dos últimos, en su propia casa: Benedicto XVI y Francisco. Ni un rey ha tenido semejante privilegio, y más asombroso resulta aún esta deferencia hacia un personaje que se confesaba ateo militante convencido y completo.

Dicen que toda persona cuando muere recibe mentalmente la imagen sucinta y veloz de su vida: durante unos segundos, quizá un minuto, el ser que se va percibe el resumen de su existencia en apretadas imágenes. Dicen, pues nadie que lo haya visto ha regresado para contarlo: es la película del final y del no regreso.

En una vida de 90 años tan repleta de acontecimientos: ¿cómo habrá sido esa película de Fidel Castro? ¿Habrá sido como aquel Viaje a la semilla que relataba Carpentier, desde la decrepitud de su circunstancia final hasta el óvulo materno, antes de fundirse en la tibia nada placentaria?

¿Habrá contemplado los fantasmas ensangrentados de Camilo Cienfuegos, despedazado por un cohete checo en su avioneta, tan pulverizada que ni mancha de aceite ni otra huella dejó? ¿Habrá visto el espectro de Che Guevara en La Higuera mirándolo con sus ojos abiertos y la sonrisa vacía preguntándole “¿por qué no responde Manila”? ¿Habrá recordado los miles de fusilados, los centenares de miles de presos agónicos, los otros centenares de miles de ahogados al huir de su paraíso, los millones de seres exiliados o apresados a los que destrozó sus vidas por cuatro y más generaciones? ¿Habrá atisbado, en definitiva, esa “luz al final del túnel” que dicen es la salida inevitable? ¿Habrá oído alguna voz a su encuentro? ¿Habrá aceptado la inevitabilidad de su muerte, como con cierto temblor en la voz confesó unos días antes, “antes de ser uno más, como cualquier otro”, él, que siempre fue diferente y superior, un superser fuera de toda magnitud humana, antes de disolverse en la nada?

Más allá de su desempeño histórico en la política mundial, Fidel Castro prevalecerá en todo caso como un enigma que ocupará por mucho tiempo a los que traten de definir su perfil y medir su trascendencia. Quizá quede a la larga como uno de los seres más fascinantes de la Historia, cuando sus crímenes y atrocidades, con el paso de los siglos y al morir todos quienes los sufrieron pasen a ser sólo una anécdota, apenas un trazo en el rincón de un pie de página. Tendrá la fortuna que posiblemente se le recuerde no en las ajadas imágenes postreras de su decrepitud vergonzante y deprimente, sino en las joviales imágenes de su juventud tempestuosa y vitalista. En todo caso, para algunos será una necesidad recordarlo así, porque junto con esa imagen se conservará nuestro recuerdo y otros seres se identificarán con la convulsiva existencia de ese sujeto que, quizá en algún momento animado por nobles ideales y altos propósitos, fastidió intensamente la vida de sus compatriotas, pero logró fijarse en el imaginario mundial de forma imperecedera, a un costo humano terrible pero incruento para él. Logró su meta: si la Historia finalmente no lo absolvió, al menos lo recordará, que era algo que le importaba mucho más.

Ya no se hablará de “Castro” (en el término subyace un reproche) sino como “Fidel”: son muy pocos los personajes que se les recuerda sólo por el nombre, a pesar de su grandeza y ejecutoria: Jesús, Alejandro, Napoleón, César… El resto, se recuerdan por sus apellidos: Lincoln, Martí, Mandela, Washington, Churchill, Stalin, Hitler, Mussolini, Gandhi.

Ya no se hablará de “El Comandante”, “El líder”, “El Presidente”, “El Monstruo”, o “El Caballo” … Quizá sólo se le recuerde con su nombre y un adjetivo: “Fidel, El Cautivador”, el hipnótico perorante de multitudes, que no logró nada más que grabar su nombre en la historia al más alto precio para su pueblo, pero dejando una huella de luces y sombras, como un rejuego de espejos traicioneros y fascinantes en un gigantesco caleidoscopio.

“El Gran Hipnotizador”: esa fuerza mesmérica, ese Svengali caribeño, ese encantador de serpientes antillano, ese gran fraude histórico, ese formidable mixtificador, que si algo dejó bien establecido fue su propia figura, su único legado rescatable y perdurable. Él es, al final de la relación, el error más grande de la triste historia de Cuba, la tierra de las equivocaciones.



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