Actualizado: 24/07/2017 15:09
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Cuba, Libertad, Mercado

Democracia y capitalismo en Cuba

Se equivocan quienes desde el exterior proclaman la libertad absoluta del mercado como la panacea que traerá la democracia a Cuba

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Por décadas en el exilio cubano de Miami se ha mantenido el credo de que llevar la libertad a Cuba pasa por la reinstauración de un sistema político dominado por el mercado. No es cierto. Capitalismo y democracia no son sinónimos. Pueden coincidir, pero no necesariamente. Se puede aspirar a que en la Isla exista un Estado de derecho, respeto a los derechos humanos, la propiedad privada y la libre empresa, sin que ello implique añorar una vuelta al pasado y apoyar la ilusión de convertir a La Habana en una copia de Miami.

En The Return of History and the End of Dreams, de Robert Kagan, uno de los ideólogos neoconservadores de mayor talento en Estados Unidos, se señala lo que pasan por alto quienes creen que con solo las bendiciones combinadas del comercio, capitalismo y propiedad creciente se llega inexorablemente a una democracia liberal.

Según Kagan, lo que se subestima es el atractivo internacional de la autocracia. La Unión Soviética, después del impulso inicial que recibió la industrialización fue un modelo de fracaso económico. Pero la China actual, hasta el momento, no lo es. Como dice Kagan, “gracias a décadas de destacado crecimiento económico, los chinos pueden argumentar hoy que su modelo de desarrollo económico, que combina una economía cada vez más abierta con un sistema político cerrado, puede resultar exitoso para el desarrollo de muchas naciones”.

Un sistema similar al chino o al vietnamita, con las variantes tropicales al uso, es lo que debe estar en la mente de más de un tecnócrata o funcionario cubano. Pero no es siquiera que el ideal de Raúl Castro sea la puesta en práctica de ese modelo.

Si algo se desprende de la realidad cubana actual, es la existencia de un conjunto de medidas de supervivencia, para navegar en el caos sin que se produzca un estallido social. Hasta ahora lo han logrado, como si fueran los dueños absolutos del tiempo. No hay mérito en ello si se recuerda el ejemplo más de moda en estos momentos, Corea del Norte, pero la casta militar cubana ha dado muestras de desempeñar un rol productivo y no limitarse al poderío parásito de los militares norcoreanos.

Aquí vendría entonces la pregunta de hasta dónde está el exilio preparado para lidiar con ese grupo de funcionarios y militares que están establecidos como los herederos del poder en Cuba.

Ante todo, hay que señalar algunas verdades, dolorosas para ciertos exiliados. Más allá de los méritos cívicos y el valor de algunos de sus integrantes —una cifra más o menos elevada para unos y no para otros—, el movimiento disidente es un buen indicador del control absoluto del Gobierno sobre la ciudadanía del país: hasta el momento, la disidencia ha demostrado su incapacidad como vía alternativa para el cambio de régimen, en tanto que ha logrado méritos en su labor de denuncia.

Tampoco llegan lejos ―nunca lo han logrado― quienes desde el exilio llevan a cabo una labor de cabildeo dentro de la Casa Blanca y en el Congreso en Washington, para conseguir que el Gobierno estadounidense asuma una actitud agresiva frente al régimen de La Habana, con el objetivo de transformar la situación actual.

A lo anterior se añade que la visión de que Cuba está gobernada por una gerontocracia es incompleta, y que quien piense ―en parte por pereza, por culpa de los corresponsales internacionales que no hacen bien su trabajo y hasta por desconocimiento de nombres y caras― que los mandos del régimen se limitan a un puñado de ancianos, y que todo se reduce a un problema de edad, lo más probable es que muera en la espera de una segunda solución biológica.

Si, salvo que se produzca un estallido social incontrolable, el destino cubano más probable es un cambio generacional, que ampliará la vía capitalista, pero mantendrá reducidas o controladas las libertades públicas, la ecuación capitalismo y democracia salta en pedazos.

Uno de los resultados ―quizá poco lamentable― será dejar sin grandes labores, aunque sin palabra es mucho más difícil y nada aconsejable, a quienes desde el exterior proclaman una libertad absoluta del mercado, como la panacea que traerá la democracia a Cuba.


Este texto recoge ideas expresadas con anterioridad en Cuaderno de Cuba.


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