Actualizado: 21/02/2017 11:10
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EEUU, Trump, Presidencia

¿Esto es guerra?

Hay una línea muy fina entre lo necesario, lo imprescindible y querer atacar lo institucional desde el supuesto deber

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This is war” (esto es guerra) se podía leer en algunos carteles en la Universidad de Berkeley, California, la noche del pasado miércoles. Automóviles quemados, piedras y palos contra la policía y barricadas cercaban los predios de una de las mejores universidades del mundo, donde la colegiatura, excepto las becas, es también de las más costosas a nivel global por su excelencia académica y sus centros de investigación.

El hecho viene a sumarse a una ola de protestas aparentemente desconectadas entre sí que se suceden casi desde antes que Donald Trump, asumiera como presidente 45 de Estados Unidos. Una buena parte de esta crispación se la debemos a la prensa, televisiva, radial y escrita. No han dejado de insistir en la mentira, el engaño, confundir: pero el presidente electo, hasta ahora, no ha hecho otra cosa que cumplir sus promesas electorales —nos gusten o no— en las primeras dos semanas de mandato.

Mucho revuelo ha concitado el famoso muro. La idea y la disposición no es de Trump, sino del Gobierno de Clinton, un proyecto inconcluso apoyado después en el Congreso por el expresiente Obama y la senadora Clinton. Es, además, un derecho de cada vecino cercar su propiedad cuando y como le dé la gana. Una alharaca ha provocado la exclusión de emigrantes de siete países musulmanes, no de todos, sino de aquellos que desde la administración Bush eran considerados “estados fallidos” y difíciles de escrutar por las agencias norteamericanas de inteligencia por su no cooperación. Por eso Arabia Saudita, una verdadera madraza de terroristas, no ha sido incluida.

Podríamos continuar enumerando falacias y medias verdades de quienes creen que lograrán un impeachment del Presidente mintiéndole a la opinión pública. Un caso muy triste es el de cierto latino, estrella de los noticiarios, quien se ha destapado como un enemigo público y jurado de Trump, y aún sigue dando noticias como si pudiera ser imparcial. Es un lamentable caso de una ética periodística torcida, narcisista.

Miami-Dade ha estado en el foco de la atención nacional después que el alcalde Carlos Giménez dijo que la ciudad no sería más “ciudad santuario”. Ello significa que los indocumentados que violen la ley y caigan presos serán entregados a emigración, como debe ser en cualquier país civilizado. La prensa no ha tardado en saltarle a la yugular al alcalde. Ha tenido que explicar, bilingüe, que la policía no le hará la tarea a Homeland Security. Pero las protestas continúan.

Lo peor de lo que está pasando es que detrás de la natural y democrática acción de repulsa pacifica se está deslizando un peligroso anti-norteamericanismo que esconde un pensamiento totalitario, anti-institucional, anti-USA. Siguen acusando al magnate-presidente de ilegitimo, pues no ganó la elección popular, aunque saben que de ser así California, Florida, Ohio y Nueva York serían los estados que siempre elegirían al ejecutivo. Dicen que en el gabinete de Trump todos son millonarios y generales, y de verdad no veo otra forma de ser más exitoso en lo civil y lo militar en Estados Unidos, donde hay que “pulirla”, que ser, precisamente, millonario o general.

El mensaje anti-norteamericano ha querido tomar al Presidente como un target fácil, desmontando el discurso inaugural, criticable en algún sentido, pero cuya frase “América Primero” es la que los latinos hubieran deseado que sus líderes dijeran e hicieran efectiva. A los cubanos en particular nos hubiera gustado que el extinto líder hubiera dicho y hecho “Cuba primero”; así nos hubiéramos ahorrado tantas humillaciones como no poder entrar a los hoteles, a nuestras playas, y ver como añosos mexicanos, rusos o canadienses desvirgaban muchachitas con la anuencia de sus propias familias y la complicidad de las autoridades.

Aceptemos, incluso, que Trump es un potencial dictador. Instituciones fuertes evitarían sus desmesuras. Lo que está sucediendo, peligrosamente, es que ya no es solo contra el Presidente, sino contra los hombres y las instituciones que sus hombres dirigen. Recordemos el patrón que antecede a toda tiranía: la prensa liberal, la intelectualidad pedestre y las clases altas liquidan el prestigio de sus líderes dejando las instituciones huérfanas y el camino expedito al dictador.

¿Es justo criticar al Presidente? Lo es. Y más: es absolutamente necesario. ¿Es justa la protesta pacífica? Sí, imprescindible. ¿Deben los otros, poderes, legislativo y judicial, “cortarle” las alas al ejecutivo cuando emprenda vuelo en solitario? Es su deber y misión. Pero hay una línea muy fina entre lo necesario, lo imprescindible y querer atacar lo institucional desde el supuesto deber. Hay aun otra pregunta más desconcertante: ¿estaremos viviendo el preámbulo de otros 60 y sus consecuencias culturales, económicas, sociales y políticas para Estados Unidos y el mundo?

Los que conocemos un poco al enemigo de Norteamérica nos llama la atención su silencio. Están como en un segundo escalón, dejando el trabajo “sucio”, el asesinato de reputación a los propios medios de Estados Unidos. Apoyados por una minoría anti-sistema que medra en universidades y en el mundo cultural, habituales destinatarios de préstamos millonarios que casi nunca pagan y muy poco producen, el mundo “anti-yanqui” está a la espera de que la ofensiva, de astillas del propio palo, avance para recomenzar su habitual hostilidad. Los disturbios en la selecta Universidad de Berkeley —entre las primeras seis del mundo— así pudieran confirmarlo.

Donald Trump es ahora el comandante en jefe de todos los norteamericanos y nos guste o nos disguste, ya es hora de desearle un buen provenir sin dejar de ser críticos con su gestión. Lo contrario, desearle el fracaso, es aliarse con los enemigos de este gran país. Y a esos, parafraseando a uno de los finados más combativos en contra Estados Unidos, no les puede dar “ni un tantico así”.


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