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Actualizado: 22/08/2014 15:42
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| Opinión

Saint-Louis, Judíos, Holocausto

¿Existió complicidad del gobierno cubano con Goebbels en 1939?

Desde 1933 se había conocido una ola xenófoba y antisemita en Cuba, aunque no fue estimulada oficialmente por el gobierno

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He recordado el episodio del Saint-Louis, tras leer la rica y fina novela Otra vez adiós (Suma de letras, 2012) de Carlos Alberto Montaner, cuyo protagonista, un judío vienés, es uno de los pocos pasajeros que logra desembarcar en La Habana.

Si no existió complicidad del gobierno del presidente Federico Laredo Bru (aunque el poder de facto era el del entonces coronel Fulgencio Batista) con la Alemania nazi, al menos al buque Saint-Louis, así como otros dos barcos más, el Orduña y el Flandre, se les tendió una trampa en La Habana, el destino de los tres navíos, cargados de refugiados judíos.

Tras el pogromo de la Noche de Cristal (9 de noviembre de 1938), Alemania se mostraba “magnánima” y “generosa” con los judíos, permitiéndoles salir.

A principios de abril de 1939, Joseph Goebbels se reunió con Hermann Göring y Reinhard Heydrich, en un almuerzo de trabajo en el Hotel Adlon de Berlín. El ministro de propaganda les expuso su plan, que contaba con el beneplácito del Führer. Se trataba de dejar partir a los judíos, para mostrar que ellos no eran sus verdugos. El punto central de la maniobra era hacer evidente que las críticas dirigidas por las democracias a Alemania eran hipócritas, ya que no iban a ser aceptados. Göring se mostró escéptico. ¿Cómo podía estar tan seguro de ello? Goebbels le respondió que no sólo estaba seguro, sino que iba a ser realidad. Si ningún país iba a aceptar a los judíos, ¿para dónde entonces quería Doktor Goebbels que se vayan? “Por supuesto, siempre tendremos a Cuba”, habría dicho el ministro de propaganda. “¿Cuba?”, exclamó Heydrich. Goebbels lo confirmó y aludió a un informe de la embajada americana en La Habana del 18 de marzo de 1939, al que pudo tener acceso. Se señalaba que el gobierno cubano estaba dispuesto a acoger a refugiados provenientes de Europa, dinero de por medio. “Pero esto puede cambiar”, sonrió enigmáticamente Goebbels. Estaba convencido de que Cuba finalmente rechazaría a los judíos, de lo cual dudaban Göring y Heydrich.

La entidad que iría a supervisar el “viaje especial” sería el Reichssicherheitshauptamt, el buró que más tarde, a partir de 1942, asumiría el exterminio de los judíos de Europa, bajo la dirección de Adolf Eichmann.

Inicialmente, el jefe de Inmigración, Manuel Benítez, había firmado los permisos de desembarco. Lo que fue revocado, por decreto (el 937: ¿una ironía cruel ya que los pasajeros del Saint-Louis eran tales?) del presidente Laredo Bru el 5 de mayo, una semana antes de que el buque de la naviera Hapag zarpara de Hamburgo, el 13 de mayo.

¿Cómo fue posible que el capitán del barco, Gustav Schröder, no haya sido informado del edicto revocatorio de Laredo Bru? El único que se alarmó con que el Saint-Louis zarpara rumbo a Cuba, una semana después de la negativa oficial emitida por el gobierno, fue el cónsul británico en La Habana, quien alertó al Foreign Office. Con el resultado de que Sir Herbert Emerson, del Comité Intergubernamental de Refugiados, le pidió al director de la Hapag en Hamburgo, Claus Gottfried Holtusen, de que no dejara zarpar al Saint-Louis. Holtusen, bajo fuerte presión de la Gestapo, le aseguró a Emerson que se permitiría a los judíos desembarcar, que él tenía “garantías personales” de las autoridades cubanas. Anteriormente, funcionarios americanos habían hecho notar que existían “divergencias de puntos de vista entre la Dirección de Inmigración y el Ministerio de Exteriores cubano”, pero no quisieron intervenir. Pero sí advirtieron que los editores de los periódicos (el único periódico cubano que mostró piedad por los refugiados fue el Havana Post, en inglés; todos los otros, especialmente el Diario de la Marina y el comunista Hoy, publicaron sin cesar, antes y durante que el Saint-Louis estuviera en el puerto, diatribas antisemitas) y los diplomáticos cubanos de carrera en servicio, estaban permeados por simpatías nazis. El embajador americano en La Habana señalaba que el cónsul cubano…en Hamburgo era el único diplomático de carrera de servicio en Alemania, e informó que era un “nazi en sus simpatías y no está a favor de que ningún refugiado judío se traslade a Cuba”. Sin embargo, Robert M. Levine, en su libro Tropical Diaspora (University Press of Florida, 1993), aduce que “la decisión de usar a Cuba como puerto de destino fue casual para los nazis”.

Además de que los pasajeros pagasen su viaje (en primera o en clase turista), se les hizo pagar 230 reichsmarks (92 dólares) por un viaje de vuelta en el caso de “circunstancias más allá del control de Hapag”.

Desde 1933 se había conocido una ola xenófoba y antisemita en Cuba, aunque no fue estimulada oficialmente por el gobierno. (Ningún gobierno cubano lo manifestó abiertamente.) Probablemente, Laredo era antisemita; le había pedido al Congreso prohibir “las repetidas inmigraciones de hebreos que han estado inundando la República”. El 8 de noviembre de 1933 se había promulgado la ley Grau (por Grau San Martín), que obligaba a todos los patrones a emplear al menos 50% de “cubanos nativos”. “Cuba para los cubanos”, aunque la consigna era contra todos los extranjeros.

Las primeras manifestaciones públicas antisemitas tuvieron lugar en los últimos meses de la dictadura de Machado.

La propaganda nazi encontraba terreno entre los comerciantes españoles, quienes veían con malos ojos la llegada de inmigrantes judíos. La Falange Española en Cuba hizo causa común con los agentes nazis (para la llegada del Saint-Louis, la red de los últimos contaba con 60 miembros), denunciando “la amenaza judía” en nombre de la salvaguardia de la “raza hispana”.

Las autoridades dejaban actuar a los grupos fascistas y nazis. El virulento Diario de la Marina, que convocó a una manifestación contra el arribo del Saint-Louis, nunca fue censurado.

Por una parte, Juan Prohías había creado el 24 de septiembre de 1938 el Partido Nazi Cubano, con sede en el número 146 de la calle 10 entre 17 y 19 en el Vedado. Su domicilio personal era en Flores, entre Enamorados y Santos Suárez. En su programa de radio Hora Liberal Independiente, arremetía diariamente contra los judíos y sus posibles inmigrantes.

Por otra parte, el ambiente antisemita era azuzado por Primitivo Rodríguez, del ala más dura del Partido Auténtico, y vocero del expresidente Grau San Martín. Decía que el pueblo cubano debía “luchar contra los judíos hasta que el último fuese expulsado”.

Antes de que el Saint-Louis partiera, se convocó a la manifestación antisemita más grande de la historia de Cuba. Grau hizo el llamado desde el Senado, expresando que era “contra los judíos”. Tuvo lugar el 8 de mayo de 1939, reunió a 40 000 personas, más las decenas de miles que escucharon su transmisión en la radio nacional. Primitivo Rodríguez, el principal orador, arengó para que se sacara de la isla hasta el último judío.

La mayoría de los judíos a bordo creían que su permanencia en Cuba se iba a extender entre tres semanas y tres meses, antes de poder emigrar a Estados Unidos. Sin embargo, cuando La Habana rechazó a los desterrados, la administración de Franklin D. Roosevelt también se negó a su vez a acogerlos. Luego, el jefe de Inmigración Manuel Benítez, quien en el inicio había firmado los permisos de desembarco, después invalidados retroactivamente por Bru, intentó culpar a Roosevelt de la tragedia, alegando que el gobierno cubano había estado sometido a la presión de la administración norteamericana para no aceptar a los judíos, lo cual fue desmentido por el propio presidente americano. No obstante, cuando el Saint-Louis se halló de nuevo en el océano de vuelta a Europa, los pasajeros le dirigieron a Roosevelt SOS desesperados que nunca contestó. Argumentaría que nunca los recibió.

La determinación del presidente Bru fue, siempre, la de no permitirles la entrada. Todas las maniobras dilatorias constituyeron pretextos; entre ellos, el pedido de dinero: a la postre se revelaría que el asunto nunca fue éste.

Laredo se sentía respaldado por la inmensa mayoría de la opinión pública, en la histeria antisemita que se desató, con pocas excepciones. Consideraba que no podía “traicionar” el “sentir” de la población que le pedía ser implacable. Hizo caso omiso de los ruegos de los pasajeros y varios funcionarios.

Un dispositivo policial fue instalado alrededor y a bordo del Saint-Louis, para impedir que los pasajeros se tiraran al mar. Uno de los policías incluso impidió en una ocasión el uso del alemán, la lengua maternal de los desgraciados, ya que “no lo entendía”. Durante la noche, los reflectores se proyectaban sobre el barco-prisión, como se hacía en el campo de Dachau en el que ya habían estado confinados varios refugiados.

El capitán Gustav Schröder escribiría en su libro Heitmatlos auf der hoher See (Hamburgo, 1949): “Ninguna gestión, ningún ruego (entre ellos, anoto, los de las mujeres pidiendo piedad a la esposa de Laredo Bru, que ni contestó; así como un pedido del arzobispo de La Habana) fueron escuchados. Ningún comité, ninguna personalidad americana influyente (las cuales estaban preocupadas por la cuestión humanitaria) fueron capaces de hacer cambiar la opinión del gobierno cubano. El presidente permaneció inflexible. En verdad, no he comprendido nunca la razón de tanta rigidez. Tomé un abogado. Acusé a las autoridades cubanas. Le dije claramente a mi abogado lo que yo pensaba de este asunto usando la siguiente metáfora: el gobierno cubano me hace pensar en alguien que te invita a cenar y, una vez que uno llega a su casa, te tira la puerta en las narices”.

Laredo Bru ordenó la salida del Saint-Louis de la bahía, el 2 de junio. Amenazó con enviar un navío de guerra si no era obedecido.

Después de que el buque condenado fuera obligado a levar el ancla, la embajada alemana en La Habana le pidió a su ministerio enviarle al gobierno cubano una suerte de protesta. En realidad, era menos que una protesta formal, según la clasificación diplomática: “Aunque Berlín entendía que Cuba no quería aceptar a ningún judío”, el “trato” dado a un barco alemán había sido “cuestionable”.

La actitud de Fulgencio Batista, supuesto “hombre fuerte” del gobierno, fue enigmática. Pudo en ese momento, estar en desacuerdo con Laredo. Su ausencia de intervención en el asunto le valió tras la guerra la simpatía de la comunidad judía cubana. Bastaba el no haber intervenido para que ello fuera considerado positivo. Así, nunca se reunió, pese a sus reiterados pedidos, con el negociador de la organización judía americana (conocida como el “Joint”), Lawrence Berenson, aunque los unía cierta relación amistosa. ¿A este grado de “prudencia” había llevado la histeria cubana de 1939 contra los judíos que escapaban de Alemania?

Con el rechazo de los refugiados, en primer lugar por Cuba, y luego por Estados Unidos, Canadá, y varios países latinoamericanos, con la excepción de República Dominicana, se comprobaba la tesis del plan de Goebbels: como nadie quería acoger a los judíos, la Alemania nazi tendría “moralmente” las manos libres para implementar lo que, luego, sería la “solución final”.

Uno de los pasajeros, Joseph Josef, era un brillante abogado, miembro del SPD (partido social-demócrata alemán), quien fue presidente del comité a bordo de los refugiados, según idea del capitán Schröder. Interesado por el arte, se había dedicado a proteger a escritores y artistas. Conoció entonces a un desconocido Joseph Goebbels, quien había publicado una obra de teatro, “Los errantes”, un título premonitorio. Tras la Kristallnacht, Josef junto a su única hija, Liesel, pudo conseguir pasaje en el buque fantasma. En 1944, desde Filadelfia, donde pudo establecerse, le dirigió una carta abierta a Goebbels, invocando su recuerdo. Liesel Josef declararía más tarde que “estaba convencida que todo el affaire del Saint-Louis había sido un golpe de propaganda organizado por Goebbels con la complicidad de las autoridades cubanas”.

Fernando Ortiz denunció el antisemitismo y tomó partido por las víctimas del Saint-Louis, en el artículo “Defensa cubana contra el racismo antisemita”, publicado en junio de 1939 en la revista Ultra: “Los malditos racistas se agitan de nuevo para aumentar los males de nuestra Cuba. Se hace necesario prevenirnos contra sus nocivas propagandas. Por tal motivo esta asociación nacional contra los racistas, las discriminaciones y el antisemitismo, constituida en 1937, se dirige a todos los habitantes de Cuba, nacionales como extranjeros, de todos los niveles, para advertirles de un nuevo fenómeno de disolución que nos amenaza”.

Pero ese antisemitismo importado, ajeno al suelo cubano, no impidió la tragedia: de los 907 pasajeros del Saint-Louis que fueron obligados a regresar a Europa, 667 murieron en los campos de exterminio.

Algún día, un futuro gobierno democrático tendrá que pedir perdón en nombre de la historia de Cuba.

En la entrada de la Universidad Humboldt de Berlín, en la avenida Unter den Linden, una estatua de Alexander von Humboldt, el “segundo descubridor de Cuba”, da la bienvenida. Se lee en la inscripción que ha sido ofrecida a Alemania por Cuba, en el año de 1939.


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