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Actualizado: 24/10/2014 17:24
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| Opinión

Revolución francesa, Hombre nuevo, Che Guevara

La fábrica del hombre nuevo

En los regímenes totalitarios con frecuencia surge la idea de que el pueblo debe ser regenerado, y cuando éste se opone simplemente se intenta exterminarlo

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San Cipriano de Cartago, Apologista y Padre de la Iglesia, nació hacia 205 en esa ciudad del norte de África. A los 35 años se convirtió al cristianismo; en 248 es nombrado obispo de Cartago. Murió como mártir, decapitado, en 258. Su obra consiste en tratados y cartas. Escribe “El hombre nuevo” algunos meses después de su bautismo a los 35 años. Refiere que se encontraba en las tinieblas cuando recibió el agua regeneradora del bautismo. “Una luz de arriba se derramó en mi pecho ya limpio y puro”. Fue su “segundo nacimiento”, que lo hizo un “hombre nuevo”. Con anterioridad, su vida era cosa de la tierra, y esa, actual, en la que había comenzado a vivir en el Espíritu Santo, era cosa de Dios.

Hagamos un salto desde el bueno de Cipriano a los mediados del siglo XVIII, en Francia. Aun si entonces la palabra “regeneración” es rara, posee tres sentidos: dos teológicos, el del bautismo y la resurrección; y uno médico. Los filósofos y los naturalistas comienzan a darle, no obstante, un sentido nuevo. Se introduce la idea de que el hombre es como una máquina, que hay que arreglar y remodelar sin su consentimiento, como una ingeniería, o un mecanismo de relojería. Hay que formar a ciudadanos nuevos, según los deseos de los filósofos. Se pueden encontrar los lineamientos en los tratados de Helvétius, de d’Holbach, de Condorcet. Los ciudadanos saldrían del mismo molde.

Cuando se convocan los Estados Generales, la palabra “regeneración” se pone de moda y ya no tiene connotación bautismal: en 1789, se proponen “regenerar” al Estado.

Fue el abate Grégoire el primero en redefinir políticamente a la “regeneración”, en principio en tanto homogeneización. El primer modelo de regeneración fue el de un milagro espontáneo, cumplido en 1789. El segundo modelo de regeneración, para Grégoire y para tantos otros revolucionarios, será un medio perfectamente eficaz con el cual distinguir a los hombres nuevos revolucionarios de quienes continuaban siendo hombres del Ancien Régime. Los aristócratas no pueden ser regenerados y no pueden ser, por lo tanto, miembros de la nación. La aristocracia es una enfermedad incurable. ¡Fuera!, o a la guillotina. La regeneración debe ser general: hay que aniquilar a todas las monarquías en el mundo.

Grégoire es uno de los primeros en transformar la idea utópica de la regeneración en una ofensiva dirigida contra los enemigos de la Revolución. Toda persona no dispuesta a aceptar la regeneración revolucionaria debía ser eliminada; de lo contrario, la Revolución estaba en peligro. Es un combate interminable para destruir los restos corruptores del Ancien Régime. Hay que “aniquilar, purgar, hacer desaparecer, depurar”, dice Grégoire, a quien en 1950 Ho Chi Minh llamó “apóstol de la libertad de los pueblos”.

Así, comenzaron a quemar libros raros (lo que sin embargo disgustó al intelectual que era Grégoire), y se instala la des-cristianización. La regeneración se transforma en una ruptura completa con la historia. En realidad, la regeneración es el destino común de las dos ideologías radicales de la Revolución, la republicana y la liberal, las cuales comparten la visión de hacer tabula rasa del pasado.

Esta voluntad en el proceso regenerador de abolir todos los vestigios anteriores se manifestó, por ejemplo, en la adopción de un nuevo calendario, aunque aquí se revela también otra voluntad: la de controlar el tiempo.

La base de la regeneración de la sociedad, es el “hombre nuevo”.

El discurso revolucionario francés entre 1789 y 1799, está permeado por la formación de ese hombre nuevo, a quienes los protagonistas de los acontecimientos no cesan de referirse. Los revolucionarios quieren cambiar al hombre en lo más profundo. Fouché dice que el pueblo francés desea ser regenerado (¿le preguntó?, ¿hizo un referéndum?; cuando le peuple no quiso ser regenerado se intentó exterminarlo), “como un ser nuevo acabado de salir de la naturaleza”. Los robespierristas, pretenden crear un hombre nuevo y virtuoso. El americano Thomas Paine considera que la Revolución es “la revolución global del hombre nuevo”. (Con su vocación universal, el objetivo de la Revolución es regenerar primero a Francia y luego, al mundo entero.)

El convencional (miembro de la Convención) Rabaut Saint-Étienne es explícito: “Hay que hacer de los franceses un pueblo nuevo, y proporcionarles costumbres en armonía con las leyes”.

Se trataba de una utopía impuesta a la fuerza, totalitaria en esencia avant-la-lettre, ya que era una operación que se efectuaba del exterior hacia el interior. La regeneración moral de la sociedad formaría al hombre nuevo.

Saint-Just, con el sentido que poseía para la fórmula, bosquejó el cuadro de las instituciones republicanas para que éstas fueran capaces de formar las costumbres del hombre nuevo. Es una utopía rígida en la que él, Louis-Antoine de Saint-Just, se erige en organizador para codificar las conductas y las edades de la vida, rechazando la variedad. Es un mundo sin ternura, sin el derecho a acariciar a un niño, en el que no se puede desear nada, y hasta los 16 años uno solo se alimentaría de leche y de raíces. La carne solo se consumiría a partir de los 16 años. Es un mundo austero, también. Las flores, solo podían colocarse en los cementerios. No se puede ser violento; las emociones y la embriaguez deben ser repelidas. Las costumbres tienen que institucionalizarse. La amistad es un deber: si no tienes amigos, serás prohibido. Más aún, la amistad será el objeto de una verificación anual.

Preconiza el control institucional: si una pareja no tiene hijos, será disuelta. Y existirá identidad en los deseos, sin rivalidades; todos serán igualmente felices. El mundo se ajusta perfectamente a las necesidades de los hombres. Saint-Just llega hasta legitimar el incesto: los pueblos donde uno se casa con su hermana, en la inocencia de la proximidad, tienen “costumbres puras”.

El hombre nuevo no podía ser “educado” o cortés, sin embargo, según lo que se estimaba eran conductas remanentes del Ancien Régime: por decir “buenos días” (bonjour) tan solo una vez, las gentes iban a la prisión, así como por proferir Monsieur y Madame.

Se imponía, por otra parte, el educar individual y colectivamente al pueblo francés para constituir una comunidad política nueva, por medio de la educación propiamente dicha, con otra pedagogía cívica; y por medio de prácticas colectivas, es decir, las fiestas revolucionarias en las que se destaca como organizador y director de escena el pintor David.

La República va a imbuirse de tal misión educativa. La fundación de grandes escuelas, como la Normal Superior y la Politécnica (en el año III, esto es, 1794, tras Thermidor: contrariamente a lo que se piensa comúnmente, la “reacción thermidoriana” fue eminentemente revolucionaria), obedece a esta ideología de crear al hombre nuevo. (Ambas escuelas continúan en nuestros días formando a ciertas “élites” francesas.)

Las mujeres aprovechan para engancharse al carro, reclamando que quieren ser ciudadanas (citoyennes) ya que participan en cada estadio en la creación del hombre nuevo, desde el vientre, y luego amamantando y educando. Le atribuyeron a la leche maternal, según la mujer en cuestión, propiedades que determinarían al (futuro) hombre nuevo.

Así, no es casualidad que en la fiesta de la unidad y la indivisibilidad de la República, el 10 de agosto de 1793, David hiciera instalar una fuente de la regeneración, que representaba a la diosa Isis, de cuyos senos salía un agua de la que bebieron, notablemente, 83 viejos escogidos a través de Francia. Eso sí, la copa en la que bebieron era la misma para todos: un índice de ese deseo de que todo el mundo saliera del mismo molde.

Paradójicamente, el carácter materialista de la regeneración había desembocado en una mística notoria, también en sentido general. Y la operación simbólica efectuada por David, la de beber de los senos de la diosa determinada, provenía en espíritu de la francmasonería.

Napoléon, pese a su (reciente) pasado jacobino y rousseauniano, y pese a que varios pueden catalogar incluso a su imperio como de “extrema izquierda”, va a entender desde que apenas le arranca el poder el 9 de noviembre (18 Brumario) de 1799 al Directorio surgido de Thermidor, que el “hombre nuevo” no es solo una falacia utópica ¾sin contar lo peligrosa que puede resultar¾ sino que el hombre, sin adjetivos, necesita de un cierto anclaje en la tradición, o en lo que le antecedió y puede sobrepasarlo en tanto referencia para poder determinarse. Es aquí donde Napoléon es “contrarrevolucionario”: por haber entendido a la naturaleza humana. Siendo un descreído, instaura el Concordato con la Iglesia Católica; reintroduce el calendario gregoriano y, desde un punto de vista, su creación del imperio obedece a esta lógica tradicional, tanto para los franceses como para el resto de Europa que no se había “regenerado” y continuaba siendo monárquica.

Más tarde, a lo largo del siglo XIX, las diferentes corrientes socialistas francesas, utópicas y marxistas, continuarán concibiendo el proyecto de la regeneración revolucionaria del hombre y la sociedad.

Pero es el triunfo del bolchevismo en Rusia en 1917 el que va a reciclar el concepto de “hombre nuevo” que también fue adoptado por otros regímenes totalitarios, aunque indistintamente, de modo diferente, y sobre ello no me extenderé. Recordaré tan solo que los soviéticos y estalinistas pretendieron crear el “hombre nuevo”; como la ideología nacional-socialista en Alemania tuvo su neue Mann (la búsqueda identitaria del “hombre nuevo” del nazismo era racial); y el fascismo italiano, con su uomo nuovo fascista, habitado asimismo por connotaciones diferentes respecto de comunistas y nazis.

En Cuba, quien intentó teorizar sobre el “hombre nuevo” fue, como es harto conocido, Che Guevara en El socialismo y el hombre en Cuba, aparecido en marzo de 1965 en el semanario Marcha de Montevideo.

El “hombre nuevo” del argentino se cimentaba, apunto brevemente, en la “consciencia”, apartando la “mezquindad” y el “egoísmo” del capitalismo, sobre la base de incentivos morales que eliminarían el interés individual. Y aun, de un modo similar al de la Revolución francesa, Guevara insiste en que hay que “producir” hombres nuevos, como si fuese una fábrica, otorgando en ello un papel relevante a la educación. La posible similitud, no obstante, se detiene ahí. Si Che Guevara es como Saint-Just, según el filósofo neocomunista Slavov Zizek refiriéndose a que ambos se “preocuparon” porque el terror revolucionario fuese más sistemático (con la diferencia que Saint-Just escribía y hacía discursos haciendo la apología del terrorismo, mientras Guevara solía, además, presenciar los fusilamientos en La Cabaña entre otras lindezas que nadie debe ignorar), Saint-Just, previo teorizante del hombre nuevo, no toca a la propiedad —“privada” dirían los marxistas— , a pesar de que fue el profeta de una revolución socialista.

Respecto a los ingentes esfuerzos realizados por el gobierno revolucionario cubano por encontrar la fórmula y el método de la formación del hombre nuevo, no habría mucho que agregar. Los oprobiosos “rezagos del pasado” debían ser eliminados. Ello comprendió desde una nueva “moral”, revolucionaria, hasta los planes de estudio en internados, en las escuelas en el campo. También, por medio del concepto de “re-educación” (no solamente tributario, desde luego, del castrismo), notoriamente en las UMAP. Fue en estas tenebrosas Unidades Militares de Ayuda a la Producción, implementadas en Cuba a partir de 1965 y por espacio de unos dos años al menos, en las que debían realizar trabajo esclavo homosexuales, religiosos de diversas denominaciones, y toda suerte de “lacras” sociales, en las que pensé cuando leía al abate Grégoire: si la persona no podía ser regenerada, la Revolución estaba en peligro; debían combatirse sin descanso los restos corruptores, excluirse a los refractarios al nuevo orden, y sobre todo, aniquilar, purgar, hacer desaparecer, depurar.


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