Actualizado: 24/06/2017 12:00
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Cuba, Gansterismo, Partido Comunista

La violencia como estrategia del comunismo republicano

Réplica a Vladimiro Roca

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La última entrega de Espacio Laical ha abierto sus páginas a Vladimiro Roca, quien desde ellas replica a un trabajo que en el número anterior de dicha revista publicara el historiador Newton Briones Montoto. Con, ¿Una historia mal contada?, el conocido disidente comunista cubano interviene en una polémica en la que no es él ni mucho menos el primero en hacerlo, y que tomara impulso con la publicación de La Muerte de Jesús Menéndez: una historia mal contada. Pero que en propiedad ya había iniciado el autor de estas líneas con El gansterismo comunista de la época republicana, en la edición de Diario de Cuba correspondiente al 12 de abril de 2016.

En lo que sigue intentaré demostrar que en verdad el Partido Comunista cubano de la época republicana tenía a la violencia como estrategia, la tesis central del trabajo de Briones Montoto, como muy bien advierte el señor Roca en el suyo. En un trabajo posterior me concentraré en la muerte de Jesús Menéndez, lo que también él comprende como lo secundario en aquel. En esa segunda entrega, más que intentar negar lo que para mí es evidente: que a Jesús el capitán Casillas lo mató por la espalda, y que no lo hizo por un arranque del momento, indagaré en las particulares circunstancias de ese crimen y expondré a los autores intelectuales del mismo. Lo cual incluye desentrañar si a mi coterráneo sus correligionarios comunistas lo entregaron como víctima propiciatoria en sus rejuegos electorales. Para lo cual habrá que hacer un poco la historia del diferencial azucarero, por cierto.

Debo partir de reconocer que el señor Roca está en lo correcto: ni es investigador, ni historiador, ni muchísimo menos tiene aptitudes para ninguna de las dos actividades. El que cite en su ayuda, y sin hacer economías, nada menos que al que no podría ser más que el máximo responsable de la estrategia violenta: su padre, Blas Roca, y en una de esas interpretaciones históricas tan suyas, llenas de tendenciosidades, olvidos y simplificaciones, aquel bodrio llamado Los fundamentos del socialismo en Cuba, lo demuestran a las claras sin necesidad de que Vladimiro se tomara la molestia de explicitarlo al inicio del artículo.

Pero también debo reconocer que en esto de la aplicación de la violencia los comunistas republicanos no eran ni un caso excepcional de nuestra vida política, ni mucho menos los peores exponentes. Lo que si debe admitirse es que por sus creencias fundamentalistas, que les permitían actuar sin que los remordimientos morales los afectaran, solían aliarse, o por lo menos intentaron acercarse, a los grupos políticos más cruentos de la historia republicana: los batistianos y los machadistas.

Me limitaré en lo que sigue a exponer cinco hechos que corroboran a las claras que el Partido tenía a la violencia como uno de sus métodos preferidos al interactuar con otras fuerzas políticas, sobre todo cuando estas amenazaban el monopolio que sobre el movimiento obrero cubano les había cedido en 1938 el entonces coronel Fulgencio Batista. Luego reflexionaré un poco sobre las razones de porqué al contrario del pistolerismo post-revolucionario su historial ha sido tan convenientemente olvidado.

Primero. El 17 de junio de 1934 el partido ABC concentró a entre 50 u 80.000 seguidores en el Paseo del Prado habanero. Esta gran demostración de fuerzas de los abecedarios fue disuelta a tiros por Paulino Pérez Blanco, Ivo Fernández Sánchez y Rodolfo Rodríguez, militantes del guiterismo, en común con miembros del Partido Comunista. La acción dejó un saldo de 14 muertos y numerosos heridos. En La Revolución del 30: sus dos últimos años José A. Tabares del Real escribe: “…los golpes propinados por el Ejército Libertador, tropa de choque del PCC, dirigido por Ramón Nicolau, (grupo) al que hay que acreditar numerosos sabotajes, su acción contra la concentración fascista abecedaria de junio…” (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, página 306).

¿Podría acaso Vladimiro escribirnos una pequeña historia de ese mencionado Ejército Libertador, apoyándose en la papelería privada de su padre, si es que aún la conserva? Con esto le haría a la Historia de Cuba un mayor favor que con réplicas en las que no echa mano de otros argumentos que de las reinterpretaciones cargadas de omisiones de los mismos acusados.

Segundo: En el libro de entrevistas Secretos de Generales, de Luís Baez, Filiberto Olivera Moya, alguien que heredó de su padre las simpatías por el Partido Comunista, nos cuenta:

“En 1940 decidí regresar a Santa Clara (con el objetivo) de participar en las elecciones. Cuando llegué me fui directamente a San Diego del Valle. Allí me entrevisté con Tomás Díaz, que era el secretario del Partido Comunista. Le planteé que quería cooperar en las elecciones para evitar que ganaran los conservadores o los liberales… Me mandó a hablar con Emiliano Lugo Ochoa que era el candidato a alcalde que respaldaban los comunistas. Este aceptó mi apoyo. Le pedí que me diera dos o tres personas de confianza, aparte de las que (ya) yo tenía.”

“En total logré armar a más de 100 hombres y montarlos a caballo. Como tenía muchas relaciones, cuando venían los guardias me avisaban y me iba por otro lado.”

“Los conservadores contaban con el respaldo de Arturo González, conocido como el pato, que andaba con más de un centenar de personas armadas… El primer combate se dio en el Jobo, frente a la caza del terrateniente Ulises Camacho. En la acción perdió la vida uno de mis hombres.”

Narra luego Olivera, ya general castrista, dos enfrentamientos más, uno de ellos en presencia de Pancho Infiesta, el candidato a alcalde de la otra facción. Y cuenta que “los órganos represivos tenían órdenes de capturarme”, lo que sin embargo no impidió que con total impunidad se paseara por toda la región y que el día en que se efectuaron las elecciones distribuyera a sus hombres por todos los centros de votación, sin que nadie, incluidos sus oponentes, se lo estorbaran, como a continuación cuenta:

“El día de las elecciones distribuí a mis hombres en los distintos colegios electorales. Tenían instrucciones precisas de que el voto fuera libre. No podían permitir la compra de cédulas y al que llevara dinero para esos fines se lo expropiaban. Llegamos a requisar 75 mil pesos.”

“Nuestro candidato salió electo. El dinero obtenido (los 75 mil pesos) lo repartimos entre nuestra gente. Estuvimos tres días de fiesta. Finalmente decidí volver a La Habana.”

Debemos agregar detalles importantes que Olivera prefiere no contar, poner en contexto otros a los que sí hace referencia, y mirar con suspicacia ciertas cifras. En primer lugar, ese 14 de julio de 1940 no solo se votó a los alcaldes cubanos, sino también a los miembros del Congreso y al presidente de la república. Se desprende de ello que este señor, que más adelante se caracterizará en la entrevista como anti-batistiano de toda la vida, en 1940 fue el puntal de que en una amplísima región rural de Las Villas Fulgencio Batista, candidato presidencial de la Coalición Socialista Democrática y por lo tanto del Partido Comunista, o del Liberal y otras lindezas semejantes, y sin lugar a dudas uno de los individuos más nefastos de nuestra historia, consiguiera la victoria.

En segundo, y lo que se deduce de manera obvia de su ya aclarada labor en pro de la candidatura del hasta hacía poco jefe del Ejército: cuando Olivera se refiere a las relaciones que le avisaban de que los guardias venían, esas relaciones no eran otras que los mismos guardias. Para cualquiera que lea críticamente, y no desde la posición de aquellos que ante cualquier documento castrista lo hacen como si de hagiografías se tratara, es evidente que Olivera disfrutaba de una completa impunidad en la zona, y que gracias a ello regresó muy tranquilo a La Habana, a pesar de que sus aventuras habían dejado un muerto atrás. O al menos un muerto, que los suyos no eran ni mancos ni cegatos y es por tanto muy probable que a alguien hayan dejado bastante tieso en el otro bando; aunque, claro, él no lo cuenta. Pero hay más, resulta inconcebible pensar que la gente de Olivera se hiciera con el control de los centros de votación sin encontrar resistencia de sus oponentes, a menos que las autoridades estuvieran detrás para amparar sus travesuras. Y es que en verdad Olivera no era más que un matón más bajo la protección directa de Abelardo Gómez Gómez, coronel jefe militar de Las Villas.

Por último, debe mirarse con mucho recelo esa cifra que según Olivera incautaron el día de la votación. Si se leen los inflados números que según la sección En Cuba de Bohemia distribuían los partidos políticos de la coalición electoral gubernamental 7 años después, en los barrios de La Habana, cuando el país ya había salido de la crisis que lo asoló durante toda la década de los treinta, y se comparan con estos 75 mil pesos mencionados por Olivera, a uno no le cabe más que preguntarse: ¿Exagera, o es que San Diego del Valle era un pueblo dedicado a la minería aurífera por entonces? En un partido rural de poco más de 10.000 votantes hubieran tocado a 7 pesos y cincuenta centavos por voto. Todo un dineral por entonces. ¿O quizás es que Olivera no solo se ocupó de asegurar el triunfo electoral de la coalición batistiana en ese municipio, sino en varios barrios rurales de otros colindantes como Santo Domingo, Quemado de Güines, Sagua la Grande…? En dicho caso habría que admitir que gracias a una fuente confiable podemos establecer que el Partido Comunista contribuyó, mediante la labor violenta de uno de sus simpatizantes, a dicho triunfo en quizás el 1,5 % del territorio nacional. ¿Y habrá sido este el único caso?

Lo que en realidad sucedió en junio-julio de 1940 fue que los ñangaras, dizque materialistas dialécticos, durante la campaña electoral destacaron por sobre todo el color de la piel de Batista, y lo proclamaron como el protector de la raza negra, que estaba nada menos que protegido por el “espíritu” de un indio “putumayo”. Llegaron aun a crear una nueva porra que golpeaba a quienes en los cines abucheaban la imagen de “El Mulato Lindo”, cada vez que este aparecía en pantalla, e intervenían como provocadores en los actos electorales oposicionistas. De su actitud parcial y matonezca en los colegios electorales el día de las elecciones ha quedado de hecho bastante evidencia escrita en la prensa, o en los testimonios orales de la época. Es esta en sí la explicación del posterior agradecimiento de Fulgencio Batista para con los jerarcas del ñangarismo. No en balde hasta una botella de ministro sin cartera le resolvió “El Indio” al papá de Vladimirito.

Tercero: Los sucesos del Teatro Principal de la Comedia el 30 de septiembre de 1940, un hecho agregado por Newton Briones Montoto a esta polémica, y que tan bien describiera en su artículo. Al cual, por respeto a quien tanto me ha ayudado a recuperar mi orgullo de cubano, remito a los lectores.

Solo agregaré que los muertos fueron cuatro y no tres, que al menos dos de ellos eran jóvenes simpatizantes del autenticismo: Francisco Edelmiro Flores Iturralde y Pedro Viol Cisneros, y que entre los heridos de aquel día estuvo Orlando León Lemus “El Colorado”, alguien que carga, es cierto, con muchas culpas, pero que sí en verdad nunca transigió con Fulgencio Batista, y que combatiéndolo murió. A diferencia de Olivera y de tantos otros que tantas casacas han cambiado en sus vidas.

Cuarto: El asesinato de Sandalio Junco el 8 de mayo de 1942. Líder del obrerismo auténtico, y que si a alguien amenazaba era a los comunistas en su monopolio sobre los sindicatos. Resulta indiscutible que antes de eliminar a una figura de 2ª fila en el Partido Auténtico, su némesis por entonces, el ya general y hasta presidente constitucional Fulgencio Batista habría preferido matar a Grau, a Chibás o a Carlos Prío. Además, se daba la circunstancia agravante para el destino de Sandalio que había sido miembro del Partido Comunista antes de convertirse en el líder del trotskismo nacional entre 1932 y 1933, o de posteriormente militar en la Joven Cuba de Guiteras o el PRC (Partido Revolucionario Cubano, Auténtico). Todo lo más detestable para un comunista de entonces: un traidor y un seguidor de Trotsky. Y ya sabemos que le esperaba a cualquiera que se viera incluido en alguna de esas dos categorías de ponerse al alcance de los seguidores de Stalin[i].

Quinto: Los sucesos del 13 de abril de 1947 en el local del sindicato de la Aguja, en que los comunistas mataron a dos representantes del obrerismo auténtico. Pero dejemos que sea Enrique de la Osa, director de la mencionada sección En Cuba, una fuente que no podría ser acusada de parcialidad contra los ñangaras de Blas y Lázaro Peña, quien nos narre el suceso desde su sección En Cuba de la revista Bohemia: “…más de 100 delegados azucareros del PRC (el Partido Auténtico) iniciaron una marcha sobre el Sindicato para reclamar sus documentos. Enterarse de ello en la CTC y salir de allí en tres automóviles llenos de partidarios de Lázaro Peña fue un solo paso. Disputaron dentro del edificio y se produjo el incidente. Abundantes disparos partieron de ambos bandos. Balance: El obrero auténtico Félix B. Palú, muerto, y su compañero Roberto Ortiz, herido”.

La tropa comunista, no debe dejar de decirse aquí, iba capitaneada por el Zar Rojo del puerto de La Habana, Aracelio Iglesias, ñáñigo y guapetón de solar a quien Batista durante su periodo de gobierno siempre tuvo en gran estima.

Ahora, ¿por qué en su momento ese pistolerismo comunista resultó mucho menos visible que el de los grupos post-revolucionarios bajo las administraciones auténticas, y aun setenta años después lo sigue siendo? Y esto a pesar de que ambos fenómenos no son equiparables, y que sin lugar a dudas el comunista entre 1938 y 1944 resultó más extendido que el auténtico entre 1946 y 1952.

Quizás lo sucedido con la manera en que se contó a posteriori de la Revolución ese quinto hecho nos ayude a comprender un poco mejor las razones de esta diferente recepción de fenómenos semejantes. Es revelador el que en el manual de Historia de Cuba, en que quién escribe estas líneas estudió a mediados de los ochenta, la redacción del epígrafe en cuestión dejara entender a las claras que los muertos de aquel día habían sido comunistas, asesinados por pistoleros mujalistas (auténticos). O sea, la historiografía oficial de un régimen que se presentaba como heredero del Partido Comunista republicano, en un momento en que se suponía que el “indetenible avance de los pueblos” les permitiría a los constructores del comunismo cualquier impostura sin peligro de que en ese futuro paraíso terrenal alguien viniera a descubrírselas, llegó a invertir de la manera más burda la realidad de un hecho clave de nuestra historia.

Pero tampoco deja de ser igualmente revelador que tras la desaparición del campo socialista y con él la seguridad que a las imposturas históricas le permitía la confianza absoluta en una única y necesaria evolución de las sociedades, el epígrafe en cuestión fuese reescrito. Solo que ahora se optó por tampoco decir toda la verdad, y en la nueva redacción el joven lector nunca llega a enterarse de otra cosa que por los días en que los mujalistas, “esbirros a sueldo del imperialismo yanqui”, intentaban arrebatar a los seráficos ñangaras su legítimo control sobre los sindicatos, un par de obreros, vaya a saber Dios partidarios de quién, murieron a consecuencia de las refriegas.

En sí la incongruente e invertida recepción de la magnitud de ambos fenómenos, por sus contemporáneos, se explica por toda una serie de factores relacionados.

En primer lugar, por el lugar social en que se desenvuelve cada uno de ellos. Mientras el pistolerismo de los grupos post-revolucionarios imperó más que nada en los altos círculos políticos de La Habana, y en su universidad, el comunista se desarrolló por todo el país y tuvo a los colectivos laborales como su principal centro de interés. Esta diferencia explica en parte por qué resultó menos visible en su momento, ya que su área de actuación se encontraba bastante menos en la picota pública de los grandes medios periodísticos del país. No era lo mismo ajusticiar de manera espectacular a un viejo machadista o batistiano en frente de la redacción de algún periódico, o a un miembro de otro de los grupos en el interior de un café con vista al Parque de La Fraternidad, que amenazar más discretamente a algún anónimo obrero portuario u azucarero, inconforme con el control comunista de su sindicato, en un lejano pueblo de provincias o en algún barrio de la periferia de La Habana. Lo segundo ocurría con una frecuencia cien veces mayor que lo primero, pero a su vez era mil veces menos visible.

Pero sobre todo está el diferente tratamiento de la información por los gobiernos respectivos que ampararon cada uno de los pistolerismos en cuestión. Por un lado, mientras los gobiernos auténticos nunca limitaron ni restringieron la libertad de prensa, con lo que cualquier nimiedad no tardaba en ser de conocimiento público, sobre todo de la manera sensacionalista a que estaba habituada la prensa del periodo, bajo Batista nunca hubo un grado de apertura ni remotamente semejante. Bajo los auténticos se podía acusar de manera histérica a un policía o un guardia rural por haberlo mirado a uno “atravesado” (sin detenerse a averiguar si el agente o el número eran bizcos), acusación que en tiempos de Batista Presidente, cuando a su sombra sus cúmbilas, los ñangaras, hacían y deshacían a su voluntad al interior del movimiento obrero, era muy probable que lo llevara a uno a terminar con un litro de “palmacristi” entre el ombligo y el espinazo, o acribillado a balazos en virtud de la por entonces muy aplicada “Ley de Fugas”.

Por su parte, la razón del posterior olvido conveniente de uno de ellos, el pistolerismo comunista, y sobre exposición del otro, el post-revolucionario, se explica más que nada por los intereses de quienes se apoderaron de Cuba tras el Marzazo de 1952.

Fulgencio Batista justificó su golpe de Estado sobre todo en el pistolerismo post-revolucionario, por lo que durante sus siete años de dictadura y latrocinio la visión del periodo auténtico como un caos en que a toda hora aquellos grupos se ametrallaban en las esquinas de La Habana se convirtió de hecho en la oficial. Una versión que no tardaron en asumir sin crítica incluso los principales medios contestatarios por problemas de (mala) conciencia: ellos habían sido precisamente quienes con sus campañas periodísticas, en que daban oído a disparates como aquel de que el Prío se había comprado un rascacielos en New York[ii], o en su descripción habitual de La Habana de la época como un campo de batalla en todo semejante al Berlín de abril de 1945, habían contribuido de manera determinante a debilitar las bases ideales de la democracia en la mente del ciudadano cubano.

Por su parte, el pistolerismo comunista, relacionado con su anterior periodo de gobierno, fue por completo obviado por Batista. A lo que contribuyó en no poca medida el que el comunismo nacional anduviese tan de capa caída en los cincuenta que ya casi nadie se acordaba de ellos ni cuando la discusión giraba sobre los importantes temas de la política internacional de entonces.

En tanto, al ser la denigración más absoluta de la democracia el principal objetivo ideológico del flamante régimen castrista, todo lo que en la infamación del periodo democrático de los cuarenta se le hubiera ocurrido a críticos pasados, presentes o futuros fue aceptado como artículo de fe a partir de 1959. Pero además, como los nuevos mandantes sabían desde un inicio que necesitarían a los comunistas para los rejuegos geopolíticos a que no tardarían en verse obligados a entrar, además de por la ayuda que la cohesión y disciplina de los ñangaras podía prestarle en sus planes de control totalitario interno, de inmediato se unieron a la anterior campaña batistiana para olvidar de manera harto conveniente las malas tendencias batistianas de aquellos. Y es que, por ejemplo, no solo la tendencia a la violencia de los comunistas sería muy útil en la labor de la naciente Seguridad del Estado, copada casi desde el principio por ellos (que no le habían disparado un hollejo a un chino en la lucha antibatistiana, y luego mandaron al paredón a tantos que si lo habían hecho), sino su otra habilidad muy utilizada durante la República: Su conocimiento en, y su gusto por, la labor de desprestigio del contrario[iii] o tergiversación de los hechos. Espacio Laical, por ejemplo, en el número anterior al de Newton, nos pone ante un hecho de esta naturaleza que es muy probable haya sido obra de los ñangaras de Blas: la profanación de la estatua de Martí en el Parque Central habanero. Pero esto, amigo Vladimiro, ya es otra historia…



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