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Actualizado: 27/08/2014 19:53
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| Opinión

Marco Rubio, Exilio

Las mentiras del senador Rubio

La forma en que Marco Rubio ha tratado su historia cubana debe dar pauta a aquellos norteamericanos que pensaron en él para responsabilidades mayores, considera el autor de este artículo

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Marco Rubio puede correr pero no se puede esconder. El diario The Washington Post informa que el senador más joven de la Florida mintió repetidas veces al señalar que sus padres escaparon del régimen de Fidel Castro. Mario y Oriales Rubio adoptaron la posición anticastrista como muchos exiliados opuestos al curso comunista que tomó la revolución cubana, pero la causa de su emigración no fue el Gobierno cubano actual sino la dictadura de derecha que Fidel Castro derrocó. Mario y Oriales Rubio salieron de Cuba como exiliados de un régimen tiránico: el de Fulgencio Batista Zaldívar, en cuyo gabinete ministerial sirvió el padre de los legisladores Lincoln y Mario Diaz-Balart, y a quien Marco Rubio nunca ha tocado ni con el pétalo de una flor.

Lo de Rubio no es una simple equivocación. Torcer su historia familiar fue esencial para congraciarse con los sectores dominantes del exilio cubano de derecha. Los homenajes rendidos por Rubio a los maleantes que asaltaron la segunda república cubana el 10 de marzo de 1952 son inmerecidos, y él lo sabía. Rubio conoce, por la experiencia de sus padres, que al apoyar ponerle el nombre de Rafael Diaz-Balart a la facultad de derecho de la Universidad Internacional de Florida (FIU, por sus siglas en inglés), rindió homenaje a uno de los políticos que terminó con la democracia representativa en Cuba, a uno de los responsables verdaderos del exilio de sus padres.

La revelación de la mentira de Marco Rubio cuestiona el mantra central de la fundación del exilio anticastrista. El senador ha repetido que la revolución de 1959 fue un “accidente de la historia”, sabiendo, por la trayectoria de su propia familia, que no es cierto. Es la visión que conviene a una unidad anticastrista en la que los batistianos, quienes han controlado puestos claves en el poder cubano-americano, quedan exonerados de sus crímenes y responsabilidades. Decir que la Cuba de 1958 estaba en camino al desarrollo, la democracia y la prosperidad ha sido una mentira repetida mil veces con la esperanza de transformarla en una verdad. Los primeros exiliados que escaparon a EEUU en enero de 1959 y aquellos que, incluso sin garantías procesales mínimas, fueron condenados al paredón, eran oficiales y partidarios de un régimen dictatorial corrupto y criminal.

Cuba en 1956 no era el peor país de América Latina, pero la desigualdad y la pobreza, así como una dictadura asesina, con altos niveles de corrupción, impulsaron a miles de compatriotas a resistirla o exiliarse. El día de la emigración de Mario y Oriales manifiesta no solo una mentira de fechas, con la que el senador Rubio ha hecho más sexy su historia personal. Las revelaciones del Washington Post apuntan a un problema de carácter moral. Rubio no es un político responsable que lidia con la historia en sus complejidades. Por el contrario, en plena consciencia de la historia de sus padres, prefirió mentir, adaptándose a los mantras simplistas de la confrontación, tomando ventaja de la propaganda dominante en Miami y los traumas de algunos de sus constituyentes.

La forma en que Rubio ha tratado su historia cubana debe dar pauta a aquellos norteamericanos que pensaron en él para responsabilidades mayores. Rubio ha carecido de la visión estratégica para resolver los retos de su tiempo y comunidad. Claro que un político cubano de su generación no puede ser indolente ante los desastres, abusos y disfuncionalidades del gobierno castrista. Sin embargo, esconder una parte de la responsabilidad del conflicto nacional cubano, construyendo historias simplistas, es típico de demagogos, no de unificadores de naciones ni de solucionadores de crisis. El grupo representado por Rubio ha reclamado todas las propiedades que perdieron en Cuba menos una: la de su responsabilidad por facilitar que Fidel Castro triunfara y se consolidara en el poder por cincuenta años.

La mentira indica la naturaleza esquiva del senador Rubio. ¿Cómo creerle ahora sus historias de misterio sobre la entrevista que rechazó con el periodista mexicano Jorge Ramos, por un supuesto chantaje de Univisión? El senador floridano ha emitido un discurso doble, presentándose como la esperanza latina del partido republicano, pero evitando abordar con claridad los problemas centrales de los hispanos en EEUU. Esgrimiendo un pretexto tras otro, Rubio no ha comparecido en los medios hispanos para explicar en castellano claro su oposición al Dream Act, ley que permitiría el acceso a la educación universitaria a millones de hijos de indocumentados que permanecieron en EEUU violando leyes migratorias, tal como como lo hicieron sus padres. Es un problema moral.

El senador de la Florida ha convertido la falta de profundidad en su modus operandi. Sigue sin explicar cómo pretende resolver los problemas de desempleo, que golpean especialmente a las minorías, mientras vota contra todos los esfuerzos a ese respecto del presidente Obama. En la comunidad cubano-americana, usando la historia falsa de sus padres, Rubio ha evitado un debate con los que critican su posición a favor de una derogación parcial de la ley de ajuste cubano y su respaldo a imponer limitaciones a los viajes familiares a la Isla, revirtiendo las políticas del presidente Obama que liberaron dichos viajes.

En la Florida, particularmente en Miami, Rubio torció la verdad por décadas, sin que nadie lo cuestionase, tal como lo ha hecho David Rivera, su permanente compañero de andanzas, y sujeto de varias investigaciones judiciales. En esta ocasión, Rubio no ha sido tan afortunado: El Washington Post ha revelado lo que debía haber sido conocido por todos si el periodismo de Miami no se arrastrara todos los días ante los poderes fácticos cubano-americanos.

Quizás, aunque lo repite, Marco Rubio no ha concientizado algo en lo que sí dice la verdad: los Estados Unidos son un país especial. Aquí existe una prensa con libertad y actitud para cuestionar las mentiras de políticos deshonestos. Aquí, como dijera el presidente Lincoln: “no se puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo”.


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