Actualizado: 22/05/2017 13:14
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Abreu, Miami, Música

Miami la sorda

¿No hay nada más urgente que hacer en Miami, salvo preocuparte por la actuación de un trompetista afín al régimen castrista?

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Ni la música ni los chistes se escuchan hoy en un restaurante cubano en Miami. La razón aparenta ser simple: no contaba con los permisos necesarios para realizar tales actividades. Además, el local está atrasado en el pago de impuestos. Por otra parte, varios vecinos, al parecer de la zona, no estaban preocupados por el tono de la música y tampoco por el contenido de los chistes, sino por los creadores de estos, a los que consideran afines al régimen de La Habana.

Ambos hechos, permisos y preferencias, aislados, no dejan de ser comunes en muchos lugares. Pero cuando se unen lanzan un tufo a cacería de brujas que en realidad no llega a la hoguera y queda solo en aquelarre: eso que por décadas ha imperado en la ciudad, que parecía irse extinguiendo, pero que en los últimos meses y semanas ha renacido con relativa fuerza: la barahúnda de esquina.

Lo primero a señalar es que el desacato precede a la falta. The Place of Miami funcionaba desde hace años como una especie de club nocturno los fines de semana, sin que nadie pareciera preocupado por los permisos que se mencionan ahora. Sin embargo, a finales del año recién concluido, el lugar sufrió no una lluvia de estrellas sino de cenizas. Solo que de cenizas muy especiales: las de Fidel Castro.

Primero la polémica entre Francisco Céspedes y Amaury Gutiérrez. Una rencilla musical rebajada a rifirrafe político, con Céspedes de malo y Gutiérrez de bueno para Miami. Categorías que automáticamente se invierten cuando lo ocurrido se comenta en La Habana. La consecuencia final fue que a Céspedes le suspendieron su presentación en The Place. Luego el anunciado concierto de Alexander Abreu y su grupo Havana D’Primera para finales de diciembre, en el mismo lugar y también suspendido.

Ambas suspensiones no son un buen augurio, por lo que el restaurante travestido en club nocturno ha comenzado a acumular una fama de no ser bona fide —ratificada ahora con la falta de permiso y el impago fiscal— para los artistas “amigos de Castro”, y mucho menos a ofrecer descuentos especiales para los músicos “amigos especiales de Castro”, quienes se equivocaron de place: The Place no es el Rick's Cafe Americain en la Casablanca de Miami, y menos aún con la llegada de Trump a la Casa Blanca.

Sin embargo, hay otros sitios en esta ciudad que carecen de problemas fiscales y desde hace tiempo contratan artistas que cuentan con un público recurrente, por lo que lo ocurrido no pasa de un Indian Summer en una ciudad especialmente calurosa, porque las causas hay que buscarlas en el noviembre que las propicia y no en el diciembre y enero en que ocurren.

Así que este texto no es la defensa de un local que ha buscado sacar ganancias de esa especie de río revuelto antes y después de anunciarse el “deshielo” en las relaciones entre Washington y La Habana. Y tampoco recurre a la Primera Enmienda. Al igual deja un espacio abierto para se condimente al gusto del lector con la represión en la Isla, la censura a los músicos del exilio, y en especial para incluir las detenciones arbitrarias, las violaciones, desnudas o vestidas, y los abusos por escribir en una pared ajena (sin olvidar, por supuesto, el Stand Your Ground en Florida).

De igual manera no cuentan —aunque no se comportan— las declaraciones del trompetista Abreu, quien dijo que Fidel Castro fue “el líder más importante del siglo XX, sin temor a equivocarme”. O esta otra: “Fue el hombre que nos dio un camino, fue el hombre que nos dio la educación, nos hizo hombres de bien”. Y tampoco las de Céspedes, que escribió en Facebook que Gutiérrez, autor de una canción a las Damas de Blanco, hacía “canciones de m… a héroes que no le tiran una escupía a nadie”.

Aquí lo que importa es el procedimiento, más allá del propósito.

“Yo estaba en vacaciones y recibí varios correos y mensajes por Facebook de gente quejándose del hecho que este sitio iba a tener un concierto el 31 de diciembre con artistas procastristas”, dijo en declaraciones a el Nuevo Herald el comisionado Francis Suárez. “Verificamos con la abogada de la Ciudad si allí se pueden hacer conciertos y determinamos que no tienen el permiso necesario y que el sitio no estaba al día con el pago de sus impuestos anuales”, agregó.

“No tenían permiso para conciertos, tener un concierto era una violación de la ley”, añadió el comisionado, de acuerdo al periódico de Miami. Cabe preguntarse si quien representa a La Pequeña Habana no tiene tareas más importantes en la ciudad que dedicar su tiempo, salvo perseguir trompetistas y bongoseros. Pero Suárez es un político joven e inteligente, de maneras amables y hablar pausado, no solo en su lengua original que es el inglés sino en un español perfecto, que conoce bien el camino de ascenso en la política local de Miami y la forma más conveniente de aparecer en la prensa de la ciudad.

Lo que importa aquí es la motivación y el procedimiento de las autoridades de Miami, que recientemente prohibieron los espectáculos en The Place, aunque funcionó como club nocturno por al menos cuatro años, como evidencian fotografías publicadas en la red social del comercio, según el Nuevo Herald.

No es que dichas autoridades carezcan de motivos legales para su acción, sino que las circunstancias en que estas se produjeron llevan a preguntarse si habrían actuado con igual premura, de ofrecer el lugar una presentación de Gorki Águila. O si la prohibición a este último, por parte de las autoridades de la Isla, a ensayar con su grupo en su vivienda —como ocurrió años atrás y en respuesta aparente también a quejas de los vecinos— fue un acto de represión y censura, como se consideró en el exilio, o simplemente el cumplimiento de normas, como lo catalogó el Gobierno cubano.

“Yo no puedo tener un concierto en mi casa, no es legal”, dijo Suárez, de acuerdo al Nuevo Herald. Por lo que cabe preguntarse si tanto los funcionarios del régimen como los políticos de Miami, más allá de preocuparse por el cumplimiento de las leyes, manejan el concepto de legalidad de acuerdo a sus fines políticos.

Analizar si el juzgar una actuación artística solo bajo criterios ideológicos, y el imponer una polarización extrema, no lleva a una tergiversación de los motivos en favor de los fines.

Pero más importante aún, destacar lo inapropiado de limitar el desarrollo de la conciencia ciudadana al cumplimiento de normas, el valerse de preceptos establecidos legalmente, en determinada sociedad, para imponer la censura. Ello en detrimento del desarrollo de otros valores ciudadanos, como la integridad y el decoro. Si bien en un sistema totalitario se fuerza el acatamiento legal a los objetivos del Estado, no cabría esperar el uso de igual código en una forma democrática. Justificar, a partir de lo mal hecho allá, las limitaciones impuestas aquí.

Lo grave en estos casos —tanto en La Habana como en Miami— es la utilización del poder en menoscabo de la acción cívica.

Resulta lógico el rechazo, dentro de la comunidad exiliada, de los artistas partidarios del Gobierno cubano. Más aún cuando dichas figuras se convierten en voceros de algo que se condena en Miami. Pero la solución es sencilla para los que viven en la ciudad —a diferencia de lo que ocurre en la Isla—, y es simplemente no acudir a sus espectáculos, no pagar la entrada: entonces la cancelación sería por falta de público, no por decreto.

El argumento de que hay que evitar que dichos “propagandistas del castrismo” vengan en busca de dólares al exilio se transforma en pueril frente a dos hechos: si el exilio fuera realmente un exilio no pagaría por escucharlos; la prohibición y la censura resultarían innecesarias ante un local vacío.

De lo contrario, no se hace más que empecinarse en el uso de la fuerza —con independencia de la legalidad con la cual se administre— para detener algo que se considera contrario o ajeno.

Lo ocurrido con la cancelación de los conciertos en The Place es un acto con una justificación legal, pero que no se puede aislar de un historial de prohibiciones, censura y casos de violencia contra la presentación de artistas procedentes de la Isla —en ocasiones hacia quienes se han manifestado partidarios del régimen, en otras contra artistas que simplemente han escogido vivir allí— en una ciudad que con los años ha crecido en la diversidad de gustos y criterios, así como multiplicado el lugar de origen de sus residentes.

En este sentido, tanto Miami como La Habana se empecinan en la supervivencia de un modo de actuación que a estas alturas debería estar en vías de extinción, sino desaparecido por completo, pero se resiste al paso del tiempo, más allá de los cambios generacionales. En ambas fronteras, ya sea mediante el traspaso de funciones de padres a hijos o con el mantenimiento de iguales códigos en quienes van integrándose a la labor política, paradójicamente se asiste al eventual renacer de lo caduco: el transcurrir de un estancamiento que no deja esperanza alguna.


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