Actualizado: 18/08/2017 11:02
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Negacionistas, Holocausto, Judíos

Negando el Holocausto

Convertir la existencia del Holocausto en una cuestión de opinión introduce la posibilidad de una realidad paralela, la afirmación de “hechos alternativos”: la negación de lo ocurrido

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Por absurdo y horrible que sea, el negar que existió el Holocausto no se escucha solo en los gritos de skinheads o cabezas rapadas, sino al igual es tema de conferencias y aparece en libros. Así que encasillar en un simple esquema de ignorancia y odio callejero los intentos de refutar tal masacre es una verdad que, al mismo tiempo, limita su alcance para impugnar la vileza.

Estrenada en los cines de Estados Unidos a finales de septiembre del pasado año, en Gran Bretaña el 27 de enero, y ahora en DVD, Denial se mueve entre la corte y la historia para mostrarnos un caso a la vez único y múltiple, que va del mito de que Hitler no sabía nada, y mucho menos ordenó el exterminio de los judíos, hasta el alcance de lo permisible en una sociedad abierta, así como las debilidades y fortalezas de un sistema democrático liberal.

Y todo ello a partir de un proceso legal.

La película se basa en el libro de Deborah Lipstadt History on Trial: My Day in Court with a Holocaust Denier y trata del caso David Irving v Penguin Books and Deborah Lipstadt, en que el británico Irving, negador del Holocausto, demandó por difamación a la estadounidense Lipstadt, especialista en Holocausto e Historia Judía, y a la editorial Penguin Books.

Irving presentó su acusación ante un tribunal británico, por lo que el juicio se celebró en Londres y ello obligó, tanto a la historiadora como a la editorial, a demostrar su inocencia (en los casos por difamación en la corte británica, el procedimiento es el opuesto al de las cortes estadounidenses, donde lo que hay que probar es la culpabilidad. En Gran Bretaña el peso de la demostración recae sobre el acusado).

En la película el alegato de la defensa termina convertido en una acusación y Lipstadt gana e Irving pierde. Pero pese a destacar el sufrimiento de los hebreos; la interpretación de Rachel Weisz —una actriz reconocida y de descendencia judía—; y el acierto del elenco, al finalizar la película uno queda un poco con la impresión de que el triunfo tuvo más que ver con un excelente —y costoso— equipo legal, por una parte, y la petulancia de Irving como su propio abogado, por la otra, que con la victoria de la verdad.

Algo que, en última instancia, es un mérito de una película menor desde la óptica cinematográfica.

En este sentido, una de las estrategias que lleva al triunfo de los abogados de Lipstadt y la editorial es que estos no permiten que las víctimas hablen. Ningún sobreviviente del Holocausto declara en el juicio. Ganan porque saben usar el silencio a su favor. Un recurso ingenioso legalmente, ¿pero dónde queda el valor de la verdad?

No discuto con quien niega la existencia del Holocausto porque no discuto con quien afirma que Elvis está vivo, dice la protagonista. Y esta afirmación define en parte el tema de la película. Se puede intercambiar sobre las razones, las causas y las consecuencias del hecho, pero cuestionarse su existencia es inadmisible para los judíos. Hay una razón en ello: convertir el asunto en una cuestión de opinión introduce la posibilidad de una realidad alternativa: la negación del hecho. Aquí hay mucho de teleología, pero también un recurso básico de sobrevivencia: sin admitir la excepcionalidad del Holocausto, la vida resulta extremadamente difícil de soportar. Al reclamo de Theodor Adorno, que llamó bárbaro cualquier intento de escribir poesía después de Auschwitz, la mejor respuesta fueron los poemas de Paul Celan. La poesía ha seguido existiendo tras el Holocausto, pero Celan terminó arrojándose al Sena, una muerte envuelta en un chapuzón romántico que no lo fue. Adorno dijo que los alemanes estaban dispuestos a morir en las guerras declaradas por Hitler, pero que igualmente habrían preferido morir que escuchar una ópera suya, en el caso que hubiera escrito alguna, pero la estetificación de la política, que Walter Benjamin achacaba al fascismo, nunca llegó a concretarse en obra de creación alguna, salvo en un consumo despiadado de muerte. Negar ese consumo es tarea de los revisionistas.

Holocausto y lucidez

Pese a lo terrible del hecho, el Holocausto nos facilita la lucidez, aunque ello implique aceptar los peores horrores. Tal definición al extremo fuerza a luchar contra la superficialidad de negarse a enfrentar la realidad, en su forma más cruda, sino también de aceptar las diversas trampas —que por interés, despecho, injuria y hasta envidia— son esgrimidas para fabricarnos mundos alternativos.

Eso hace que Auschwitz sea un centro mundial de recordación del dolor judío y al mismo tiempo el sitio socorrido para intentar la negación de un plan sistemático de exterminio con los argumentos más diversos —la puesta en duda de las cámaras de gas, las divagaciones sobre los agujeros en los techos para verter el Zyklon B, el “Informe Leuchter”— y los fines más disímiles.

El Holocausto y Hitler como constantes de una ecuación múltiple con diferentes variantes.

Y es que los negadores del Holocausto —cuando la polémica se dilata más allá del odio salvaje— no impugnan la existencia de víctimas judías, pero las consideran como parte de las atrocidades cometidas por todos los bandos en una guerra cruel. Aquí siempre salen a relucir los bombardeos a ciudades llevados a cabo tanto por el Eje como por los Aliados (en especial el infame bombardeo a Dresde en febrero de 1945). A esto se agregan los millones de muertes ocurridas fuera de los campos y la participación de otros actores en el crimen.

En tan solo 12 años, entre 1933 y 1945, 14 millones de europeos murieron en una estrecha franja de tierra casi olvidada por la historia. Todos ellos fueron víctimas de políticas criminales, no bajas de la II Guerra Mundial. La mayoría eran mujeres, niños y ancianos. Sin armas. Eran ciudadanos de Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Bielorrusia, Ucrania y de la franja occidental de la Unión Soviética. Países asfixiados entre el nacionalsocialismo y el estalinismo, entre Berlín y Moscú; un territorio donde vivía la mayoría de los judíos de Europa y el lugar en que los planes imperiales de Hitler y Stalin se solaparon; donde la Wehrmacht y el Ejército Rojo se enfrentaron y donde la NKVD soviética y las SS alemanas concentraron sus fuerzas.

Los crímenes de Stalin se asocian con Rusia y los de Hitler con Alemania, pero la zona más mortífera de la Unión Soviética fue su periferia no rusa, mientras que los nazis mataban generalmente fuera de Alemania.

“Se suele identificar el horror del siglo XX con los campos de concentración, pero no fue en ellos donde murió la mayor parte de las víctimas de los dos regímenes”, afirma el historiador Timothy Snyder en Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin.

Pese a ello, la asociación entre el Holocausto y los campos de exterminio tiene una justificación que traspasa cifras y fronteras: la puesta en práctica de un proyecto maligno. Negar dicho proyecto ha sido la desviación predilecta de todos los que se esfuerzan en una vuelta de los extremos, y para ello recurren no solo a la violencia sino ahora con más frecuencia al descontento y el voto.

La negación de la negación

Sostener la idea de que existió un plan para acabar con los judíos en Europa puede parecer sencillo —se ha escuchado tanto, leído tanto, visto tanto—, pero no lo es. No existen documentos oficiales, firmados por Hitler, con la orden de acabar con los judíos. Incluso cuando uno encuentra datos singulares, poco comentados, vuelve a surgir el problema: la discusión sobre si “expulsión” significaba solo salida del país o realmente exterminio.

Hay una entrevista en dos registros realizada a Hitler pocas horas antes de su fracasado golpe de Estado (el “Putsch” cervecero de 1923), cuando era simplemente jefe del minoritario Partido Socialista Popular y director del periódico Völkische Beobachter. Fue hecha por dos periodistas españoles —bueno, catalanes— de primera línea: Eugenio Xammar y el extraordinario Josep Pla. Para entonces Hitler era considerado más un loco sin futuro que una verdadera amenaza.

En ambas versiones de la conversación, Hitler afirma que la raíz de todos los problemas de Alemania son los judíos, y que hay que sacarlos a todos del país: “Si queremos que Alemania viva, debemos eliminar a los judíos”.

Pero cuando Xammar le pregunta si se refiere a matarlos, contesta: “Sería la gran solución, evidentemente, y si eso pudiera ocurrir la salvación de Alemania estaría asegurada. Pero no es posible. Lo he estudiado de todas las maneras y no es posible. El mundo se nos echaría encima, en lugar de darnos las gracias, que es lo que debería hacer. El mundo no ha comprendido la importancia de la cuestión judía por la sencillísima razón de que el mundo está dominado por los judíos”.

Al final de la entrevista, Hitler confiesa que lo que quisiera para Alemania es algo similar a la “expulsión de los judíos” en España, pero sin repetir el “error” español de la conversión, porque para él el problema judío es de raza, no de religión.

Sin embargo, la “cuestión judía”, lo que vemos en el ideario de Hitler desde época tan temprana como dicha entrevista —y que en iguales términos lo había expresado con anterioridad en un documento firmado por él en 1919— implicaba el fin de la existencia de judíos no solo de Alemania sino en toda la Europa asociada o conquistada por los nazis. En última instancia, lo que terminaría concretándose como “solución final”.

La especulación de si dicha salida era solo una “expulsión”, que finalizaría con la creación de un Estado sionista en la isla de Madagascar, es difícil de sostener en medio de la realidad de la guerra. Los nazis, si consideraron que servirían para algo los judíos, luego de quitarles todas sus propiedades, era como bestias de trabajo.

Hitler y el revisionismo histórico

Bajo los criterios más disímiles, en las últimas décadas han surgido gran número de libros y publicaciones que responden a variados criterios ideológicos y procedimientos historiográficos —en el caso de estar presentes— distintos. Hay obras históricas que, con seriedad, y a partir de nuevos documentos descubiertos y luego publicados, aclaran o amplían hechos y procesos. En otros casos nos encontramos obras que caen, unos dentro de revisionismo histórico y otros en los intentos de reivindicar a Hitler. Por últimos —y estas tres categorías no son completamente excluyentes— hay escritores, periodistas y conferencistas que se dedican simplemente a propagar ideas afines o emblemáticas de la ultraderecha europea.

El británico David Irving —acusador de la historiadora judía Deborah Lipstadt y mencionados ambos al comienzo del texto— cae de lleno dentro de la tercera categoría. Sin una formación académica como historiador, Irving comenzó escribiendo sobre los aspectos militares de la Alemania de Hitler para terminar convertido en un negador del Holocausto, que ha ofrecido charlas burlándose de las víctimas en diversos países de Europa —y también ha sido expulsado de ellos e incluso encarcelado—, al parecer guiado por motivos más humanos, quizá demasiado humanos: dinero, fama, presunción.

Lo que en un momento pudo haber sido una labor notable de investigación y descubrimiento de documentos, vinculados fundamentalmente al ejército nazi, se ha convertido en la propagación de tergiversaciones y la presentación de hechos manipulados y verdades a media, en algunos casos simplemente como un acto de vanidad. Pero peor aun es que actividades de este tipo, que en un momento dado se vieron como singularidades, han ido adquiriendo mayor trascendencia y preponderancia.

Desde el pasado siglo hasta hoy

Recuerdo como hace años me sorprendió saber que el filósofo comunista francés Roger Garaudy, del que a mediados de los setenta en Cuba había leído Por un realismo sin riberas, en 1995 publicó Los mitos fundadores de la política israelí, donde defendía las tesis negacionistas del Holocausto (Garaudy abandonó el Partido Comunista Francés, volvió al catolicismo, luego se convirtió al islamismo y permaneció vinculado a diversos líderes y gobiernos árabes hasta su muerte en 2012).

También me vienen a la memoria un par de artículos del cubano Lisando Otero de 1998, cuando era director de las páginas de opiniones del periódico mexicano Excélsior. Otero escribió sobre la existencia de una tendencia en la historiografía contemporánea que se inclinaba a la reivindicación de Hitler y proclamó: “Sin Hitler no hubiera existido el movimiento de descolonización ni la emancipación de los mundos árabe y africano. Tampoco hubiera ocurrido la división de Alemania y su consiguiente reunificación, con mayor potencia que nunca antes. Sin Hitler no existiría el Estado de Israel ni el auge de la identidad de la cultura negra”[1].

El caso David Irving v Penguin Books and Deborah Lipstadt fue presentado en la corte de Inglaterra en 1996.

Todos estos hechos, ocurridos en la segunda mitad de la última década del pasado siglo, fueron los avances de un desarrollo que en nuestros días adquiere mayor fuerza, con el avance de los movimientos de ultraderecha en Europa y Estados Unidos.

Por ello se equivoca quien piense que cualquier discusión de este tipo remonta a otra época, otros países y otros temas. Desde hace años asistimos en EEUU a un uso creciente de la mentira para justificar fines y acciones. La publicación de datos, cifras y documentos, que refutan lo que se dice en los discursos políticos, ha perdido eficacia como instrumento de denuncia.

Los nazis utilizaron el término de “prensa mentirosa” para lanzarlo contra sus enemigos en la Alemania de entreguerras. Tacharon de mentirosos a todos los medios que disentían de sus premisas, acusándolos de estar en manos de judíos o bolcheviques. Cuando el nazismo llegó al poder, su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, utilizaba tal calificación para dirigirse a los medios noticiosos extranjeros con una cobertura crítica sobre lo que estaba sucediendo en Alemania. Ahora, casi a diario, el presidente estadounidense Donald Trump y su grupo de adláteres se expresan igual sobre la “prensa mentirosa”.

Recientemente, al responder a la ausencia de una mención específica a los judíos, como las principales víctimas del Holocausto y del antisemitismo, por la nueva administración estadounidense, en el documento leído durante el Día de Recordación del Holocausto, el 27 de enero, Deborah Lipstadt expresó: “El Holocausto fue des-judizado. Es posible que todo comenzó con un error. Alguien simplemente no se dio cuenta de lo que estaban haciendo. También es posible que se hiciera a propósito”.

Entre esa duda, y con ese temor, transcurre en la actualidad la vida en Estados Unidos.

Una versión reducida de este artículo, por razones de espacio, apareció el lunes 6 de febrero en el Nuevo Herald.



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