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Actualizado: 24/09/2014 3:59
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| Opinión

Disidencia, Oposición, Represión

¿Oposición leal?

Vale la pena recordar que oposición leal no es una oposición que se limita a amortiguar los desbalances de los titulares y a adornar sus gestiones

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Un indicador de cómo se mueven las cosas en Cuba es la manera como algunos intelectuales han comenzado acariciar la idea de la oposición leal.

El concepto ha merodeado con alguna insistencia el espectro de los intelectuales críticos sistémicos. Es decir aquellos intelectuales que adoptan posiciones críticas frente a aspectos relevantes del funcionamiento del sistema, pero entienden que es dentro de él —y con su clase política— como podrán conseguirse los cambios que consideran imprescindibles para alcanzar los objetivos de una sociedad mejor. Son los partidarios de una “transición ordenada”, una fórmula bien intencionada pero equívoca que en ocasiones puede llevar a tanto orden que la transición casi luce como argumento para gringos incautos.

Creo que la primera vez que leí sobre la conveniencia de una oposición leal en Cuban (al menos en la actual coyuntura) fue en un texto de Espacio Laical, la institución contemporánea que, dentro del sistema, ha llevado más lejos las propuestas de cambios políticos. Estaba firmado por Lenier González (un analista fino, para quien la creación de un régimen bipartidista de oposición leal hubiera constituido un primer paso —ya definitivamente desaprovechado según el autor— para la creación de un sistema pluralista).

Desde ahí el concepto ha continuado revoloteando con menos éxito en las plumas de otros analistas menos ilustrados hasta que el director de la Revista Temas, Rafael Hernández –un hombre locuaz y con buena prensa- lo volvió a blandir en una malhadada entrevista y de la que cito un párrafo:

“A fin de cuentas, el 80 % de los problemas de que habla esa disidencia antisocialista son analizados y discutidos en Cuba de manera pública, por mayorías —y minorías— que no comparten ni las soluciones ni el estilo político de aquella; y que en muchos casos, asumen el papel de una oposición leal, dentro de las propias filas de la revolución, en espacios que es necesario seguir democratizando entre todos, como parte central del nuevo modelo socialista”.

El párrafo no permite muchas precisiones. Al final Hernández no nos dice cual es el 80 % que todo el mundo discute y cual es el 20 % que solo discute la oposición, y si ese 20 % es o no relevante. Tampoco sabemos cual es el estilo político de la oposición que “mayorías y minorías” no comparten, pues en esa oposición abundan proyectos y estilos diferentes. No podemos imaginar la propia posición del director de Temas cuando habla de “las filas de la revolución” y del “nuevo modelo socialista”, dos términos confusos que han servido por igual para castigar rebeldes que para seducir incautos. Y finalmente no queda claro quienes estamos incluidos y quienes excluidos de la esperanzadora categoría “todos”, supuesta, según Rafael Hernandez, a democratizar la Isla.

Pero el párrafo nos sirve para apreciar hasta que punto los “críticos sistémicos” —siempre encerrados en la dilogía trágica del ser y del deber ser— pueden efectivamente ofrecer ideas innovadoras en muchos temas, a excepción de los que atañen a la política en sentido estricto. O, si se quiere retomar el hilo del párrafo citado, a ese 20 % de los temas que los opositores tratan y maltratan en sus aislamientos y precariedades pero también en sus sobradas valentías.

En este punto me detengo en algunas precisiones elementales. Ante todo, vale la pena recordar que oposición leal no es oposición estólida. Es una oposición que acepta las reglas de la constitución del poder que detenta su contendiente; pero una oposición que no se limita a amortiguar los desbalances de los titulares y a adornar sus gestiones. Es una oposición que aspira al poder y por consiguiente a desplazar al gobierno establecido. Y ya en el poder, puede aspirar a realizar cambios sustanciales al sistema, siempre que lo hagan según las normas y procedimientos reconocidos como legítimos.

Eso, y no otra cosa, es oposición leal. Imaginar —desde esta óptica— que exista en Cuba una oposición leal es un desatino monumental. Los intelectuales como Rafael Hernández llaman oposición leal a otra cosa, a una suerte de ejercicio de consultas sobre detalles y de tolerancia de algunas críticas. Sería más bien un acompañamiento leal y para esa función ya los dirigentes cubanos designaron a la alta jerarquía católica: tan nacionalista conservadora como ellos y que nunca le va a disputar el poder político. Creer que esa función sería llenada por los contertulios de los Últimos Jueves de Temas es un desenfreno de goce onanista.

No creo que el sistema político cubano avance hacia la formación de una oposición leal como la imaginaba Lenier González.

Sin presiones externas considerables y con una élite básicamente unificada bajo la hegemonía del estamento tecnocrático/militar, el sistema se podría orientar hacia otras formas de estructuración, como una suerte de corporativismo autoritario y monocéntrico al estilo chino. Pero permitiendo mayores espacios de libertades tuteladas para la franja crítica sistémica, tal y como hicieron los priistas en su etapa postrevolucionaria.

Obviamente hablo aquí solo de tendencias. Por diversas razones pueden incrementarse las contradicciones intraélites y las insatisfacciones sociales (si los mecanismos de cooptación funcionaran con déficits mayores) y todo ello puede conducir a clivajes políticos que finalmente provoquen una transición hacia un sistema democrático cuyos signos políticos específicos dependerán de las correlaciones de poder, los pactos, las rupturas y esos muchos sortilegios de la política que no se resuelven con fórmulas sencillas. Como esta bagatela de una oposición consentida y consentidora.


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