Actualizado: 23/03/2017 10:50
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Periodismo 101

Confusiones, mitos y omisiones en los desacuerdos entre el presidente Donald Trump y la prensa estadounidense

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Desde que Donald Trump anunció su aspiración a convertirse en presidente de Estados Unidos, la prensa —su función, integridad y alcance— ha estado en el centro de su estrategia. Ello ha ocasionado la repetición de mitos y errores anteriores, que en el exilio en Miami ya eran conocidos, pero que ahora trascienden el caso cubano y adquieren una proyección nacional.

Pero ante todo son necesarias dos premisas fundamentales.

Trump no odia la prensa y la prensa “ama” a Trump

La insurgencia de Trump en la política estadounidense es lo mejor que hubiera podido ocurrirle a la prensa escrita, las agencias de cable y las cadenas informativas televisivas en los últimos años de franca decadencia, por factores económicos y de tecnología. Algunos diarios, como The New York Times, han aumentado su circulación, tanto en internet como en la edición impresa, aunque hay un efecto que trasciende las ganancias que vale la pena destacar: desde su llegada a la Casa Blanca, la actual administración no ha hecho más que reafirmar —y hasta renovar— la función de los medios informativos.

Si en estos momentos Trump se refiere a la prensa como el “enemigo del pueblo”, es porque su proyección política necesita siempre de un “enemigo”.

No hay nada original en dicha propuesta: salvando las inevitables distancias, el actual gobernante de EEUU nos recuerda a dos figuras nacidas en Cuba: Fidel Castro y Miguel Saavedra.

La urgencia de utilizar al “otro” como causa de males —el imperialismo yanqui, los bongoseros provenientes de la isla, los exiliados de países islámicos— y miedos es un recurso de distracción fácil y socorrido.

Pero al mismo tiempo que ataca la prensa, Trump requiere, casi desesperadamente —y en esto se unen factores de estrategia política con características de personalidad— estar constantemente bajo las luces y aparecer en tinta. Es más, arriesgaría el criterio que una docilidad absoluta de los medios, aunque al principio satisfactoria como señal de triunfo, terminaría por aburrirlo.

Educar suele transformarse en una labor estéril, sobre todo en política

Intentar convencer a los partidarios de Trump con argumentos, de momento conduce al fracaso. Porque son más fanáticos que seguidores de una idea y el irracionalismo se impone ante razonamiento alguno.

Sin embargo, una vieja renuencia a rechazar por completo el psicoanálisis me lleva a la ilusión de que la racionalidad no carece de fuerza ante la neurosis, y que enfrentar el mal con el reconocimiento del mismo es el primer paso necesario para su cura.

Así que estoy dispuesto a perder algún tiempo en la exposición de ciertos principios periodísticos elementales, no con la esperanza de impedir de que sigan repitiéndose errores, sino como simple acto de fe.

Objetividad, imparcialidad, balance

Los fanáticos de Trump —hablar de partidarios en este caso no describe por completo al grupo— evidencian una ausencia de mejores argumentos cuando acusan a cualquier columna, artículo de opinión o editorial de falta de objetividad. No solo recurren a un paradigma de lo “políticamente correcto”, que tanto detestan, sino apelan a la hipocresía ante la carencia de mejor recurso.

El llamado balance informativo —un criterio más cercano a la realidad que esa supuesta objetividad— que debe estar presente en una información atañe a las noticias, no a los artículos de opinión, porque de lo contrario estos últimos carecerían de sentido.

Un periódico o una emisora de televisión, pero fundamentalmente el primero, tiene dos cuerpos principales muy bien definidos, que se diferencian tanto en presencia física —aparecen en un conjunto de páginas diferentes— como en grupo de redactores, periodistas y dirección.

Estas fronteras fueron hasta hace pocos años muy estrictas, pero con la pérdida de circulación de los periódicos —por razones tecnológicas y no políticas— se han ido debilitando en algunos medios, no en todos. Aunque en lo esencial se mantienen.

Así que a una noticia es bueno exigirle que contenga tanto los criterios, o visión sobre los hechos, que tiene una parte como de la otra, o que se busque la opinión de todos los supuestos participantes.

Pero es tonto pedirle a un columnista que escribe 50 palabras a favor de Trump y luego tenga que “balancearlas” con otras 50 en contra.

Lo que sí es conveniente es que un medio de prensa, en sus páginas editoriales o de opinión contengan los criterios más diversos. Pero esto último no es siquiera una exigencia.

La existencia de una “prensa objetiva” es un modelo puesto en práctica por la prensa estadounidense durante décadas, pero no siempre fue así. Baste recordar —para citar un ejemplo conocido— el papel de esa prensa a favor de la intervención de EEUU en el conflicto independentista cubano.

En ese entonces, la prensa escrita, la única existente, se caracterizó por difundir lo que ahora se llamarían “fake news”, como una forma de presión para la entrada de Washington en una “guerra ajena”.

El tomar partido no necesariamente anula el valor periodístico de un medio de prensa. A diferencia de EEUU, la prensa europea se caracteriza por una clara definición ideológica, y no por ello carece de valor.

Sin embargo, lo más paradójico entre los fanáticos de Trump, y el mismo mandatario, es exigir neutralidad y parcialidad cuando la actual administración carece de ello.

Precisamente lo que viene incubándose desde hace aproximadamente un par de décadas —y el surgimiento de un fenómeno político como la presidencia de Trump es un resultado de tal situación— es un clima social donde ser neutral o imparcial, incluso actuar racionalmente, ha sido cada vez más relegado. Esto propició la divulgación siempre en aumento de lo que supuestamente los lectores y televidentes preferían, por encima del valor noticioso del hecho. La función social y educativa del periodismo relegada en favor de la complacencia o el simple entretenimiento.

Surgieron así miles de sitios en internet que explotaron la confusión entre informar y opinar, así como la necesidad de confirmar, por medios independientes, la autenticidad de una información. En algunos casos por carencia de medios, en otros por simple comodidad, en muchos porque no fueron creados con tal objetivo, el conjunto de tales emisores de contenidos —lo cual no hay que confundir con emisores de información— vienen conformando un público, e incluso una ciudadanía, adaptada a recibir solo contenidos convenientes.

Mentiras y noticias falsas

Trump miente sistemáticamente. Esto no es una opinión, es un hecho. Basta revisar sus discursos y confrontarlos con los datos. Miente hasta de una forma ridícula. Pero no lo hace solo por una cuestión de temperamento sino con un objetivo determinado.

Hasta ahora, todas sus acciones como presidente se han caracterizado por un objetivo común: satisfacer las aspiraciones, inquietudes y reproches de la base de votantes que fue decisiva en su elección.

En este sentido, puede decirse que está cumpliendo con sus promesas de campaña, pero también hay que agregar que se comporta no como el presidente de un país sino de solo ese 38 % que lo apoya.

Exigir mesura y neutralidad ante el desenfreno es pedir al contrario que adopte una actitud suicida.

Con su habilidad característica para revertir datos, acusaciones y criterios, ahora Trump aparente ser el abanderado de la lucha contra las noticias falsas, cuando hasta el momento ha sido su principal divulgador. No solo hay que remitirse a los inicios de su campaña sino a hechos anteriores, como los años que dedicó a decir que el expresidente Barack Obama no había nacido en EEUU.

Filtraciones

Que se produzcan filtraciones es un índice de disfuncionalidad de un gobierno, una empresa o incluso una familia. Pero el problema es de la institución en que se originan tales filtraciones, no de los órganos de prensa que las reproducen.

Durante los ocho años de mandato de Barack Obama no se produjeron filtraciones internas del tipo que vienen ocurriendo casi a diario en la actualidad, con una frecuencia tan alta como en estos momentos, pero tampoco dicha administración se vio libre del problema.

Es más, el asunto de las filtraciones ha llegado al punto de institucionalizarse.

El lanzamiento de WikiLeaks ocurrió diciembre de 2006, si bien su actividad comenzó en julio de 2007-2008, dos años antes de que Obama llegara a la Casa Blanca.

Durante la campaña electoral, Trump no solo alabó las filtraciones perjudiciales a su contrincante Hillary Clinton, sino que saludó y estimuló verbalmente a que una potencia enemiga de EEUU, Rusia, las llevara a cabo.

Hay que diferenciar entre los diversos de filtraciones. En ocasiones es el propio gobierno quien las introduce, para tantear el clima político imperante. En otros son empleados disgustados que buscan una recompensa, aunque sea simplemente emocional, o en la forma más cruda una simple venganza. Suelen producirse filtraciones cuando diferentes grupos dentro de una institución luchan por el poder, algo que parece caracterizar a la actual administración, ya que al parecer una parte de las mismas provienen de la misma Casa Blanca y no de los órganos de inteligencia. Las únicas filtraciones que resultan castigadas por la ley son las que afectan la seguridad nacional, pero hasta el momento no se han producido. Eso es, por supuesto, mientras Trump no logre modificar las definiciones, y al igual que en Cuba acapare para sí la personificación del país.

De momento no hay indicador alguno que permita afirmar que el magnate piensa llegar tan lejos, o que le será permitido, pero cualquier rasgo autoritario no deja de ser preocupante.

Fuentes anónimas

Trump quisiera prohibir la divulgación de informaciones en que todas las fuentes no se identifican.

Además de que tal criterio supone una extrapolación de sus funciones presidenciales —y en ello vuelve a emparentarse con gobernantes como Fidel Castro—, también evidencia desconocimiento de la forma en que se elabora una información. Y aquí me refiero fundamentalmente a lo que es una noticia o un análisis, no a una columna de opinión.

El periodismo funciona bajo el criterio de confiabilidad. Es decir, que lo que se publica es cierto.

La administración de Trump no ha logrado demostrar que lo aparecido en la prensa, desde que asumió la presidencia, sea falso. El criterio de “fake news” es una simple coletilla política e ideológica.

Lo importante aquí —hasta este momento en la sociedad estadounidense— es que decir la verdad no es solo un criterio ético sino también resulta rentable.

De lo contrario, The National Enquirer estaría en la misma posición que The New York Time, The Washington Post y The Wall Street Journal. Pero The National Enquirer es simplemente un tabloide de supermercado.

Un reportero no tiene que dar a conocer el nombre de sus fuentes anónimas, ni siquiera a su editor de noticias, aunque a veces lo hace. Esto depende de la profundidad y las implicaciones de los hechos que se quieren poner en conocimiento del público.

Si no se permitieran las fuentes anónimas, nunca habríamos tenido un caso Watergate (¿hay que recordar a “Garganta Profunda”?).

Todo el proceso, repito, se sustenta en un criterio de confiabilidad y conocimiento.

El nombre de las fuentes anónimas no se denuncia, aunque incluso ello puede costar la cárcel al periodista (ha ocurrido) y aunque al final resulte que tras la filtración se oculte determinado objetivo político (ha ocurrido también).

El criterio fundamental, reafirmo, es dar a conocer un hecho cierto, y la administración de Trump ha demostrado ser incapaz de probar que lo divulgado por la prensa sea falso.

Un reportero puede inventar fuentes e incluso informaciones, pero dicha práctica, como el crimen, no paga.

Siempre la verdad sale a relucir y le cuesta al periodista que mintió el ejercicio de la profesión.

Ha sucedido en ocasiones y se han tomado medidas al respecto. Al final, tras estos hechos, la prensa ha salido fortalecida y no lo contrario.

Por supuesto que los órganos de prensa pueden —y si se quiere suelen— equivocarse, pero en ese caso se entra en la categoría de errores y para ellos existen las rectificaciones.

Lo que Trump está intentando es convertir un criterio para emitir un juicio sobre la veracidad de una información en simple denigración en su conjunto. En este sentido está demostrando un rasgo típico del totalitarismo (un rasgo no define un sistema, pero contribuye a conformarlo).

No hay mejor ejemplo de ese periodismo que parece representar el ideal de Donald Trump, donde son excluidas las fuentes anónimas y todo el que dice algo debe figurar con nombre, apellido y cargo que el diario Granma. Este ejemplo define mucho más que el análisis teórico.

Internet y órganos de prensa

La llegada de internet ha supuesto la posibilidad de una mayor y más rápida difusión de puntos de vista e informaciones. Pero ningún blog aislado o sitio de unos pocos puede sustituir la función de un importante órgano de prensa. Por una razón muy sencilla: recursos. El periodismo investigativo requiere de tiempo y dinero. Hay casos aislados y notables, pero no hacen la norma.

El fenómeno Trump ha propiciado precisamente el renacimiento del periodismo investigativo y nos ha demostrado la necesidad de que existan —con independencia del formato— instituciones noticiosas capaces de ir más allá de la opinión.

De la manera en que Trump y sus fanáticos vienen planteando el problema, no se trata de una elemental sustitución de una prensa desfavorable al actual inquilino de la Casa Blanca por otra que destaque sus cualidades. Tampoco es simplemente resaltar las virtudes de ese 38 % que lo apoya y despotricar sobre los que están en contra.

Lo que está en juego es que exista la prensa o desaparezca, convertida en una maquinaria de propaganda. No es que no pueda acontecer, ha pasado en otros momentos, es que no debe ocurrir.


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