Actualizado: 22/02/2017 13:58
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Elecciones, EEUU, Trump

Trump, anomia y revolución

Es la sustitución creciente del estudio por la frivolidad lo que está dañando a la sociedad estadounidense, incluso en las decisiones más cotidianas, como puede ser el simple acto de votar

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Curiosa la ausencia en la prensa del termino anomia, al explicar lo ocurrido en la última elección estadounidense. La ausencia de esta referencia a un concepto sociológico explica en parte una de las deficiencias de un medio de comunicación atrapado en la explicación fácil e inmediata de los acontecimientos, a un precio que cada vez más pone en duda su capacidad para llevar a cabo la tarea.

La anomia fue por primera vez definida por el sociólogo francés Émile Durkheim en La división del trabajo en la sociedad (1893): “Un estado sin normas que hace inestables las relaciones del grupo, impidiendo así su cordial integración”. Durkheim desarrolló el concepto en su obra clásica sobre el suicidio, El suicidio (1897), y luego fue estudiado por Robert K. Merton en Social Theory and Social Structure, 1949. No estoy mencionado obras solo al alcance de expertos y supuestos eruditos. En Cuba, por ejemplo, Durkheim y sobre todo Merton no resultaban nombres extraños, y eso que el segundo era considerado un típico ideólogo capitalista y a la teoría funcionalista en general como un arma imperialista. Es la sustitución creciente del estudio por la frivolidad lo que está dañando esta sociedad, incluso en las decisiones más cotidianas, como puede ser el simple acto de votar. Paradójicamente, hoy que una simple visita a Wikipedia pone al alcance de cualquiera estos conocimientos, en su forma más elemental, una foto de Kim Kardashian siempre amenaza desde otra página y desvía la atención.

La existencia de la anomia produce miedo, angustia, inseguridad e insatisfacción, e incluso es causa de suicidio. Todos estos factores influyeron en quienes votaron en favor de Donald Trump más que las cifras sobre recuperación económica, los índices de desempleo y hecho comprobado de que la inmigración ilegal era la más baja en años. Este año se conoció que una franja de la población estaba muriendo masivamente por el alcoholismo, la drogadicción y el suicidio. Ciudadanos de la raza blanca, edad mediana y baja educación. Y precisamente este sector poblacional es el que al parecer resultó decisivo, en muchos lugares, para el triunfo de Trump. Así que el resultado electoral tuvo tanto de sorpresa como de victoria anunciada.

Un estudio de los economistas Angus Deaton y Anne Case encontró que durante los últimos 15 años un grupo —los hombres blancos de mediana edad— presentó una tendencia alarmante: sus miembros morían en cantidades cada vez mayores, y el indicador crecía en la medida de que estas personas carecían de un título universitario. La explicación en parte obedecía a factores como la globalización y los cambios tecnológicos, pero el dato verdaderamente inquietante es que ello ocurre en Estados Unidos más que en otros países de gran desarrollo, como los europeos.

La anomia, que en última instancia implica una disociación entre los objetivos culturales y el acceso de ciertos sectores a los medios necesarios para llegar a esos objetivos, no ha sido un fenómeno ajeno en Estados Unidos, y precisamente la creación del Estado de bienestar estaba supuesto al alivio o la eliminación del síntoma. Pero lo que ha ocurrido es una transformación de objetivos y medios, que ha llevado al mismo tiempo a que uno de los grupos poblacionales hegemónicos que se pensaba ausente en buena parte del problema —ciudadanos blancos de la clase media baja y etnia dominante del país— sean ahora las víctimas, al tiempo que los medios para resolverlo —el Estado de bienestar, pluralismo, multiculturalismo— se han convertido en supuestos culpables.

Pero si la anomia puede conllevar a una rebelión ante metas y medios hasta ahora socialmente aceptados o impuestos —lo que ha llevado a una formulación simbólica negativa ante lo “políticamente correcto”—, la contrapartida es la creación de un nuevo sistema de metas y de medios aceptables, y eso fue precisamente lo formulado por Trump en su discurso de aceptación de la nominación presidencial republicana.

Todo ello implica que la rabia que ha dominado la política estadounidense durante la campaña va a seguir empeorando, y estará presente en las decisiones, y el apoyo que reciba por parte de ese mismo electorado que lo llevó a la Casa Blanca, a partir del próximo año.

Por lo demás deben descartarse las ilusiones inmediatas, entre algunos partidarios del Partido Demócrata, que en la medida de que el próximo presidente “incumpla” un mayor número de promesas electorales, esos votantes se tornarán en su contra. Como, por ejemplo, creer simplemente que la imposibilidad de traer de vuelta las fábricas a suelo estadounidense bastará por sí solo para un rechazo total —y en pocos meses o un par de años— hacia Trump.

No será tan sencillo: la ira continuará y el nuevo presidente ha demostrado el conocer aprovecharla a su favor. Tendrá que ocurrir algo de mayor alcance —como una situación de crisis nacional y/o internacional de grandes proporciones— para que tal cambio ocurra.

A la hora de repartir culpas, el expediente socorrido de responsabilizar al otro, al extraño, continuará obrando a favor de Trump, al menos por un tiempo, quizá demasiado largo. Los ejemplos sobran.

Lo peligroso en este sentido es que ese sentimiento, que en casos extremos puede llevar al suicidio individual, se traslade a un suicidio como nación o potencia mundial. También aquí, los ejemplos, igualmente, sobran.

Porque no hay duda al respecto. Si al presidente Barack Obama se le puede achacar que durante su mandato se haya debatido entre la acción y la inacción, tal reproche no cabe en Trump. Ha creado prácticamente un “gabinete de guerra”, con la elección para muchos de los cargos de figuras que, por historial y vocación, se empeñaran en hacer todo lo contrario no solo a lo llevado a cabo durante los dos términos de Obama, sino incluso opuestos a lo que supuestamente sería la labor de su cartera: encargados del medio ambiente que no creen en el calentamiento global o antiinmigrantes a cargo de la política migratoria.

Así que la llegada del Gobierno de Trump, para bien o para mal —por aquello de no anticiparse a los resultados— será algo así como una revolución que llega, solo que, a través de las urnas, y que no dejará indiferente a nadie, ni en este país ni en el mundo.


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