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EEUU, Trump, Presidencia

Trump: ¿ideología y sociedad?

Fukuyama profetizó el fin de la historia, Bell el de la ideología, Marx el del capitalismo, pero nada ha sucedido de verdad

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Miami, jueves 9 de febrero de 2017. A los 20 días de la toma de posesión presidencial.

De continuar lo mismo durante los 1.441 que faltan hasta que termine la presidencia de Donald Trump[1], la salud mental colectiva americana quedará seriamente dañada. Diminuta ante los hechos, el asombro y la televisión.

Hay un libro muy conservador que Rush Limbaugh, Ann Coulter y Dinesh de Souza están recomendando por todos los medios posibles e imposibles, “para las batallas que se acercan entre la derecha y la izquierda”, dicen. Se trata de Big Agenda: President Trump Plan to Save America[2], y su autor es David Horowitz, un ultra conservador converso, porque antes fue izquierdista. De Souza ––que es un zelote derechista convicto por donaciones electorales ilegales–– recomienda con urgencia el libro de Horowitz; dice que no solo explica como Trump salvará América, sino también cómo hundirá a la izquierda “de una vez por todas”.

Esto recuerda a Hillary Clinton, cuando vaticinó en setiembre del 2016 “que los próximos 50 días determinarían los próximos 50 años de este país”. Ella, confiada en ganar, no solo quería influir en el país durante cuatro u ocho años, sino durante medio siglo. Pero salió al revés. Y ahora la derecha conservadora ––o al menos alguna parte de ella–– no se conforma con esos 50 años, sino que quisiera borrar a la izquierda de la faz de esta nación. Nunca este imperio había parido emperadores, pero están asomando la cabeza.

Existe una confianza tácita en la fortaleza de las instituciones norteamericanas para salvaguardar la democracia. Pero lo que sugieren las oposiciones cada vez más purulentas entre la derecha y la izquierda es que la esencia del pensamiento democrático vacila —leve, aunque azarosamente––, porque el concepto de la alternancia en el poder para ambas se presenta como algo naturalmente discutible.

La práctica de obstaculizar compromisos legislativos y congresionales ––madurada ya durante el mandato de Obama–– y el partidismo militante se van tornando tan enfermizos de ambos lados, que constituyen el perfecto caldo de cultivo para una tiranía en el reino de los hechos. Si los próximos cuatro u ocho años de Donald Trump se completan, pero transcurren bajo el constante intento de deslegitimar su gobierno de derechas y/o de “hundir” a la ideología de izquierdas “de una vez por todas”, podríamos festejar que el florido camino hacia un flamante 1984[3] ya se pavimenta. De corte más comunista o más fascista, da igual; y si Trump no completa sus años, peor.

El aun disimulado, pero innegable intento desde las dos bancadas políticas a que las instituciones no partidistas del Estado ––como el IRS, el FBI, el Tribunal Supremo entre otros–– sesguen su balanza por intereses ideológicos, aunque disfrazados con nombres diferentes, no es otra cosa que el inadvertido atentado desde adentro contra la esencia de la democracia americana. Y precisamente por parte de las instituciones que deberían salvaguardar el contrato político y social de América desde la inexcusable imparcialidad. Es cierto que Heráclito enunció que no hay hombre que se bañe dos veces en el mismo río ––ya que todo cambia y fluye–– pero lo realmente importante, al menos en la evolución política es que el hombre no se ahogue en su corriente.

A los humanos les complace vaticinar finales. Será que nos inclina la breve naturaleza de la vida; pero a veces nos apuramos demasiado. Cuantas veces ya se acabó el mundo. Y cuantas veces ya llegó el apocalipsis. Fukuyama profetizó el fin de la historia, Bell el de la ideología, Marx el del capitalismo, pero nada ha sucedido de verdad. De hecho, en el imperceptible pero implacable avance de la historia en este gran país ––la expresión planetaria más notoria de un capitalismo salvaje y compasivo–– lo que se libra cada vez más es una feroz lucha ideológica cuyo nombre no se quiere pronunciar. Es el enfrentamiento entre dos concepciones irreconciliables de lo que debe ser esta nación. Mirad bien, diría Walt Whitman, los campos están perfectamente perfilados. Seguramente antes también lo estuvieron, cuando corrió la sangre en el norte y en el sur, pero en este tiempo, en el que nos ha toca vivir, no existen geografías tan sencillas. Sucede en la nación más poderosa del mundo, en medio de un planeta cada vez más pequeño, feroz y peligroso donde retumba también en todos los países. Trump es tan solo el fenómeno visible. Aunque como Marco Aurelio musitó en la Galia, nada debe impedirnos contemplar el firmamento en las claras noches del invierno.



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