Actualizado: 22/07/2017 20:46
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EEUU, Trump, Rusia

Trump y el choque de civilizaciones

Para Trump, el enfocarse en cuestiones religiosas o de tradición, como principal fuente de conflictos, es ideal para elaborar un discurso al agrado de su base de partidarios

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En su primer acto público en el exterior, el jueves en Varsovia, el presidente Donald Trump se refirió al “choque de civilizaciones”. Ni siquiera George W. Bush, y mucho menos Barack Obama, recurrieron durante sus respectivos mandatos a un concepto tan arcaico y erróneo.

En su versión moderna, el choque de civilizaciones es una teoría acerca de las relaciones internacionales formulada por Samuel Huntington, y se basa en las divisiones culturales y de valores, pero fundamentalmente religiosas. En este sentido, se crea un mantra donde se busca la preponderancia de la civilización occidental, y que de forma implícita o explícita limita cualquier conflicto a un discurso que se concreta en un pensamiento binario, que en su forma más burda se limita a “civilización contra barbarie”.

“La cuestión fundamental de nuestro tiempo es si Occidente tiene la voluntad de sobrevivir”, dijo Trump en Varsovia.

“¿Tenemos la confianza en nuestros valores para defenderlos a cualquier costo? ¿Tenemos suficiente respeto para que nuestros ciudadanos protejan nuestras fronteras? ¿Tenemos el deseo y el coraje de preservar nuestra civilización ante aquellos que la subvertirían y la destruirían?”, clamó el presidente estadounidense.

Lo importante para Huntington es que este choque de civilizaciones lleva a la guerra: los conflictos entre civilizaciones son inevitables. Su teoría fue promulgada como una respuesta a los planteamientos de Francis Fukuyama, que sostenía que el mundo se aproximaba al fin de la historia (en el sentido hegeliano) y la democracia occidental se impondría en todas partes de forma pacífica. (Veinticinco años después de publicar sus argumentos, Fukuyama escribió en The Wall Street Journal que se había apresurado demasiado, pero que consideraba que la esencia de su tesis continuaba siendo correcta.)

Uno de los problemas con el planteamiento de Huntington es que no toma en cuenta o relega a su segundo plano otros factores importantes, como la desigualdad social y económica, las crisis energéticas o la lucha por los recursos naturales. Pero para Trump, el enfocarse en cuestiones religiosas o de tradición, como principal fuente de conflictos, es ideal para elaborar un discurso al agrado de su base de sus partidarios. Al mismo tiempo, le permite recurrir a la vieja creencia estadounidense, de considerar al “mal” como algo ajeno, fuera de sus fronteras.

Tradiciones y discurso

Trump puede adecuar sus palabras al lugar donde se encuentre, al estilo de un dealer de autos, y hablar en Polonia más fuerte en contra de Rusia o abandonar su retórica contra el islam en Arabia Saudita, pero el planteamiento de choque de civilizaciones resume la esencia de su enfoque sobre el terrorismo. Es el concepto que está detrás de prohibir la entrada a los ciudadanos de países donde predomina la fe musulmana o su rechazo a celebrar una cena de fin de Ramadán en la Casa Blanca, poniendo fin a una tradición observada durante años por sus predecesores y que se inició en 1805.

Abrazar dicha tesis es también la “justificación” para poner a un lado las violaciones de los derechos humanos y buscar alianzas con autócratas y asesinos como Vladimir Putin y Rodrigo Duterte.

Porque Trump no mencionó en su discurso algunos de los valores fundamentales a la hora de señalar a la sociedad occidental como el sistema más avanzado, que son los referidos a la libertad de expresión y en particular la libertad de prensa, los derechos humanos y del individuo, los derechos de las minorías, la tolerancia y la inclusión, el aceptar el multiculturalismo. Es decir, aquello que representa a un país donde se practica el liberalismo —no confundir con neoliberalismo— y el Estado de Derecho. Ni establece el extremismo terrorista ni el fanatismo religioso como privativo de una religión determinada, sino de la práctica de algunos de sus miembros. Y que no se define por las creencias religiosas de sus ciudadanos, o la ausencia de estas. Tampoco por costumbres arcaicas y un gusto por el pasado. Y mucho menos por la “grandeza” imperial.

Todo lo contrario, Trump volvió a definirse a favor de la exclusión, con su repetida retórica en contra de los inmigrantes. Apeló al nacionalismo y los valores como estructuras vetustas y depositarias de un credo inamovible. Respaldó el concepto de soberanía como lo entienden en la Rusia de Putin y la Cuba de Castro. Lo redujo todo a la tradición y la familia.

Solo que hay tradiciones —no importa que sean nacionales, regionales o de un pueblo— que no merecen conservarse; como la intromisión de la Iglesia Ortodoxa rusa en los decretos de gobierno o la vida cotidiana de los ciudadanos; la vieja tradición esclavista de los terratenientes sureños; las peleas de gallos y las corridas de toro. Para mencionar unas pocas.

Las palabras del mandatario estadounidense resultaron sumamente gratas al Gobierno polaco, pero no hay que olvidar que dicho gobierno ultra reaccionario está en la mira de la Unión Europea, al igual que el húngaro, por la falta de libertades y la negativa a recibir inmigrantes.

En realidad, Trump no fue a Varsovia para hablar en favor de la democracia occidental, sino para criticarla. Que aterrizara en Polonia antes que en Alemania o Gran Bretaña no fue más que otra muestra de su rechazo a la democracia europea. Alguien podría argumentar que en Gran Bretaña los ciudadanos no lo quieren mucho y el alcalde de Londres tampoco —lo que no quita que una visita a ese país se produzca en el futuro—, pero resulta que en Polonia tampoco: solo el 23 % de los polacos tiene confianza en Trump, según la última encuesta del Pew Research Centre, frente al 49 % que obtuvo su predecesor, Barack Obama, en su peor valoración, en 2013.

Cuando Trump habla de hacer grande de nuevo a “América” no solo copia un viejo eslogan de la tradición política más reaccionaria de Estados Unidos, sino que habla en consonancia con el ideal de la “excepcionalidad rusa”, que Putin ha resucitado.

En el momento en que el presidente estadounidense intenta dar lecciones de Historia, y realiza un discurso fundamentado en el concepto de identidad nacional, se coloca al lado del mandatario ruso, que precisamente acudió a la Historia y a la identidad nacional para justificar la anexión de Crimea.

Por ello no resulta extraño que tras la visita a Varsovia, durante la reunión de los gobernantes ruso y estadounidense en Hamburgo, Alemania, uno de los puntos alcanzados fue que cada país no se inmiscuirá en los asuntos internos del otro —lo de la interferencia rusa en las elecciones es algo en lo que Trump no cree o no le da importancia, o lo considera un “delito” tan común o compartido como el no respetar los pasos de cebra en las calles—, y así poner fin a cualquier intento de apoyo pacífico, educativo, democrático y por vía legal en favor de la democracia, los derechos humanos y la libertad de prensa en Rusia. (algunos exiliados cubanos deberían tomar nota de ello, aunque para partidarios de Trump y esperanzados en que el Partido Demócrata no volverá al poder en EEUU nada de ello debe importarles, al parecer atrapados en la añoranza de un país gobernado por un partido único, como el que abandonaron o los abandonó a ellos.)

Guerra contra el terrorismo

Durante la época de Bush, este país estuvo gobernado por quienes dirigían sus acciones repitiendo equivocaciones tácticas y cálculos inapropiados sobre la base de adaptar los datos existentes a su manera de pensar. Políticos y funcionarios que se comportaban como prisioneros de un concepto ideológico tan desafortunado y falso como el que llevó a los jerarcas soviéticos a pensar que el comunismo terminaría conquistando el mundo, pero ni siquiera entonces se adoptó el criterio de choque de civilizaciones. Ahora es peor aún.

Un país que se apoye sólo en la eficiencia de sus fuerzas armadas no puede fundar un nuevo orden. Ni siquiera un desorden estable. El terrorismo debe ser enfrentado con una estrategia más “policial”, menos “bélica”, y no como una lucha religiosa. Porque entonces volvemos a la época de las cruzadas.


Una versión de este artículo, abreviado por razones de espacio, también aparece en El Nuevo Herald.


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