Actualizado: 29/05/2017 10:24
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Disidentes, Trump, Video

Trump y el éxtasis disidente

Algunos siguen obstinados en Cuba en el vulgar ejercicio de empañar la gestión opositora con una dependencia excesiva a la política de un gobierno extranjero

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Desde que hace años varios disidentes cubanos se reunieron en la residencia del entonces jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, y participaron en una votación simulada para elegir al presidente norteamericano, el proceso electoral que se celebra a 90 millas de las costas de Cuba, y sus resultados, ha sido una tentación demasiado fácil para que la oposición en la Isla incurra en farsas, celebraciones y desaciertos que terminan por destacar aún más una imagen de apego y dependencia a los dólares provenientes de Washington.

Porque de entrada debe señalarse que el trasfondo del dinero recorre el video donde un grupo de opositores cubanos —Antonio G. Rodiles, Jorge Luis García Pérez (Antúnez), Ángel Moya, entre otros— celebran el triunfo del magnate Donald Trump y de los legisladores cubanoamericanos en las elecciones de Estados Unidos.

Todas las declaraciones de reconocimiento a Trump, por parte de la oposición, y a su preocupación por los derechos humanos y los presos políticos en Cuba, no pasan de ser una muestra de ignorancia —en el mejor de los casos— o de lo que es más cercano a la realidad: puro oportunismo, conveniencia para el bolsillo.

En buena parte de quienes se expresan así, difícil separar tales declaraciones de las conveniencias que les ha brindado su simbiosis con cierto sector de la comunidad exiliada y del Partido Republicano.

Ello explica la realización de este video, que en momento alguno se dirige a la ciudadanía cubana —a favor de la cual supuestamente realizan su empeño político—, sino más bien a quienes residen en Miami y Washington y los sostienen.

Por ello, lo que más destaca en declaraciones e imágenes no es solo la desconexión, entre estos disidentes y la realidad de la calle cubana, sino la falta de interés —por parte de ellos— de ampliar visión y objetivos, y en cambio refugiarse en la retórica miamense.

Trasmitir una imagen que puede ser del agrado al otro lado del estrecho de la Florida, pero con la que es difícil ganar adeptos en el país. Da la impresión que lo segundo no les preocupa ni interesa.

Si los cubanos, en buena medida, se han expresado preocupados por un retroceso en la relación entre Washington y La Habana —y como ello podría afectarlos en su vida cotidiana—, estos opositores parecen vivir en una especie de “burbuja disidente”, a la que no llegan dichas preocupaciones.

Al temor de ciudadano de la calle ellos responden con alegría y hasta con burla.

Ese desapego con lo que realmente ocurre en el país, por parte de quienes se suponen representar —al menos en parte— una avanzada hacia la democracia, es realmente preocupante. Y más aún si este beneplácito, que tiene su origen en la posibilidad de una mayor satisfacción de intereses y objetivos —personales o de grupo— se manifiesta a través de la demagogia.

“Fue muy frustrante ver, cómo la administración de Obama permitió al régimen ganar espacio político... en lo económico y dejar al pueblo cubano y a sus demandas a un lado”, expresa Rodiles, según El Nuevo Herald.

Aquí se repite ese viejo vicio —posiblemente heredado del castrismo— de arropar un interés propio o de grupo con un ideal nacional, ya que al parecer el opositor se considera representante de las demandas de todo un pueblo y condena al Gobierno de Barack Obama por fracasos extraños a este: el régimen castrista posee, de entrada, todo el espacio político —como corresponde al sistema totalitario adoptado—, y ello es ajeno y anterior a la llegada de Obama a la Casa Blanca. Una vez más sale a relucir el ejercicio provechoso —a quien lo practica— de repartir las culpas en los ajenos y no hablar de las propias.

Como si la pérdida de memoria temporal fuera una virtud a explotar, estos disidentes parecen estar aplaudiendo una vuelta —que ellos sueñan, porque no se sabe en realidad lo que va a ocurrir— a la época de George W. Bush, donde nada se logró a favor de la democracia en Cuba y el avance de los derechos humanos, salvo repartir algunas medallas y trofeos.

Lo curioso es que estos disidentes copien, de los votantes estadounidenses en favor de Trump, una añoranza por un pasado —que en Estados Unidos es irrepetible, pero al mismo tiempo representa un ayer privilegiado y “glorioso”—, y lo asimilen a un paso atrás en Cuba, que no significa mejora alguna sino todo lo contrario: pese a la permanencia del terror propio de un Estado policial, no se vive en una situación igual que durante la “Primavera Negra”. Donde además ellos aparentan confiar en las promesas —durante las últimas semanas de campaña— de un candidato sin historial alguna en favor de los derechos humanos. A todo ello hay que agregar que tanto estos disidentes como algunos en el exilio de Miami han optado por un silencio cómplice sobre las afinidades entre Trump y Vladimir Putin.

Un mínimo conocimiento político, no solo de lo que ocurre en Estados Unidos sino también en Cuba, les hubiera permitido realizar la pregunta clave que se hace el cubano de a pie respecto al actual presidente estadounidense: ¿Está mejor ahora o antes que Obama? Es cierto que la respuesta derivaría hacia algunos pocos aspectos materiales de avance, y que en lo que se refiere a una mayor libertad política hay poco que decir, aunque la comparación tampoco encontraría mayor libertad con los anteriores presidentes republicanos, un embargo más rígido y mayores limitaciones a viajes y remesas. Pero no, ellos han encontrado legiones de opositores que rechazan al mandatario; o de vivir del cuento mirando al futuro.

Por supuesto que los opositores tienen todo su derecho a expresar su simpatía por Trump e incluso es posible que les envíen desde Miami los necesarios pasajes, para asistir con banderitas de EEUU en las manos a la toma de posesión del nuevo presidente. Pero una cosa es aspirar a que se adopten los beneficios de un sistema democrático similar al estadounidense —cuyas virtudes y defectos lo sitúan muy por encima del régimen cubano— y otra muy diferente es empeñar la gestión opositora con una dependencia excesiva a la política de un gobierno extranjero.


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Antonio Rodiles y Ailer González (foto: Luis Leonel León/Diario las Américas)Foto

Antonio Rodiles y Ailer González (foto: Luis Leonel León/Diario las Américas).

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