Actualizado: 28/04/2017 12:52
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Cuba, Partido, Elecciones

Voto popular y partido único

La imposibilidad de oposición parlamentaria está predeterminada porque si bien la Constitución socialista refrenda que el voto es libre, este deja de serlo al disponer la Ley Electoral que unos votos son válidos y otros no

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Para escapar del bumerang de los ideales que fracasan hay un remedio infalible: descontaminarse de la realidad. Así lo hace el Dr. Felipe de Jesús Pérez Cruz, presidente del capítulo habanero de la Unión de Historiadores de Cuba (UNHC), con artículo que pretende legitimar el orden político unipartidista sobre la base de la votación popular.

Pueblo y democracia

Su argumento histórico reza: “El 26 de julio de 1961, el pueblo cubano congregado para celebrar el 8vo. Aniversario del reinicio de la gesta revolucionaria (…) votó en asamblea pública por el Partido único de todos los revolucionarios cubanos”.

Aquí se define como pueblo no todos ni la mayoría de los cubanos, sino aquellos congregados aquel día en la Plaza de la Revolución cuando Fidel Castro aplicó esta regla de decisión al bulto sin previa deliberación: “Levanten la mano los que apoyan la unión de todos los revolucionarios en el Partido Unido de la Revolución Socialista”.

Según la nota taquigráfica, Castro y los demás levantaron la mano en clamor de unidad. Así y todo, esta votación no tiene fuerza legitimante, “que hoy solo la poseen reglas y premisas comunicativas, que permiten distinguir un acuerdo o pacto obtenido entre personas libres e iguales frente a un consenso contingente o forzado” (1).

Pérez Cruz sienta aquella peripecia electoral contingente y forzada como seminal y definitoria, de una vez y por todas, del orden político. Quienes votaron entonces habrían quedado sometidos para siempre a la voluntad de la mayoría originaria, sin poder jamás cambiar de opinión por voluntad propia ni mucho menos intentar que su opinión disidente se tornara mayoritaria.

Al justificar de este modo el partido único, Pérez Cruz maneja el pueblo como aplanadora que pasa por encima de la democracia. Ni siquiera las mayorías electorales abrumadoras desde 1976 a favor del gobierno invalidan que “la prueba más segura para juzgar si un país es libre de veras, es el quantum de seguridad de las minorías” (2). Y aquí no estamos hablando de grupúsculos. Sin contar el éxodo creciente, la tendencia de votantes contra el gobierno está en alza: de menos de 459 mil (2013) a casi 716 mil (2015) boletas anuladas y en blanco. El abstencionismo también se incrementó de unos 750 mil (2013) a 850 mil (2015), pero ese no cuenta en política.

Puesto que “la democracia requiere, necesaria e inevitablemente, un Estado de partidos políticos [y] el parlamentarismo es la única forma real en que puede plasmarse la idea de la democracia” (3), ningún gobierno está legitimado por la regla mayoritaria para entrampar las minorías dentro de límites en que no cabe ni siquiera la posibilidad de oposición parlamentaria. Sin ella, el orden político es totalitario por definición (4) y esa es la situación en Cuba.

Apartheid electoral

La imposibilidad de oposición parlamentaria está predeterminada porque si bien la Constitución socialista (1976) reformada (2003) refrenda que el voto es libre (Artículo 131), este deja de serlo al disponer la Ley Electoral (No. 72/1992) que unos votos son válidos y otros no.

  • Todos los candidatos a diputados de la Asamblea Nacional se proponen por comisiones que forma el gobierno, se someten a votación en lista única (Artículo 86) y salen elegidos si obtienen más de la mitad del número de votos válidos en sus respectivas jurisdicciones electorales (Artículo 124).
  • La ley manda “a separar las boletas votadas de las que fueron depositadas en blanco” (Artículo 112), así como a declarar “nulas las boletas en las que no pueda determinarse la voluntad del elector” (Artículo 114).

Al contarse como votos válidos nada más que aquellos a favor de todos, algunos o al menos uno de los candidatos, aflora el apartheid electoral. Las boletas en blanco no son abstenciones, ya que el elector fue a votar; por el contrario, son clara manifestación de la voluntad política en contra de todos los candidatos. Igual sucede con las boletas que mediante improperios, garabatos o lo que sea manifiestan aún más explícitamente la voluntad política del votante contra el gobierno, pero terminan siendo anuladas por los colegios electorales.

Este apartheid desemboca en el absurdo de que un candidato saldría electo tan solo si vota por sí mismo, aunque tuviera en contra a todos los demás electores, ya que estos solo podrían expresar su voluntad invalidando sus propios votos al dejar en blanco o anular la boleta. Ningún enlace histórico con ninguna asamblea pública puede convalidar este absurdo y, con él, un orden político antidemocrático y totalitario.

Mala historia

Pérez Cruz saca de la manga histórica otra justificación torcida: “Tras su entrada triunfante en la capital, Fidel, en el Campamento Columbia, argumentó la necesidad de una sola organización revolucionaria que apoyara las nuevas transformaciones sociales y contribuyera a enfrentar las acciones contrarrevolucionarias”. Tal es su interpretación siniestra de este pasaje del discurso de Castro el 8 de enero de 1959: “Todos debimos estar desde el primer momento en una sola organización revolucionaria: la nuestra o la de otro (…), en la que fuese, porque, si al fin y al cabo éramos los mismos los que luchábamos en la Sierra Maestra que los que luchábamos en el Escambray, o en Pinar del Río, y hombres jóvenes, y hombres con los mismos ideales, ¿por qué tenía que haber media docena de organizaciones revolucionarias?”.

Castro habla en tiempo pasado. No se refiere a transformaciones sociales futuras ni a acciones contrarrevolucionarias presentes o futuras, sino a la guerra contra Batista. La idea de una sola organización revolucionaria en la posguerra civil vino del líder del Directorio Revolucionario, Faure Chomón (sic): “Somos partidarios de la unidad sincera de las fuerzas revolucionarias y honestas del país (…) Una asamblea de todos los sectores revolucionarios sería formidable. De ella puede salir el gran instrumento organizado de la revolución cubana” (Bohemia, enero 18-25 de 1959, 74). En esta misma edición, la columnista Emma Pérez salió al paso al estilo de Kelsen: “Chaumont (sic), Secretario del Directorio Estudiantil, propuso la formación de un Partido Único, en nombre de la democracia. No, aguerrido Chaumont. Sólo la pluralidad de partidos es compatible con la democracia (…), que es lo que necesita Cuba” (página 15).

Coda

Es muy sencillo librar escaramuzas argumentativas contra Pérez Cruz, el partido único y demás cuadros o instituciones del castrismo, pero el problema no estriba ya en criticar, sino en dilucidar racionalmente cómo podría desmontarse el castrismo a partir de su realidad fija de partido único, apartheid electoral y otros males concurrentes. Resulta que a tal efecto hay que lidiar en dos frentes, porque cierto anticastrismo se las manda con gente dentro que incurre una y otra vez en absurdos políticos mientras su claque afuera se empeña en justificarlos como opositores que derrochan esfuerzo y coraje frente a la represión política. Si el D. J. Trump tuviera tiempo para ahondar en este problema cubiche podría tuitear: Effort and courage are not enough without purpose and direction. GET SMART, ANTI-CASTRO CUBANS!

Notas

(1) Habermas, Juerguen: “Problemas de legitimación en el Estado moderno”, en La reconstrucción del materialismo histórico, Madrid: Taurus (1981), 254.
(2) Acton (Lord): Essays on Freedom and Power, Nueva York: Meridian (1955), 56.
(3) Kelsen, Hans: Vom Wesen und Wert der Demokratie, Tubinga: J.C.B. Mohr (1929), 20 ss.
(4) Amendola, Giovanni: “Maggioranza e minoranza”, en Il Mondo [Roma], 12 de mayo de 1923.


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