Una excepción. Lectura para profesionales de los medios

Una excepción. Lectura para profesionales de los medios

Ha sido publicado en España mi segundo libro. Hago una excepción en la línea temática habitual del blog para publicar un breve fragmento de uno de sus capítulos, quizás la parte más vinculada a la política y la sociedad. Una advertencia: Dramaturgia Audiovisual es un libro técnico, un texto para la docencia. No cuenta nada que pueda interesar a otros públicos. Al menos eso creo.

Desde aquí agradezco a Marcial Murciano, quien fuera decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona durante el período de gestación del libro. También a Emma Rodero, profesora de la Universidad Pontificia de Salamanca, por sus consejos iniciales; a Pedro J. Crespo, editor-propietario de Comunicación Social Ediciones y Publicaciones, y al equipo de la Escuela de Radio y TV de Granada, que me abrió las puertas profesionales recién llegado al exilio y donde nació la idea de este libro. Muchas gracias a todos.

Fragmento de 'Dramaturgia Audiovisual. Guión y estructuras de informativos en radio y televisión'

El espectáculo informativo

…El pleno rendimiento del espectáculo informativo no es un tema que ponga de acuerdo a muchos, sobre todo si de defenderlo se trata. Xosé Soengas (2003:11) insiste, por ejemplo, en que los presentadores de informativos deben mantener una locución neutra, desprovista de cualquier carga emocional o énfasis que pueda transmitir una implicación directa o indirecta en el acontecimiento y contaminar la objetividad de la noticia.

Sin embargo, la «objetividad» tampoco es un concepto de consenso, habida cuenta su insostenibilidad científica. La objetividad periodística andará siempre el camino de la relatividad, en tanto las mediaciones que se producen entre el hecho y la recepción final dibujan un panorama de subjetividades difícilmente esquivable, lo que viene dado por los propios fundamentos de la naturaleza humana. Aquí cuentan la concepción del mundo, la ideología, el conocimiento, la intención y otros tantos factores que modelan la comprensión de un acontecimiento por parte de ese ser humano que llamamos periodista o comunicador. Si la percepción del mundo mediante los órganos sensoriales es un

proceso eminentemente subjetivo (¿quién lo duda?), ¿por qué ha de hablarse en términos tan absolutos de objetividad periodística?

Hasta ahora sólo he tenido en cuenta el factor humano, porque si adiciono las influencias externas al proceso de comprensión del hecho (ideología y situación económica del medio, coyuntura histórica…), la subjetividad se acentúa. Este presupuesto desmonta la tesis neomarxista que ve la objetividad como un invento capitalista y responsabiliza de su limitación al modelo de prensa «liberal-burgués». Tanto en el extendido sistema capitalista como en los experimentos comunistas desarrollados entre 1917 y la actualidad, la objetividad ha estado bajo la duda científica. Es una falacia vincularla al modelo burgués-liberal, porque, según hemos visto, las mediaciones que se producen entre el hecho y el periodista relativizan el proceso de construcción de sentidos, aquí y allá, antes y ahora. La propiedad social sobre los medios de comunicación en la Europa del Este, de la órbita soviética, vigente todavía en dictaduras como las de Cuba, China, Corea del Norte y Vietnam, no garantiza que se revierta el problema, sino que lo agrava. En tanto, en las sociedades democráticas la libertad de prensa y expresión, y la diversidad de tendencias editoriales a nivel macrosocial, ayudan a desbrozar un camino hacia las pequeñas, múltiples y relativas verdades de cada ciudadano.

Lo más sensato va en el camino de entronizar como punto de partida en materia de credibilidad el rango de veracidad periodística (no entendida como verdad absoluta), o en cualquier caso, el de objetividad periodística relativa, y no una objetividad deseable pero ficticia. Podríamos asumir igualmente la condición de verosimilitud periodística, si nos ajustamos a la idea aristotélica de que «verosímil es lo que ocurre habitualmente, no en absoluto, como algunos lo definen, sino que se refiere a cosas que cabe que sean de otro modo…» (Aristóteles: 2004:59). La verosimilitud en el periodismo no implica un «pacto narrativo» —el público acepta lo que ocurre aunque sea pura ficción, según el término asumido por Darío Villanueva (1995) para describir una situación estrictamente literaria—, pero sí un «pacto informativo» mediante el cual el televidente tiene la ilusión de estar conociéndolo todo, porque lo ve, cuando en realidad ni es todo ni es «la realidad misma», sino un acercamiento mediado.

Por otra parte, la objetividad desde el punto de vista literario —entendida como la cualidad de las narraciones en que el narrador no interfiere en la historia y se mantiene ajeno, porque narra en tercera persona (Villanueva: 1995)— tampoco nos vale para los intereses periodísticos, pues la muy extendida tercera persona ni garantiza la no interferencia, ni necesariamente hace más creíble la historia.

Sin embargo, como apunta María M. Farré (1999), «la verosimilitud de la trama informativa no es suficiente para argumentar acerca de su verdad, pero tampoco lo es el hecho de que las noticias se informen en esquemas objetivistas, cuyo valor explicativo, mítico, es hoy descreído, o incluso, incomprendido (…). El protagonismo de los personajes (sean estos conductores, cronistas o implicados en la noticia) se vislumbra en la polifonía del relato: cada uno participa y recrea los hechos desde su perspectiva».

Por tanto, si acordamos que la objetividad periodística es como mínimo relativa, aspectos como el tipo de locución no deciden hoy por hoy necesariamente la credibilidad de los contenidos en términos dramáticos. La neutralidad —otro controvertido concepto— no está reñida con la carga emocional o el énfasis. El centro neurálgico de la independencia —este concepto es más práctico y terrenal que el de neutralidad— radica en las políticas editoriales de los medios, y no irremediablemente en la espectacularidad de las formas de exposición. Que el presentador destaque gestualmente el horror de un atentado terrorista, use un tono alegre ante el triunfo de la selección nacional de fútbol, o muestre preocupación con el rostro por el ritmo de la economía, no es sinónimo de manipulación, aunque sí de cierta implicación en el hecho. Esta actitud no es un pecado, por cuanto en radio y televisión es pertinente la participación del comunicador en el escenario de los hechos como baza de credibilidad y aperitivo del lenguaje y entorno audiovisuales.

Con lo que no debe conformarse nadie es con el busto parlante que, en nombre de la objetividad y la no contaminación, no comunica nada. La volatilidad del medio, la feroz competencia y el imparable desarrollo en la presentación de contenidos audiovisuales, aconsejan un mayor movimiento en las conductas tradicionales de los bustos parlantes…

…Toda grandilocuencia tiene sus riesgos y límites evidentes en el ridículo. Sin embargo, no se debe renunciar a explorar nuevas formas de comunicar, que no signifiquen necesariamente un posicionamiento editorial, pero tampoco sean nidos de asepticismo y, por tanto, de intrascendencia ante el televidente del siglo XXI.

Los principios generales de construcción de los informativos varían poco en función del formato, si comprendemos que el objetivo de una obra —cual fuere su temática— es llegar al público, atraerle y conquistarle. Por tales razones, los informativos no escapan a la necesidad de profundizar en las estructuras dramáticas tradicionales. La respuesta, indica Farré (1999), no es tan simple como emparentar ficción e información al borde de confundir ambos discursos, porque periodismo y literatura son géneros diferentes y realidades que tienen una finalidad distinta…

25/09/2007 19:14

por Alicia Maravillosa (Usuario no autenticado) 26/09/2007 19:30

Muy interesante, Michel Suárez, y no sólo para profesionales de las comunicaciones.