El azaroso destino del alambique mágico

Ivette Leyva Martínez

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Pocos lectores de esa obra mayor de la literatura del exilio que es Boarding Home, saben que su autor, Guillermo Rosales, escribió, además, otros dos libros: El juego de la viola, publicado póstumamente, y El alambique mágico, una colección de cuentos que en su mayor parte permanece inédita.

El alambique mágico, del que Encuentro de la Cultura Cubana publica en esta edición “Patillas de hacha” y “Oh, Pitágoras!”, fue escrito entre 1988 y 1990, y corrió una suerte casi tan azarosa como su creador.

Poco después de mi llegada a Miami, durante una suerte de año sabático forzado por las circunstancias migratorias, emprendí una minuciosa investigación sobre la obra de Guillermo Rosales. Boarding Home me impactó profundamente y, alentada por el poeta Néstor Díaz de Villegas, comencé a rastrear la vida y la obra del escritor, de quien se sabía muy poco.

Así comenzó mi amistad con el escritor Carlos Victoria, una de las pocas personas cercanas a Rosales durante los últimos años de su vida. Al suicidarse, el 9 de julio de 1993, Rosales dejó una nota nombrando a Carlos su albacea. La admiración de Rosales por Carlos es evidente en su relato de El alambique mágico “Nadie es una isla”, donde la generosidad del protagonista, Charles Victoria, es el hilo conductor.

Carlos me acompañó en cada paso de la reconstrucción de la vida en Miami de Rosales. Juntos visitamos personas que lo conocieron, lugares donde vivió. Estaba atormentado por el recuerdo de su amigo, quien durante los últimos meses de su vida lo llamaba puntualmente a las once de la mañana para anunciarle que se quitaría la vida. Y en octubre de 2007, luego de una operación de cáncer de colon, Carlos Victoria siguió sus pasos.

Rosales le había entregado a Carlos una de las copias de El alambique mágico, que escribió entre 1988 y 1990. Durante años, Carlos protegió celosamente esa copia, que él sabía incompleta, y lidió con numerosas presiones editoriales para nuevas ediciones de Boarding Home, insistiendo en que debían ser respetados los derechos de los herederos de la obra de Rosales. Cuando lo conocí, en 1999, Carlos sabía que la madre y hermana de Rosales habían llegado a Miami y que era vital encontrarlas para garantizar una reedición de las obras.

El escritor Norberto Fuentes, a quien entrevisté durante el transcurso de la investigación, me facilitó la copia completa de El alambique mágico. Fuentes había conocido a Rosales durante su juventud en La Habana y la copia del libro había llegado a sus manos a través del matrimonio de Rosa Berre y Carlos Quintela, amigos de Rosales, quienes, con frecuencia, mecanografiaban sus textos. La diferencia entre esta versión y la que poseía Carlos Victoria se debía, probablemente, a que algunas hojas se traspapelaron al pasar de mano en mano.

Durante meses logré recopilar mucha información sobre los años miamenses de Rosales, pero no se sabía casi nada sobre su vida antes de exiliarse. Era imprescindible encontrar a su hermana, quien en una ocasión había visitado fugazmente a Juan Manuel Salvat, dueño de Ediciones Universal, a raíz de la edición póstuma de El juego de la viola (1994). Durante una conversación con el poeta Antonio Conte, éste recordó su nombre y, afortunadamente, estaba en la guía telefónica. Es gracias a la generosidad de Leyma Rosales que Encuentro publica ahora los dos relatos de El alambique mágico.

El libro consta de doce cuentos; dos de ellos, “El diablo y la monja” y “A puertas cerradas” fueron publicados en Linden Lane Magazine el 2 de junio de 1992. Un tercero, “Oh, Pitágoras!” fue antologado por Juan Abreu en Cuentos desde Miami (Poliedro, 2004). Carlos Victoria recordaba que Rosales estaba insatisfecho con el libro[1], y sabía que la calidad de los cuentos era irregular. En algunos es notable la ausencia de un editor o de un simple corrector de estilo.

En el caso de “Patillas de Hacha”, resulta evidente que el autor se apropia del tema de “El Navaja” (1926), de Vladimir Nabokov, para elaborar una “variación miamense” del relato del célebre escritor ruso. Las circunstancias que describe Nabokov en su narración debieron serle muy afines a las del exilio cubano.

Rosales comenzó a escribir El alambique mágico en el umbral de su deterioro mental definitivo. En enero de 1987, su Boarding Home había sido premiado por Octavio Paz en el concurso Letras de Oro. Ese momento fugaz fue el único reconocimiento literario que recibió en vida y, al contrario de lo que podría esperarse, no le abrió nuevas posibilidades en el mundo editorial. Discapacitado por la esquizofrenia para trabajar, pobre y olvidado, tuvo que consolarse con escasos lectores: los amigos que lo visitaban en su modesto apartamento del noreste de Miami, donde murió.

El propio título de la colección de relatos es un misterio, pues ninguno de los cuentos fue titulado así. Las historias transcurren en diferentes escenarios: La Habana, Madrid, Miami, y en locaciones imaginarias de Estados Unidos. Un fuerte erotismo permea varios de estos relatos (“La mujer ilustrada”, “El pene de Napoleón y otras especulaciones”, “ Hound dog”, y “El bunker fantasma”); el odio visceral contra el castrismo es el tema del último y más extenso relato, “El bunker fantasma”, que narra un magnicidio frustrado.

A diferencia del resto de la obra de Rosales, la mayoría de los relatos no son autobiográficos. La eficacia narrativa, las atmósferas agobiantes y los personajes en situaciones límite brillan en los cuentos más cortos, donde reaparece el estilo tajante que hizo de Boarding Home[2] una obra imprescindible en la literatura cubana contemporánea.

[1] Ver Leyva Martínez, Ivette; “Guillermo Rosales o la cólera intelectual”; en Encuentro de la Cultura Cubana, n.º 26-27, p. 107.

[2] La noveleta fue reeditada por la editorial Siruela en 2003 bajo el título La casa de los naúfragos, y, en 2004, en francés, por Actes/Sud, con el título Mon ange ( Mi ángel) .

Página de inicio: 47

Número de páginas: 2 páginas

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