En paracaídas o con paraguas
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—La política es el arte de lo posible.
Así disparaba Bismarck a la línea de flotación de los maximalistas. Pero esa apuesta instrumental y maquiavélica llega algo gastada a nuestra época; de tan utilitaria, ha dilapidado su utilidad para estos días. Entre otras cosas, porque los ámbitos aludidos en ella —la política y el arte (no hablemos ya de lo posible)— han perdido capacidad para ofrecer alternativas a la incertidumbre en la que estamos atrapados. Política y arte —arte y política— parecen bailar, hipnotizados, la coreografía de su enfrentamiento; el simulacro perfecto de sus mutuas gratificaciones.
En los préstamos sucesivos entre estos mundos, la política parece estetizarse.
—Se ha convertido en la esfera de los puros medios, de la gestualidad absoluta e integral de los hombres— sostiene Agamben.
En sentido contrario, el arte se ocupa de establecer legitimidades políticas, superpoblado como está de discursos y programas dedicados a apuntalar asuntos tales como la reunificación de países divididos o el rostro amable de dictaduras diversas, nacionalismos o cosmopolitismos, transiciones a la democracia o estrategias turísticas. En este intercambio, a menudo los artistas se contagian con algunos virus de la política —retórica, demagogia, mesianismo—, que se añaden a aquellos que nos suenan como más propios del arte, especialmente, el de la representación.
—Esa indignidad de hablar por otros— la definía angustiado Foucault.
Como la política está cada vez más alejada de la vida, el más reciente arte político asume, entonces, el deber de acercarse a ella por cualquier camino.
—El arte con la vida.
Esta ecuación tiene sus décadas. Peter Burger trabajó arduamente en ella durante los años 70 del siglo pasado, hasta c
