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Abilio Estévez en persona

El navegante despierto

Luis Manuel García Méndez

El autor de Tuyo es el reino habla sobre sus obsesiones y sus lecturas, La Habana, Barcelona, la ciudad letrada, y anticipa sus próximas entregas.

 

La escritura imaginaria de Abilio Estévez

Armando Valdés Zamora

Minuciosa disección de la obra narrativa de Abilio Estévez: líneas temáticas, realidad e imaginación, el tiempo y el espacio, lo que Valdés Zamora llama "una fenomenología de su imaginación".

 

LLegada a Barcelona

Abilio Estévez

Capítulo de la novela inédita Defensa de los trenes.

 

Pedro Portal [ECC 51/52]

Trinidad Rolando.

Trinidad Rolando.
Fotografía, La Habana.

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Imitación de la vida

Alejandro Ríos

Las fotos de Pedro Portalotos "son ventanas abiertas al futuro con las cuales hay que contar para el inventario de sinsabores y sueños".

 

En el camino que sube a los andenes

Poesía

Emilio García Montiel

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En el camino que sube a los andenes, donde las residencias se cierran como claustros y apenas se vislumbran sus jardines, vi una rosa erguida sobre una barda de bambú, una única rosa iluminada por el polen de la primavera.
Debí haber visto otras flores asomando y creciendo en las acequias, y en los tiestos al pie de las ventanas, o aun brotando de entre los cerezos, pero nada recuerdo sino esa única rosa, o esa flor que lo aprendido me ha hecho imaginar como una rosa.
La vi, y sin detenerme, mis ojos se nublaron, se volvieron hacia adentro, hacia la rosa, y si hubo alguien más en el camino tampoco ahora puedo recordarlo; tal vez nadie más estaba y fue esa extraña soledad, o acaso, la primavera misma.
Iba a ver la ciudad, iba a ver mi cansancio de ciudades de polvo diluirse en el temblor de sus paredes encimadas y líquidas, de sus cascadas de signos de neón, de sus comercios angostos y brillantes, pródigos como un fondo marino.
Iba a ver la ciudad y estuve hasta la noche, hasta la hora de los últimos trenes, palpando, estimando los objetos ingeniosos y compactos que alguna vez hubieran sido géneros recamados en oro, lacas, marfiles, sedas como labradas en agua.
Y regresé diciendo: es bello, es bello; y al bajar de la estación, apenas detenido entre la multitud, vi unas flores sembradas en una jardinera, unas flores blanquecinas y sobrias que lo aprendido me ha hecho imaginar como flores sin nombre.
Y mis ojos se nublaron, y lloré; tal vez fue la tristeza de mi soledad, o acaso, la primavera misma; o tal vez la inocencia de estar al fin donde siempre lo quise, sin nadie a quien demostrar creencia alguna, lejos de una patria no menos aprendida que la rosa.

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