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Bestiario de la prensa oficialista cubana.

Autor: Yodel Pérez Pulido

Yodel Perez Pulido

Camagüey, 1978. Licenciado en Comunicación Social, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba.

Contacto: completocamaguey1@gmail.com

 

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Carta a Rita Longa

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Miami

05/06/2006 6:00

02/06/2006 13:47

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LA COLUMNA DE RAMÓN

No

No fabricó saurios para evitar sospechas o malas interpretaciones, y que vieran en ello alegorías políticas. Así se salvó de que le colgaran el remoquete de Rita la Caimana.

Yesista, moldeable y abarrotada Rita Longa Aróstegui:

A pesar de su obra y sus esfuerzos, y el de otros que se han sumado con los años, el país sigue necesitando ser modelado. Quizá sea un problema material de materiales. Una sociedad viva y en constante relajo mental acepta más el bruñido bronce candente que el hormigón por muy armado que esté. Tengo la certeza que a muchos no les disgustaría el mármol, y hasta que lo prefieren al yeso.

Pienso —por eso existí tanto en la Isla que se me saló la existencia por falta de existencias— que el problema es además de métodos. Se puede dar forma con las propias manos, en un sobao constante y sonante, amoroso, energético, sanguíneo, donde el creador transmute sus temblores a la obra. Y los hay que quieren descubrir la forma escondida en el corazón de la piedra a puro mandarriazo. Todo depende de la prisa que tenga el autor por esculpir. Un escultor con catarro o roña esculpe más seguido, aunque tenga paciencia y mucha flema. Los hay de saliva espesa e interminable, como el que ha querido meterle mano a la nación, y le ha quedado un bajo relieve de lo más desigual y muy bonito.

Pero lo suyo era la figura humana, quizá por haber nacido allá por 1912. Solamente hay que ver el grupo de venados de la puerta del Parque Zoológico de La Habana, que el vulgo conoce más como zoológico de 26, para darse cuenta de que son mulatas traicioneras y chéveres con cornucopia o cornudación, que en otros idiomas también se pronuncia cornamenta, palabra rara y contradictoria, porque al traicionado no se le puede mentar nada relacionado con cuernos. Hay otros Parques Zoológicos donde es posible encontrar más ejemplares coronados por altivos huesos craneales. Pero el Salón Rosado de La Tropical no tiene obras suyas. Allí se mueven.

Qué ternura. Qué estólida solidez hay en ese conjunto canino. El jefe de la manada, seguramente elegido democráticamente por la masa que le acompaña, se yergue sobre sus cuartos traseros, desafiante, libre, osado, lleno de tensos músculos. Nadie ha sabido nunca por qué está alegre. No se ha descubierto el gérmen de su ferocidad leonina. Es un ejemplar muy ejemplar, fijado sobre roca rocosa. Imagino el trabajo que le costó su elaboración. Hablo de la roca, por supuesto. El ciervo herido, el macho cabrío, es otra cosa. Siempre temí que se lanzara al ruedo, al hirviente asfalto de la avenida, y muriera aplastado por la ruta 27. No sucedió porque la 27 jamás pasaba.

Pero esos ciervos de la gleba vivieron su momento más álgido durante el período especial. Gracias al Dios de la escultura, el cubano de a pie nunca llegó a descubrir los secretos de la alquimia más profunda. No ha descubierto aún cómo cocinar el bronce. Pero al más pequeño de la familia le aparecieron muescas en el lomo una verde mañana, huellas de dientes de algún transeúnte desesperado.

Pocos saben de sus esculpiciones. No hay sitio en la ciudad que no lleve la huella de su mano. Un buen día de 1943, tal vez presintiendo el despelote moral que nos iba a caer encima, le dio por preservar la virginidad. Fabricó vírgenes de todos los tamaños en un tiempo en que otros hacían martises como chorizos en un errado y falaz gesto patriótico: Martí nunca tuvo que ver con los embutidos aunque se viera obligado a embutirse en una guerra para que embutieran más tarde al pueblo en su nombre. Fueron años de mal busto en la escultura, y a cualquiera se le espantaba la juma al doblar una esquina y tropezarse con un cabezón insomne sobre pedestal pedrestre. Eso no se le hace a un hombre zigzagueante.

Sin embargo, usted siguió ancha y ajena construyendo féminas virginales. Así le metió mano a Santa Rita de Casia, que es como un símbolo de la desesperanza cubana, por haber sido elegida abogada de los imposibles. Y en 1948 su obra más oscura, broncínea y sólida, que regalaba fe al viajero que huye: La Virgen del Camino, situada en la desembocadura de Luyanó con todo lo demás, y que iba a convertirse, a la larga, en la única virgen de la zona. Alta, esbelta, dulce en su rigidez, La Virgen del Camino aguantó a pie firme la entrada del Escultor Mayor un 8 de enero sin manifestar deseos de fugarse, tal vez por lo bien soldada que está al piso. No hizo un mohín, no lloró siquiera por el hollín y el olor a azufre serrano que destilaba el caudillo. No se pisó ni el dobladillo ni perdió la compostura o la virginidad.

Cuando todo indica que se cansó de la escolástica, a lo mejor cansada de gastar material en velos, túnicas, capuchas y mantos de espanto, se lanzó a lo mundano. Fue un período simplista y danzarín. Sobrevolando el agua mansa de la fuente del cabaret más grande del mundo, está la Bellerina de Tropicana, ligera de ropa y de cascos, resignada al sueldo que le da su categoría de avaluada en lo alto del tridente, con formas elementales y aerodinámicas. Es un engaño. No ha resultado tan aérea como usted quiso, y muy poco dinámica. Ahí sigue esperando al empresario español que la despose para dejarle a Marianao su atmósfera en los callos.

Debo decir algo en su honor. Se mantuvo fiel a su imaginación y no aceptó fabricar héroes. No tuvo habilidad para eternizar villanos. O su formación en San Alejandro le impidió plasmar el plasma de ese tipo de gente. No le dio por los guajiros, ni por las milicianas de gesto moscovita, con rostro iracundo y puño alzado al cielo. A pesar de que tenía paciencia demostrada en fabricar tarritos bronceados, se le hacía difícil el armamento complementario que ha de llevar un mazacote de mártir martirizado en bandolera. No cedió a presiones ni a pretensiones.

Así hay un terso torso en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de La Habana, que sospecho no han visto con detenimiento los que inventaron Alamar. Y una formidable versión de la Muerte del Cisne en el Teatro Nacional de La Habana, animal fallecido por muerte natural o pesadumbre, y no de gripe aviar. Creo que hubo un disloque en el emplazamiento de esa obra. Yo la hubiera ubicado en la calle 23, delante del edificio del ICAIC. Si en resumidas cuentas se trata de la muerte del cisne, ningún lugar mejor. Y a dos cuadras del Cementerio, que evitaría su descomposición al aire libre.

Pifió luego con un par de bustos del apóstol, como para demostrar que usted le metía igualmente a la mascarada oficial que a una carroza de carnavales. Lo veo como gesto deportivo más que patriótico. Un alarde de habilidad y no alarde alabardero. Sin embargo, se le metió el indio en la sangre desde edad temprana, tal vez desde sus iniciales pininos en 1928, y sacó al pobre Hatuey de las etiquetas de cerveza, que era donde más podía refrescarse luego de la parrillada que le regalaron los españoles.

Como a un Dios tutelar, comenzó a ofrendarle imágenes al legendario Hatuey a diestro y siniestro, mostrando su destreza. Lo hacía diestro cuando el pobre indígena tuvo siempre perfil siniestro. No quiero ofrenderla con esta apreciación mía, puramente estética y nada racista. Siempre he querido merendarme a un indio, en su versión femenina si es posible, pero no me siento capaz de poder deglutir un ejemplar taíno como la del cacique rebelde, tan achatado en los polos y abultado en el ecuador. Veo a ciertas siboneyas más apetitosas y alfareras, y sería una delicia poder degustarlas con Lecuona de fondo.

La obsesión indígena la llevó lejos, hasta Morón. Allí plantó su Gallo, que si se observa de cerca y con detenimiento, tiene una sorprendente similitud con otro cacique fumador: Guamá, emparentado con este en el porte y las plumas. Y si retrocedemos un poco y nos alcanza la gasolina, nos damos un salto hasta la Laguna del Tesoro, donde consumó su delirio consumiendo toneladas de barro. Allí, en la orilla de aquel remanso paradisíaco, sin enterarse de que el socialismo les rodea, una manada de dulces indios realizan sus tareas de siempre detenidos en el tiempo. Podían ser detenidos también por la policía, pero, como nuestra policía no se sabe oriental por los manglares, los han dejado quietos y sin pedirles que se identifiquinsi.

Se nota que en aquel sitio cogió usted mangles bajitos. Uno caza sin casa. Otra lava sin lava. Otro, más allá, pesca algo que pudiera ser una jutía o un manjuarí, y en conjunto, son felices allí sin vigilancias ni compulsiones, sin observancias ni protuberancias ideológicas, lo que me hace pensar que el pleistoceno era mejor que estos años de buril y cuentas nuevas. No fabricó saurios para evitar así sospechas o malas interpretaciones, y que vieran en ello alegorías políticas. Así se salvó de que, en fabricando aligatores, le colgaran el remoquete de Rita la Caimana.

Sin embargo, su obra en sí y su trayectoria en mí —y hasta un poco en Ré— me obliga a hacer inflexiones y reflexiones en torno al torno de la escultura y la cultura. Una cultura suele tener un ministro al frente. Cultura es saber, y así el ministro tiene, entre otras desocupaciones, el intentar por todos los medios, que el culto no sepa, o no se acerque mucho a los que no sepan. Son de esa cepa peligrosa y, al final, terminan los ministros del ramo practicando arte similar al suyo de usted: la ex cultura.

Y de alguna manera remota y sombría, su profesión le ha dado ciertas instrucciones al Escultor Mayor, que nos esculpe hablando siete horas o más según su neura. Para toda obra se precisa primero el modelado en barro, el vaciado en yeso y, a posteriori, la fragua, si se decide metalizar el asunto. Esos pasos ha seguido nuestro Praxíteles caribeño, y enfangándonos en conjunto nada risueño, nos enyesó más tarde, vaciándonos. Así quedamos tiesos, detenidos —incluso por la policía, que sí se atreve—, marmóreos y marmóticos, vacíos y enviciados en y eso qué es. De lo que resulta pensar en lo felices que eran esos indios que todavía andan al borde del agua sin agarrar la canoa e irse de Caonao.

Se nos vino a morir el 29 de mayo del año 2000. Unos dicen que de un infarto. Otros, de una Longina de pecho, para mantener la cubana. La pude ver, en los últimos años, trabajando en aquel antro de mi infancia que fuera el cine Ambar, alias el meaíto, en la esquina vedadense de 14 y 15, que era mejor que estar en 3 y 2. Uno de esos días, Rine Leal le soltó esta salutación: "Ars brevis, Rita Longa", en lugar de vita longa. Fue bueno. No olvide que el que Rine último, Rine mejor.

Escultural e indígena,
Ramón

No

Rita Longa