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Bestiario de la prensa oficialista cubana.

Autor: Yodel Pérez Pulido

Yodel Perez Pulido

Camagüey, 1978. Licenciado en Comunicación Social, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba.

Contacto: completocamaguey1@gmail.com

 

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16/02/2008 6:00

15/02/2008 1:00

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Desde el retorno a la democracia en 1979, el proceso ecuatoriano había tenido dos momentos claramente diferenciados: un primero, de precaria estabilidad institucional, que va desde las elecciones de la transición hasta el fin del gobierno de Sixto Durán Ballén en agosto de 1996; y un segundo, de inestabilidad política y crisis de gobernabilidad, que arranca con la destitución de Bucaram en febrero de 1997 y se extiende hasta la elección de Correa.

A pesar de las diferencias entre los dos momentos, se puede establecer un elemento de continuidad entre uno y otro: el predominio de los partidos en la organización de la vida política, hecho que se extiende claramente hasta las elecciones de 2002 con el triunfo de Lucio Gutiérrez. La victoria de Rafael Correa parece haber abierto un tercer momento en el proceso, marcado por el colapso del sistema de partidos, la emergencia de un movimiento que domina mayoritariamente el campo político –como no había ocurrido en los casi últimos 30 años- y un incierto panorama de reinstitucionalización democrática a través de una polémica Asamblea Constituyente de plenos poderes.

Entre el inicio de la transición en 1979 y el triunfo de Correa se desplomó uno de los pilares sobre los cuales se intentó construir el proyecto democrático de fines de los setenta: el sistema de partidos, al que se lo concibió como el vínculo de mediación, el eslabón, entre la sociedad y el Estado. Los partidos fueron definidos por el nuevo diseño institucional como actores políticos privilegiados, a los que se les otorgó lo que Luis Verdesoto llamó en su momento el “monopolio de la representación”. A los partidos se los asignó una tarea crucial: modernizar las prácticas políticas, reemplazar las viejas formas caudillistas, personalistas y corporativas de representación, por organizaciones que tuvieran proyección nacional, fuertes vínculos con la sociedad y programas ideológicos claramente definidos.

Desde el retorno a la democracia en 1979, el proceso ecuatoriano había tenido dos momentos claramente diferenciados: un primero, de precaria estabilidad institucional, que va desde las elecciones de la transición hasta el fin del gobierno de Sixto Durán Ballén en agosto de 1996; y un segundo, de inestabilidad política y crisis de gobernabilidad, que arranca con la destitución de Bucaram en febrero de 1997 y se extiende hasta la elección de Correa.

A pesar de las diferencias entre los dos momentos, se puede establecer un elemento de continuidad entre uno y otro: el predominio de los partidos en la organización de la vida política, hecho que se extiende claramente hasta las elecciones de 2002 con el triunfo de Lucio Gutiérrez. La victoria de Rafael Correa parece haber abierto un tercer momento en el proceso, marcado por el colapso del sistema de partidos, la emergencia de un movimiento que domina mayoritariamente el campo político –como no había ocurrido en los casi últimos 30 años- y un incierto panorama de reinstitucionalización democrática a través de una polémica Asamblea Constituyente de plenos poderes.

Entre el inicio de la transición en 1979 y el triunfo de Correa se desplomó uno de los pilares sobre los cuales se intentó construir el proyecto democrático de fines de los setenta: el sistema de partidos, al que se lo concibió como el vínculo de mediación, el eslabón, entre la sociedad y el Estado. Los partidos fueron definidos por el nuevo diseño institucional como actores políticos privilegiados, a los que se les otorgó lo que Luis Verdesoto llamó en su momento el “monopolio de la representación”. A los partidos se los asignó una tarea crucial: modernizar las prácticas políticas, reemplazar las viejas formas caudillistas, personalistas y corporativas de representación, por organizaciones que tuvieran proyección nacional, fuertes vínculos con la sociedad y programas ideológicos claramente definidos.

Desde el retorno a la democracia en 1979, el proceso ecuatoriano había tenido dos momentos claramente diferenciados: un primero, de precaria estabilidad institucional, que va desde las elecciones de la transición hasta el fin del gobierno de Sixto Durán Ballén en agosto de 1996; y un segundo, de inestabilidad política y crisis de gobernabilidad, que arranca con la destitución de Bucaram en febrero de 1997 y se extiende hasta la elección de Correa.

A pesar de las diferencias entre los dos momentos, se puede establecer un elemento de continuidad entre uno y otro: el predominio de los partidos en la organización de la vida política, hecho que se extiende claramente hasta las elecciones de 2002 con el triunfo de Lucio Gutiérrez. La victoria de Rafael Correa parece haber abierto un tercer momento en el proceso, marcado por el colapso del sistema de partidos, la emergencia de un movimiento que domina mayoritariamente el campo político –como no había ocurrido en los casi últimos 30 años- y un incierto panorama de reinstitucionalización democrática a través de una polémica Asamblea Constituyente de plenos poderes.

Entre el inicio de la transición en 1979 y el triunfo de Correa se desplomó uno de los pilares sobre los cuales se intentó construir el proyecto democrático de fines de los setenta: el sistema de partidos, al que se lo concibió como el vínculo de mediación, el eslabón, entre la sociedad y el Estado. Los partidos fueron definidos por el nuevo diseño institucional como actores políticos privilegiados, a los que se les otorgó lo que Luis Verdesoto llamó en su momento el “monopolio de la representación”. A los partidos se los asignó una tarea crucial: modernizar las prácticas políticas, reemplazar las viejas formas caudillistas, personalistas y corporativas de representación, por organizaciones que tuvieran proyección nacional, fuertes vínculos con la sociedad y programas ideológicos claramente definidos.