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Sobre este blog

Bestiario de la prensa oficialista cubana.

Autor: Yodel Pérez Pulido

Yodel Perez Pulido

Camagüey, 1978. Licenciado en Comunicación Social, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba.

Contacto: completocamaguey1@gmail.com

 

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El lector de poesía

El lector de poesía

El lector de poesía

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El Criticón

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12/11/2007 6:00

09/11/2007 18:35

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Escrito sobre el Hielo, de Alberto Rodríguez Tosca y editado por La Pobreza Irradiante.

Cada vez que leo un buen libro de poesía y quiero escribir sobre mi experiencia de lector, me pregunto: ¿pero le interesará a alguien esa experiencia?, y, sobre todo, ¿le importará a alguien leer ese libro? Confieso que presupongo una crisis del género y del lector. Claro que hay lectores de poesía. En primer lugar, los propios poetas, algunos críticos (a veces a pesar suyo) y los cada vez más raros devotos de la musa Polimnia.

Vivimos en el mundo de las imágenes del cine y la televisión, cuando no en el mundo del ciberespacio. En un escalón más bajo, está la radio y, sobre todo, los que escuchan música en cualquier parte. Viajo a menudo en el metro y observo a los numerosos lectores de novelas. ¿Continuarán leyendo la novela en casa? Porque la propia novela, ese género literario de fines del siglo XIX y del siglo XX, ha llegado al siglo XXI con muy pocas expectativas creadoras, al punto que se sospecha a veces si muchas de las grandes novelas del siglo pasado serían publicadas ahora mismo si fueran escritas y presentadas a una editorial por un autor desconocido.

Pero la situación de la poesía es aún peor. No tiene mercado, sencillamente. Y sus lectores fieles y asiduos parecen pertenecer a una secta secreta, una cofradía de lunáticos, un puñado de excéntricos, o a una especie en extinción. O tienen que soportar el calificativo de locos, casi como enfermos amables por inofensivos.

¿Se ha preguntado alguna vez el lector si se pierde algo no leyendo libros de poemas? Claro que se escriben muchos, muchísimos malos libros de poesía. Sospecho que en la medida que se acreciente ese abismo entre el poeta y el lector, y, sobre todo, entre el poeta-lector y la propia poesía, se cometerá cada vez más peor poesía en verso. Pero también hay espléndidos poemarios, los que nos hacen responder a la anterior pregunta reconociendo que la experiencia y el conocimiento que nos trasmite un auténtico libro de poemas son inencontrables en otros géneros literarios o artísticos.

Pero hay un equívoco —o una franca confusión— que planea siempre sobre esta última cuestión, pues ciertamente podemos tener una experiencia poética con una película, durante la lectura de una novela, ante un paisaje, frente un rostro. Aquí la Poesía, con mayúscula, se confunde con la experiencia estética. Pero hay una experiencia en la lectura solitaria, casi avara o morbosa, cuando no delincuencial, de un libro de poemas que sólo es privativa de ella misma. ¿No despierta esto, cuando menos, cierta curiosidad? Acaso debiera preguntarse el lector por qué aplicamos el calificativo de poético o de poética cuando nos referimos a una sí muy reconocible experiencia personal frente a tantos referentes o situaciones disímiles en nuestra vida… Y agrego no sin cierta ironía: quien se enamoró o sufrió alguna vez, lo sabe.

Es cierto que se ha tensado (aislado o concentrado) tanto el lenguaje de la poesía, que se requiere a menudo de un largo aprendizaje para leerla verdaderamente, para reconocer su calidad y para que llegue a colmarnos. A veces estamos casi instintivamente mejor preparados para comprender los códigos de una secuencia cinematográfica que para leer una estrofa de un poema.

Tal vez porque la poesía en verso ya no forma parte de nuestra educación y formación, es que sentimos algo lejana o incomprensible su retórica. Y ya no la reconocemos ni nos reconocemos en ella. Y a menudo sólo la identificamos con una suerte de caricatura de ese lenguaje con el cual alguna vez se escribió el Cántico espiritual, de San Juan de la Cruz, o las tragedias y comedias de Shakespeare, o La Divina Comedia, de Dante Alighieri, o Fausto, de Goethe, o Iluminaciones, de Rimbaud, y antes, mucho antes, la Biblia toda. Ahora hasta la confundimos con la letra de una canción de moda.

Otra pregunta, acaso más inquietante, sería aquella con la que inquiriéramos por qué se extiende tanto hacia otros géneros y formas, y vivencias e impresiones, más allá, mucho más allá de su conformación en verso… ¿Por qué persiste tanto o tanto se trasvasa o se confunde o se enmascara? ¿Y por qué irrumpe de repente con cualquier forma o en cualquier momento de la vida?

Pero la poesía, ese lenguaje por imágenes, que nació unida a la música, y que fue el lenguaje de la religión y la filosofía, amén del lenguaje de la historia, ¿ya no tiene nada que decirnos, ahora que se encuentra como nunca sola? ¿Qué fue lo que motivó que José Martí escribiera: "verso, o nos condenan juntos, o nos salvamos los dos"?

Suerte de Satán revisionista

He hecho este largo preámbulo para advertirle al paciente lector que en lo sucesivo El Criticón escribirá de vez en cuando comentarios sobre libros de poesía. Y quisiera referirme enseguida a un buen libro de poemas (Escrito sobre el Hielo, Bogotá, Editorial La Pobreza Irradiante, 2006), escrito por un poeta cubano que abandonó la Isla en 1994, cuando era toda una promesa desde que publicó Todas las jaurías del rey (Premio David de Poesía, 1987) y Otros poemas (Premio de la Crítica, 1992). Me refiero a Alberto Rodríguez Tosca (Artemisa, 1962), quien prefirió existir desde entonces en la remota, alta y fría Bogotá.

Cierto cansancio o velado escepticismo se notaba ya cuando tituló su segundo libro como un rescoldo, un resto, un residuo: Otros poemas… Como otros poetas de su generación —Omar Pérez, Rolando Sánchez Mejías, Antonio José Ponte—, Rodríguez Tosca sintió desde un principio el peligro de la letra, y de la escritura en verso. Esta conciencia crítica para con su instrumento, típica de la modernidad, se acentuaba todavía más en un país donde esa fecunda crisis había sido en cierta forma pospuesta.

Tanto Orígenes como el conversacionalismo utópico y "revolucionario" de la época de la revolución, cada uno a su modo, habían eludido asumir esa crisis. Por eso, tanto Virgilio Piñera como Lorenzo García Vega tuvieron que desertar del origenismo clásico; y por eso, el conversacionalismo, en su etapa de esplendor totalitario, excluyó todos sus alrededores: las distintas variantes de la antipoesía, por ejemplo, y, general, cualquier linaje de vocación vanguardista.

Luego de su existencia bogotana, Alberto Rodríguez Tosca sólo ha cometido otro libro de poesía, El viaje (2003), y en prosa, por cierto. Porque todo parece indicar que este libro —Escrito sobre el Hielo—, que ahora me dispongo a comentar, fue escrito, casi en su totalidad, antes de su exilio y, como mucho, en los primeros años de su estancia en la patria de José Asunción Silva. De manera que muchas de sus preocupaciones cosmovisivas dan cuenta del singular estado del pensamiento poético insular de aquella generación poética de destino diaspórico (físico o simbólico) que irrumpió en los años ochenta en el cansado panorama de la lírica cubana de la revolución.

Todo este libro —y toda su poesía también— podría estar presidido por estos versos suyos: "Las palabras no pueden / ¡ay! / pero si las palabras pudieran…". La paradoja más fecunda de este poeta a pesar suyo (que es decididamente la mejor manera de serlo) es que siendo un poeta que apuesta por la Vida, como una suerte de poesía del verbo encarnado, no puede dejar de constatar un profundo escepticismo ante la palabra, ante la escritura, ante el habla incluso. Aunque constantemente tiene a Dios como interlocutor, como un nuevo Job, descree, se rebela, blasfema, ironiza. Y esa tensión entre la Vida y la escritura expresan su marca más característica, su fisonomía cosmovisiva más singular. En última instancia, lo importante será el saldo creador que rezuma ese su pensamiento siempre en vilo, siempre alerta ante los cantos de sirena de las palabras.

El poeta insiste durante todo el libro en este su síntoma —suerte de Satán revisionista, ángel caído, expulsado del Paraíso. Pertenece pues a la estirpe de los expulsados, de los exiliados del Reino. Como si después del Libro sagrado, sólo pudieran cometerse babélicos libros. Esa estirpe que se debate siempre entre la crítica y la creación, y que el poeta revela una y otra vez, casi con paranoica insistencia, ilustran una suerte de tragicidad existencial que le es característica a su poética.

De ahí el sentido o sobresentido de muchas de sus fuentes explícitas: el Martí (no cualquier Martí, no el Martí mitificado o popularizado) más secreto o singular, quien escribió: "Yo tengo un amigo muerto / que suele venirme a ver: / mi amigo se sienta, y canta; / canta en voz que ha de doler". Aquí, entre otras muchas lecturas, está presente el conflicto entre la identidad y la otredad, pero también puede recordarnos aquella sentencia de Nietzsche: "Sólo podemos escribir sobre lo que ya está muerto en nuestros corazones", que el poeta recrea a su modo cuando cita a Maurice Blanchot: "¿Escribir / para no morir…?".

Su recurrencia es casi desesperada: "Sigo llenando papeles como si fueran hojas secas" (Jorge Eduardo Eielson), "Toda palabra es una palabra de más. Se trata, sin embargo, de escribir: pues escribamos… Engañémonos los unos a los otros" (Ciorán). El primer cuaderno del libro, titulado significativamente "Letra muerta", es presidido por otras dos citas: "¡La lengua es la ruina del hombre!" (Eclesiástico, 5-13) y "la poesía me sirvió para esto: / no pude ser feliz, ello me fue negado, / pero escribí" (Enrique Lihn).

A manera de poética introductoria, el primer poema del libro, "Nada de lo que escribes es real", fatiga este síntoma aludido antes con prolijidad. Las palabras, como signos irreales de sucesivos fantasmas —fantasmas delincuenciales, por lo demás: "No hay que aborrecer a los canallas… / debes planear algo peor", o cuando se pregunta. "A qué hora te volviste coleccionista / de cadáveres, a qué hora violador / de tumbas ya violadas, desvergonzado / a qué horas…".

Uno recuerda el verso de Cavafis: "Variando siempre las antiguas palabras", y esa suerte de cofradía de poetas muertos, de mausoleo agónico, que nos remite siempre a un pasado abisal… Por eso, acaso: "Nada de lo que escribes es real / lo que escribes / te lo impone la página en blanco", "Porque no es tuya la palabra", o "no te defiendas escribiendo", o "Ninguna soledad justifica la escritura", etcétera. Y por eso se alude a la imagen de Gastón Baquero del niño que escribe palabras inocentes en la arena, y al cuento narrado por un idiota de Shakespeare, y a la tierra baldía de T. S. Eliot, y al barco ebrio de Rimbaud, y a ese puente que no se ve lezamiano, y a esa suerte de tokonoma de la página en blanco y su resplandor cegador como únicas realidades, porque, como dice, "En escribir no hay arte, hay vértigo. / Hay alucinación".

De todo ello se deriva como un exceso de pensamiento que siempre ha acompañado al poeta. De ahí sus llamadas "Paralexias", que recuerdan, por su inusual intensidad, a "Raíz diaria", de La luz del imposible, de Vitier, u otros pensamientos de Lezama, o, en general, a los aforismos o sentencias o fragmentos de Nietzsche o Ciorán. Por ejemplo, disfrutemos este:

"Dice Sartre que uno escribe para sus vecinos o para Dios y que él escribe para Dios con la intención de salvar a sus vecinos. Yo no escribo, pero si lo hiciera, también escribiría para Dios, pero no con la intención de salvar a mis vecinos sino de salvar a Dios cuya vida peligra en la lengua de mis vecinos".

O este otro, acaso mi preferido (y que recuerda a San Juan de la Cruz y a Antonio Machado):

"Narciso introduce su mano en la fuente. / No es el reflejo de su rostro el que se rompe. / Es su rostro / que cae hecho pedazos sobre la imagen intacta".

Otras zonas del libro parecen dialogar con el poeta suicida Raúl Hernández Novás, por el vasto tema de la incomunicación o comunicación imposible…, aparte de por la ya mencionada tragicidad existencial. Por último, de su poema "El vencedor", que también pudiera titularse "El perdedor", entresaco este verso para acaso inútilmente provocar al paciente lector: "porque no hay lugares diferentes sino viajeros diferentes".

Escrito sobre el Hielo

por Redondo (Usuario no autenticado) 12/11/2007 12:50

Muy bien. Es labor de sitios como este promover la poesía más allá de los poetas-lectores.


por Raul Ortega Alfonso (Usuario no autenticado) 13/11/2007 13:00

Alberto Rodríguez Tosca: uno de los grandes de la poesía cubana. Es un privilegio que su verso nos siga alumbrando con su sabiduría.


por Juan Marcelo Rocasolano (Usuario no autenticado) 05/01/2008 14:40

Les transcribo un texto que circula sobre ese escritor cubano que vive en Bogotá y trabaja para un sin vergüenza, deshuesador del presupuesto colombiano, rector de Casa Carranza Silva.

ART es más colombiano que la misma panela, pues se ha adaptado al sistema político y social del país mejor que los mismos nacionales. Se mueve como un peje en la lluvia entre las runas del ascenso literario establecidas en la Casa Silva, donde es el guía definitivo de la memoria de MMC, para alcanzar la gloria. Ceñido y rendido colaborador de Juan Manuel Roca y su alfil metafórico, la obra de Tosca ha alcanzado los Premios David, Nacional de la Crítica, Nacional de Periodismo y otros. Según su maestro y protector, en el MD de El Espectador, "Desde que leo la poesía de Albertico, me ha atrapado y seducido el poder germinal de su palabra. Lejos de la tiranía de la prudencia, la poética de Albertico se complace en caminar los caminos no trillados, a irse por los abismos como un fulano en su casa". Y agrega: “Yo me asomo a sus poemas, que además se apoyan en un encabalgamiento de aforismos y me siento atrapado por el peso de la irrealidad, de aquello que es un aspecto de la realidad que por desconocida escamoteamos a conciencia. Son los suyos poemas que nos invitan a participar de la duda. Porque eso son el poeta y la poesía: hombres y mujeres capaces de ser pastores de abismos.”… “Hace años vive en una suma de calendarios que en términos electorales son tres períodos presidenciales y que en términos de resistencia son un rebaño de ásperos días en el arte nacional de pedalear en una bicicleta estática. Sus poemas son huellas y señales de quien sabe que toda la dicha está en una cabina de teléfono”
Alberto Rodríguez Tosca estudió Dirección de Radio, Cine y Televisión en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana. Llegó a Bogotá en 1994 invitado al Festival Internacional del Plectro de Medellín y avivadamente se desterró para gozar de la libertad que le ofrecía el suplemento literario de su maestro. Ha sido amanuense y fungido de director de programas de radio, dómine universitario y empresario general de varias publicaciones como Suburbio Básico, Emporio, Lapsos. Actualmente es Jefe de Redacción del periódico retórico La Escritura Chorreada. Acá uno de los poemas que le consagran gracias a una revolucionaria y castrista pero tardía rotura con la sintaxis y la prosodia.
Nota del Editor.