Centro Habana
Yodel Pérez Pulido | 11/06/2008 0:28
Muchos de los que nacimos en la Isla, incluso los millones que aún sobreviven en ella, nos acostumbramos a admitir, como un hecho normal, la catástrofe.
Que el pan sea uno sólo para cuatro personas, que las calles estén sucias, que los edificios se caigan a pedazos, que el bodeguero nos mezcle con “otra cosa” la miseria del aceite de cocina que está normado por la libreta, que el jabón de baño nos arranque la piel, que las maquinillas de afeitar el gobierno no las considere como “primera necesidad” y justifique con ello su venta en divisas, que el plátano sea burro… En fin, son tantas las a-normalidades, que cuando nos aislamos de ellas, pues nos sentimos extraños, el tradicional pez fuera del agua.
Sin embargo, quiero compartirles hoy las impresiones de un amigo que, pese a mis avisos, se ha ido a estudiar, en un curso de verano, Arte Teatral a Cuba. Pese a que el curso le ha salido en una cantidad de dinero horrible, no le han incluido residencia en la linda escuela de Playa (ISA).
Ya ha cambiado de dirección dos veces, haciéndose pasar por cubano y evitando los CUC de las casas de alquiler y de los Resorts. Desde su más reciente residencia, situada en el municipio capitalino de Centro Habana, prefiere comentarme sus impresiones. Una visión conocida y sufrible por muchos, pero a veces olvidada por los que se empecinan en creer que nacimos en el país de las maravillas.
“…Te cuento de la nueva casa que no es tan nueva, pues en las rejas de los balcones descubrí la inscripción del año en que fue construido el edificio: 1905. Es decir, que estoy viviendo ahora en una casa centenaria... El edificio es viejo, pero no está apuntalado aún. Creo que le falta muy poco de todas formas para que se derrumbe... ¡¡JEJEJEJEJEJE!!. Imagínate, una construcción tan vetusta y que nunca se le haya hecho una reparación general, a no ser los arreglos interiores que han hecho los vecinos en sus respectivas casas. Una fachada derruida, descolorida, falta de pintura y de vitalidad; las rejas de los balcones oxidadas y enmohecidas por el tiempo y el salitre que llega del cercano Malecón; un barrio bullicioso, en constante movimiento, con la típica afluencia de gente, de todas las razas, vendedores ambulantes de cualquier cosa: aromatizante para el hogar, ajo, comino, huevos frescos, pescado, carne de cerdo o de la que aquí le llaman “la prohibida” y que comienzo a extrañar, hilo y agujas de coser, ropa nueva de marcas registradas o de segunda mano; amoladores de tijeras y cuchillos; revendedores de artículos varios que se comercializan en las conocidas shoppings y que por alguna vía oscura llegan a sus manos; la gente que vive sentada en las puertas de sus casas, en las aceras, sin hacer nada, conversando, vendiendo algo, chismoseando, mataperreando o simplemente perdiendo el tiempo... Un panorama que se traduce en marginalidad, necesidad, pobreza y frustraciones…”
“(…) en fin, es muy pintoresco este municipio de Centro Habana, totalmente diferente a lo que he conocido en El Vedado. Dice mi vecina que Centro Habana y La Habana Vieja son dos municipios capitalinos que están llenos de gente que ha venido del interior, emigrantes, fundamentalmente de las provincias orientales, los llamados "palestinos". Pero, por lo que he visto, CUBA es una sola y esa imagen de destrucción, derrumbe, decadencia, marginalidad, vulgaridad, mala educación, violencia y caos, que irradian zonas como Centro Habana, Habana Vieja, Cerro, Diez de Octubre, es la imagen real y generalizada de la Cuba de hoy. Lo demás, lo bonito, lo nuevo, lo arreglado, lo cuidado, lo pulcro, lo culto, lo hospitalario y generoso, lo confiable y seguro, es ínfimo en cuantía, en comparación, con la podredumbre y la hecatombe..”.
Estoy haciendo catarsis con todo mi descriptivo discurso anterior; discúlpame si te abrumo o si te traigo malos recuerdos o malos pensamientos...La casa donde voy a vivir no está mal en sentido general: amplia, espaciosa, más o menos cómoda, casi vacía, sin muebles apenas ni muchas comodidades. Al subir las escaleras y llegar al único piso que tiene el edificio, te encuentras con tres casitas-apartamentos independientes. El mío es el número 2. Lo que más me preocupa del sitio en este momento es la seguridad de sus puertas, que están viejas y endebles, maltratadas por el tiempo, el sol, el olvido y el abandono. Imagínate, son ¡¡CINCO!! puertas anchas y altas que dan hacia el amplio balcón en forma de L; el apartamento queda justo en la intersección de las calles Concordia y Gervasio, Centro Habana. Esto es precisamente lo que más me atemoriza en este momento: Que los ladrones se me puedan meter por cualquiera de las cinco viejas puertas del balcón... Pero bueno, Dios me ayude y me guarde.
Estoy intentando comenzar el curso. Bueno, ya comenzó pero aún me decido si prefiero estudiar Artes Escénicas o remarcar inmediatamente mi vuelo de regreso. Una pregunta: ¿cómo es que esto ha podido resistir 50 años? ¿Cómo es posible que un cartel enorme esté frente a mi “nueva” y centenaria casa y con una foto de Fidel Castro y diga: ¡Vamos bien! mientras el caos y el desconsuelo están, inequívocos, en la cara de la gente.
Posiblemente nos rencontremos mucho antes de lo esperado. Me acuerdo de tus advertencias y me disculpo contigo por no entender que ni la linda risa del cubano, puede apagar su cincuentenaria tristeza.
Abrazos muchos.
Publicado en: Completo Camagüey | Actualizado 12/06/2008 9:36
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