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Apuntes para la corrección de una leyenda

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No

Vicente Echerri

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Nueva York

25/10/2005 18:33

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Opinión

No

Batistianos, revolución, embargo, propiedades: ¿Cuánto del pasado habrá que tener en cuenta en el futuro de Cuba?

Si bien todo el que escribe suele tener temas, caprichos u obsesiones, asuntos sobre los que vuelve y tesis que reitera; hay algunos que pueden llegar a caer en el síndrome de la idea fija. Arturo López-Levy, desde su exilio en Denver, parece no poder escapar a una suerte de argumento cerrado en el que una y otra vez manosea una fórmula para el restablecimiento (para él sólo sería establecimiento) de la democracia en Cuba y cuyos ingredientes (gratuita reconciliación nacional, renuncia a reclamos de propiedad, condena del embargo norteamericano y denuncia de la llamada “ultraderecha” del exilio cubano) retoma en cada artículo como un afanoso leit motiv.

Yo no he leído los artículos en su contra que él menciona en su último trabajo para Encuentro en la Red ("Sin fuegos ni liquidaciones"), salvo el de Díaz de Villegas que me pareció lúcido e ingenioso, como casi todo lo que éste escribe. Sin embargo, desde hace tiempo me viene resultando obvia la crispada suficiencia con que López-Levy enuncia sus iniciativas, que logran provocar, tal vez sin que él lo advierta, un círculo vicioso de irritaciones del que esta reflexión vendría, inevitablemente, a formar parte.

Aunque estudioso de la historia de Cuba —como puede advertirse en sus artículos— López-Levy incurre en algunos truismos, derivados del discurso oficial cubano, que me decepcionan. Esta impresión la tuve desde el día en que lo conocí en Nueva York (curiosamente en una reunión en que se discutía una biografía de Fulgencio Batista que aún no he llegado a ver) y conversamos por un rato sentados a la mesa de un restaurante. Entonces me pareció un joven inteligente, que pensaba y exponía sus ideas con bastante elocuencia, pero que, aquí y allá, le daba cabida en su exposición a rancios lugares comunes de la mitología castrista. Tal vez eso resulta inevitable para alguien que se ha educado en Cuba, pero es muestra, sin duda, de un pensamiento responsable de la perpetuación de los más lamentables clisés de la historia de Cuba que, a mi parecer, obstaculizan la comprensión crítica de la situación cubana actual y sus antecedentes.

Lo que los “batistianos” no son

El primero de esos truismos a los que Arturo López-Levy recurre una y otra vez en sus artículos es a la trascendencia culpable del régimen de Fulgencio Batista en la posterior desgracia de Cuba, así como a identificar como "batistianos" al segmento más radicalmente anticastrista de nuestro exilio, al cual responsabiliza en principio de la política de hostilidad de Estados Unidos hacia Cuba, así como del reclamo de propiedades confiscadas en nuestro país.

Esto de resaltar la "dictadura de Batista" como justificación para todo lo que vendría después, y de pegarle el mote de "batistiano" al exilio intransigente, es repetir lo que dicen los portavoces del castrismo y desvirtuar la historia, es decir, lo que realmente sucedió.

Injustificable como fue el golpe de Estado del 10 de marzo —que interrumpió el orden constitucional en Cuba—, así como los desmanes que, al arreciar la contienda civil, cometió la fuerza pública contra elementos sospechosos o francamente subversivos; comparar al gobierno de Batista (que presidió una Žpoca de altísima prosperidad y de relativas libertades) con la tiranía que le sucedió es como comparar un resfriado con un cáncer, enormidad sólo superada por la desmesura de atribuirle al primero la causa directa del segundo.

Por otra parte, los "batistianos" que emigraron al triunfo de la revolución fueron relativamente pocos, y muchos de ellos lo hicieron no sólo sin maletas repletas de dólares, sino carentes de dinero en absoluto. Hubo, desde luego, una cúpula de familiares y amigos cercanos a Batista que lograron trasladar fondos al exterior; pero ése no parece haber sido el caso de la mayoría, pese a las consejas echadas a rodar desde el principio por el régimen revolucionario. Sirva de ejemplo el caso de Rolando Masferrer, a quien públicamente se le acusó de haberse robado 17 millones de dólares; dinero que debe haber perdido en el camino, porque sus amigos lo recuerdan siempre pobre en el exilio y su hijo hasta se vio obligado a lavar platos en un hotel de Nueva York.

Exiliados y oleadas

La mayoría de los llamados batistianos no pertenecía a la oligarquía cubana que, por el contrario, despreciaba a Batista por su mestizaje y, hasta el triunfo de la revolución, simpatizaba con el movimiento insurgente. Por su parte, los más pobres, y en particular los negros, estuvieron con Batista prácticamente hasta el final. Ésta había sido su gente desde que él se consolidara como líder populista de izquierda en los años treinta y cuarenta (al extremo que Neruda lo llegó a comparar con Tito y La Pasionaria) y quienes lo siguieron apoyando en su período más centrista de los años cincuenta.

Por consiguiente, no son los batistianos y sus bienes espurios los más afectados por las confiscaciones revolucionarias de los primeros tiempos. Eso ocurrió después, cuando el castrismo se radicaliza y agrede, primero a la clase alta y luego a la clase media, que habían sido sus más auténticos soportes.

Es decir, media un tiempo entre el triunfo de la revolución en enero de 1959 —que despoja de sus "bienes malversados" a los batistianos— y las nacionalizaciones masivas de la gran propiedad —agraria, financiera e industrial— que nos abre las puertas del totalitarismo y la ruina económica. Estas últimas confiscaciones ocurren en octubre de 1960, el momento en que los empresarios hacen sus maletas y se van y, simultáneamente, la economía cubana se desploma sin recuperación posible hasta la fecha; colapso que se explica por la simple razón de que el cerebro, la experiencia y las iniciativas de la clase empresarial son indispensables para la gestión económica, sin excepciones conocidas (La cabeza de un hombre como Julio Lobo, por ejemplo, valía para la industria azucarera más que 10.000 cortadores de caña, como vino a probarlo años después el desastre de la llamada "zafra de los diez millones").

Estos exiliados de la segunda oleada —no batistianos y en muchos casos antibatistianos—, entre quienes se cuentan funcionarios de la primera etapa del castrismo como Felipe Pazos y José Miró Cardona, o asesores económicos del régimen como el industrial Pepín Bosch, tienen históricamente mayores nexos con Estados Unidos y son los que tienen más éxito en convertir a este país en un aliado que les ayude a la remoción de lo que ya se perfila como una tiranía. Para entonces, las propiedades norteamericanas en Cuba ya han sido confiscadas y Estados Unidos responde con la ruptura de relaciones diplomáticas y luego con la imposición del embargo económico que, con altas y bajas, dura hasta hoy.

Así, pues, López-Levy incurre en una tendenciosa confusión cuando identifica a los "batistianos" con la oligarquía cubana. Es de este último grupo de donde parte la mayoría de las reclamaciones de propiedades, a las cuales muchos de sus legítimos dueños no están dispuestos a olvidar ni a renunciar.

Reclamos, embargo y legitimidad

Por otra parte, me parece un argumento infundado contraponer el reclamo de propiedades en Cuba a la viabilidad de un proceso democrático, así como legitimar el expolio al decir que debe otorgarse "real poder de venta y compra de viviendas y la tierra para (sic) aquellos que las tienen hoy". En esta afirmación el Sr. López-Levy vuelve a tergiversar la verdad para acomodarla a su argumento.

Valga aclarar que las propiedades reclamadas por personas del exilio son, en su inmensa mayoría, tierras, industrias y empresas financieras (es decir, bancos) o de servicios que no se encuentran en la actualidad en manos de particulares, sino del Estado y, en algunos casos, de codiciosos inversionistas extranjeros que funcionan como socios minoritarios.

De suerte que la devolución de estas propiedades a sus legítimos dueños sería un acto de retribución justa fácil de hacer, sin perjuicio de ningún ciudadano ordinario, al tiempo que se le aliviaría al futuro Estado cubano de una onerosa responsabilidad (no hay que olvidar que la mayoría de estas empresas se encuentra actualmente en la ruina).

Asimismo, las grandes mansiones susceptibles de ser reclamadas por sus antiguos dueños también se encuentran en manos del Estado, ya convertidas en dependencias públicas, ya en residencias de la cúpula gobernante, y no habría ninguna razón válida para no devolverlas.

No conozco a nadie que reclame la devolución de una casa modesta o de un apartamento deteriorado por los años y que ha mudado varias veces de dueño en casi medio siglo. Este tipo de reclamaciones, que sí serían espinosas, impracticables e incluso injustas, con las que a diario se asusta a los cubanos de la Isla, apenas si encuentran eco en el exilio, por mucho que López-Levy se esfuerce en destacarlas para reforzar su punto de vista.

Me aventuro a opinar, entonces, que López-Levy y los que piensan parecido a él, en Cuba o fuera de Cuba, se oponen a estas reclamaciones y devoluciones no porque vayan a afectar a ningún cubano de a pie víctima como nosotros de la tiranía; sino porque tal reclamo cuestiona la legitimidad de la gestión castrista casi desde su comienzo y en esto radica el conflicto: entre los que creen que el castrismo se trata de un proceso "natural" de la historia de Cuba, con sus luces y sus sombras, sus grandezas y sus miserias, sus logros y sus fracasos; y los que creemos que se trata de un orden ilícito y usurpador sin ninguna cualidad que pueda redimirlo, que sacó a Cuba de sus carriles para hundirla en la abyección y la miseria. Es en este punto donde a mí me parece que existen posiciones irreconciliables, y López-Levy debería asumir la suya sin apelar a subterfugios ni falsas premisas.

Aquí viene muy bien traer a colación el debatido tema del embargo económico que, en su trabajo, López-Levy insiste en pintarlo como el cruel causante de las actuales miserias de los cubanos de la Isla, al tiempo que destaca su ineficacia para terminar con el régimen castrista. Con esto último podría estar totalmente de acuerdo; si no fuera por creer, desde hace mucho, que el embargo económico no existe para derribar al castrismo, sino tan sólo —o fundamentalmente— para subrayar la ilegitimidad de la tiranía; pese a que esa ilegitimidad apenas encuentra eco en la comunidad internacional.

No creo sinceramente que el mantenimiento del embargo —incluso aunque se aplicaran los artículos de la Ley Helms-Burton que periódicamente se suspenden— llegue a producir un cambio político en Cuba, como tampoco creo que el levantamiento de estas sanciones vaya a traerles a los cubanos substanciales beneficios.

El embargo debe quedarse tan sólo por su valor como sanción moral, por la inestabilidad que de suyo genera mientras esperamos que el régimen se desplomé por el peso de su propia decrepitud o se transforme. Llegado esto último —que indefectiblemente ocurrirá alguna vez siempre que el status quo se conserve— todavía una ley como la Helms-Burton sería útil para reclamar la restauración de una república de la que una banda se apoderó por engaño y violencia.

¿Dónde está la derecha?

Otro reiterado comodín de López-Levy es el de la "derecha" del exilio cubano a la que a veces llama "extrema", a veces "radical" y otras simplemente "ultraderecha" y a la cual no duda en equiparar al castrismo.

No es de negar que hay posiciones radicales en el exilio, pero a mí me han parecido siempre reacciones, reflejos, simples imágenes especulares de las atrocidades que genera la tiranía, aun en el caso de la comisión de actos monstruosos como la voladura del avión de Cubana, en Barbados, que, dada la índole inocente y anónima de los pasajeros, no podría encontrar justificación y que, por el contrario, ha servido a la propaganda castrista.

Lo que me da mucho más trabajo encontrar son exiliados de derecha, en el sentido de conservadores. En esa tarea ando hace tiempo como Diógenes con su linterna y hasta ahora el resultado es bastante magro. Lo cierto es que Cuba, hace casi tres cuartos de siglo, que no cuenta con una derecha que merezca ese nombre y el pensamiento conservador ha sido muy raquítico entre los nuestros, antes y después del castrismo.

Por el contrario, es el discurso revolucionario, que tan nefasto ha sido para nuestra nación —y que ya dominaba la vida política cubana antes de 1959— el que sigue imperando en la mentalidad de los nuestros, después de esta catástrofe de casi medio siglo.

En el exilio militante perviven los manierismos del discurso y la acción revolucionarios, aunque el signo que los precede sea distinto. Basta pasar revista a los movimientos, partidos y organizaciones políticas de ese exilio para comprobar que el pensamiento revolucionario que tanto daño nos ha hecho, desde que empezara a ganar pertinencia en la vida pública cubana a principios de los años treinta, continúa teniendo una notable representación.

Llamarlo de "derecha" sólo porque se opone al programa de Fidel Castro, es en muchos casos una inexactitud, si no una injusticia, que opera en consonancia con la propaganda oficial cubana y contribuye a oscurecer la verdad de nuestro panorama político. Los exabruptos, reacciones violentas y hasta acciones terroristas que haya podido producir el exilio cubano han sido casi siempre la continuación de una trayectoria "de izquierda" que recicla sus métodos fuera de Cuba, sin cambiar, a veces, ni los nombres de los protagonistas.

Justicia y reconciliación

Finalmente, López-Levy contrapone la voluntad de reconciliación de la mayoría de los cubanos de las dos orillas al presunto revanchismo de unos pocos, que no se conforman con que un manto de piedad se tienda sobre tantos crímenes y aspiran a cambios más drásticos, radicales o incluso violentos.

Sin embargo, yo no encuentro que el deseo de que en Cuba impere la justicia y que un castigo ejemplar alcance a los grandes culpables de nuestra tragedia nacional esté reñido con el espíritu de reconciliación que tendría que primar para que nuestro pueblo pueda llegar a salir alguna vez del pantano en que vive.

Coincido con López-Levy cuando afirma que el odio no construye; pero la construcción no puede obviar la aplicación de la justicia y el castigo que ésta conlleva. No tengo dudas de que muchos asesinos del nazismo todavía van a buscar pacíficamente el pan por las mañanas convertidos en unos dulces abuelitos; pero para que ese perdón fuese real, antes tuvo que levantarse un cadalso en Nuremberg para los grandes responsables. Sin ese simple ajuste de cuentas, la llamada "reconciliación" sería un acto fraudulento, un lamentable chapoteo entre víctimas y verdugos que endeudaría moralmente al pueblo cubano por generaciones.

Pero, ¿cómo podría hacerse justicia si los propios culpables han de ser los encargados de promover los cambios? En ese caso, sería muy difícil, o sencillamente no se podría. Y es este pensamiento el que me ha llevado a desear y a proponer, en más de una ocasión, que fuese Estados Unidos el que vaya a ponernos la casa en orden, tal como pasara en 1898, a sabiendas de que tal opción es actualmente tan remota que casi tiende a cero.

Eso no significa que aspire a la destrucción de mi querido país. Al igual que López-Levy, tampoco querría andar por los escombros del parque de mi ciudad natal. Tal vez supera esta posible contradicción un simple acto de fe: en la precisión e "inteligencia" de los modernos artefactos de guerra.

No

Sin fuegos ni liquidaciones

embargo, propiedades confiscadas, transición