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La capital enemiga

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Ciudad de La Habana

24/10/2005 20:00

24/10/2005 20:00

Opinión

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Mercadeo ilegal, mafias, intelectualidad cortesana: La Habana es una Babel creativa y caótica.

La Habana es una capital enemiga del poder. En todos sus segmentos, por su tipo de fluidez cultural y por su relación política específica con las autoridades.

El concepto de enemigo que utilizo no es exactamente el que tenemos asumido al hablar de ejércitos que se enfrentan en el campo de batalla, en el que los bandos intentan obtener la victoria absoluta; tampoco el que nos viene a la mente cuando pensamos en dos personas que se odian a muerte: en este œltimo caso, la simple distancia, o el no trato, disuelve la enemistad.

Para el asunto que se trata empleo el término enemigo en el sentido que le otorga Carl Schmitt, el famoso teórico político alemán de principios del siglo XX. En él, la naturaleza de la enemistad es la misma que en las dos dimensiones anteriores, la negación moral y psicológica del otro, pero se suprime la tentación de destruirle totalmente. Porque para Carl Schmitt lo que fundamenta la política es el par amigo/enemigo, pero, como la política es consustancial a la más alta expresión de organización humana, que para él es el Estado, este par amigo/enemigo debe coexistir en una dialéctica permanente, sin síntesis alguna.

Si desaparece, desaparecen lo político como hecho humano y el Estado como su mejor creación. Vista así, la política no es la continuación de la guerra por otros medios; es la guerra en sí misma, una guerra específica en la que los enemigos no buscan eliminarse.

Interesante lo que sigue. Schmitt teoriza y legitima formas concretas de hacer política y de organizar el Estado, en lo que lo más importante es el "decisionismo político"; es decir, la ruptura de las reglas y normas de convivencia preexistentes cuando se trata de garantizar la supervivencia del Estado y del par amigo/enemigo que le da sustento. Un par que, tácticamente, intercambia sus roles: a veces el amigo es enemigo y el enemigo aparece como amigo; el tipo de intercambio que esa más llevadera, también más hipócrita, la tensa y dura relación política de los implicados.

Schmitt no pensó en Cuba, pero yo sí cuando leo y releo sus escritos.

Lo que mejor expresa nuestra tradición política es aquello de que las leyes se acatan, pero no se cumplen. Está tan normalizado este adagio cubano que nunca reparamos lo suficiente en cuán profunda es la destrucción de la convivencia moderna entre nosotros. Sin el respeto mínimo al orden legal preexistente, no hay convivencia política moderna. Y si no somos un caos político visible es por el miedo a una autoridad que se ejerce sin misericordia.

Complicidad habanera

Estoy tentado a decir que toda Cuba vive burlándose de la suprema autoridad que es la ley: gobernantes y gobernados. A despecho de que los manzanilleros, en la provincia Granma, digan que las leyes se hacen en La Habana para que sean cumplidas en Manzanillo.

Lo que no puedo afirmar de toda Cuba, sin embargo, lo puedo asegurar de su capital. Y reitero que La Habana es enemiga del poder.

Políticamente porque engaña, hurta, incumple y le niega su cooperación cada vez que está lejos de su vigilancia. Cuando ésta se estrecha, en momentos de relajo con desorden, la capital se enmascara y finge, en una tranquilidad aparente, o compra la vigilancia del poder si el objeto del beneficio o de la supervivencia amerita el riesgo de mostrarse claramente como enemigo.

Hay, por supuesto, bolsones de lealtad política —no ideológica— al poder, pero dentro de ellos se vive con la más grosera complicidad con lo mal hecho, tal y como la burocracia denomina la enemistad en acto. De cualquier manera, dentro de estos bolsones se vive como le habría gustado al Che, sólo de forma involuntaria.

Económicamente, ni qué decir. La ciudad es un centro de mercadeo informal e ilegal, con mafias y todo, y con la voluntaria e involuntaria complicidad de una policía que no conoce ni los laberintos ni la psicología de La Habana.

Psicológicamente, la enemistad es de competencia. No se expresa con actitudes de carácter, como preferirían los que viven la realidad con seriedad alemana, pero se expresa cubanamente en el choteo y en un humor instantáneo y corrosivo que ya tiene la virtud de aparecer antes del objeto de su burla.

Intelectualmente, es clara. Con independencia de cierta intelectualidad cortesana —no puede decirse orgánica porque se estructura en torno a favores, no a valores, símbolos o conceptos en los que el poder se muestre—, la circulación de las ideas capitales de la capital se alimenta en paradigmas prerrevolucionarios, postrevolucionarios o postmodernos. Lo que llaman la revolución cubana no genera una ideología explicable y tangible que pueda medirse en ideas o conceptos contrastables. La "batalla de ideas" no es otra cosa que obras de construcción y demanda de amnistía a Estados Unidos.

Ideológicamente es pasmosa. El famoso pragmatismo del cubano resuma y se resume en la capital, en La Habana de Cabrera Infante. Las señas de pertenencia ideológica son precisamente eso, guiños del ojo izquierdo para garantizar una entrada tranquila a los circuitos del poder o de la corrupción. El carné del Partido Comunista es un pasaporte seguro a las joint ventures que quedan y a los viajes al exterior, con o sin regreso. Las efemérides nacionales y revolucionarias terminan con el ajiaco y la rumba permitida. Casi siempre grosera.

Poder de signos coloniales

Pero donde la condición enemiga de la capital se muestra por excelencia es en el ámbito cultural: el de las obras, el de la estética, el de las modas, el de la mentalidad y el de las concepciones y estilos de vida.

La capital es la pluralidad: desde los rasta hasta el uso de los safaris, esa prenda de vestir de los años setenta y ochenta. Prostitución, droga, modas miamenses o italianas, vida cool y hedonista, demócratas y totalitarios, burgueses y aspirantes, senilidad raída y revolucionaria, jóvenes talibanes y yuppies al mismo tiempo, marginalidad y prosperidad, diversidad religiosa y cultual —con el aderezo del Islam—: la capital es una Babel creativa o caótica, un sitio profundamente postmoderno, enemistado diariamente con un poder de signos coloniales que se empeña en conservar la rigidez marcial de aquellos voluntarios armados, dando vueltas en una ciudad sospechosa, y provisto con la intolerancia intacta de unas capitanías generales que perdían, al inevitable paso del tiempo, el pulso de la Isla. Al poder sólo le queda su propia complicidad.

No

La Habana, poder, sociedad