Actualizado: 15/11/2019 19:53
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Rubén Blades, Intelectuales, Venezuela

Autoritarismo e inopia de una carta abierta

Decir que el chavismo triunfa con un 60 % es una vulgar mentira que ningún articulista decente se permitiría

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Las cartas abiertas han sido las hijas venidas a menos del género epistolar. Con las nuevas tecnologías de la comunicación se han masificado. Todo el mundo escribe cartas abiertas, y por eso se ha erosionado la maestría. Y de expresiones literarias han pasado a ser pasquines políticos.

Obviamente, una carta abierta no es un tratado académico, ni siquiera un ensayo que obliga a referenciar las ideas. Es algo más ligero. Pero por muy ligeras que sean, siempre se agradecen en ellas veracidad en lo que se afirma y coherencia en lo que se argumenta. Y creo que todo esto falló en la carta abierta dirigida a Rubén Blades, escrita por Guillermo Rodríguez Rivera (GRR) y publicada en su blog por Silvio Rodríguez con tanto cariño que muchos pensaron que era de él.

La admonición de GRR a Rubén Blades es un ejemplo de cómo toda una franja de la intelectualidad cubana ha decidido chapotear en la pobreza de la pobreza. Y ha hecho de sus miserias subjetivas una suerte de retiro virtuoso construido de malos cálculos, mentiras y retóricas edulcoradas. No obstante, no por ello esta carta es intrascendente, pues resulta un verdadero monstruo, de esos que genera la razón autoritaria que prevalece en la sociedad transnacional cubana (no solo en la Isla) y que constituye uno de los más serios escollos que enfrentará la futura república democrática.

Lo primero que llama la atención en la carta es la maestría de GRR para caricaturizar todo lo que no entiende. Y como no entiende casi nada de lo que afirma, toda la carta es una caricatura. Por ejemplo, se destaca la manera como percibe y trata de explicar lo que es una revolución, sus pertinencias y sus costos, que termina reducida a un pasquín heroico y emotivo sin ningún valor argumental. Y fuera de ella —donde existe una gama de actividades y posicionamientos políticos que ven el cambio de otra manera— simplemente menciona a “las encopetadas damas de la alta sociedad (que) salen a hacerle caridad a los que no tienen justicia”. De manera que para GRR la política aparece dividida en dos bandos: los radicales revolucionarios (entre los cuales me imagino que él se ubica) y los filántropos mojigatos.

También lo hace cuando se refiere al complejo binomio mayoría/minoría, y en particular cuando trata a esta última como un subproducto de la propia vida. Pero una minoría no es un residuo desechable, sino una parte del mundo que interpelamos, que merece un espacio y que eventualmente puede convertirse en mayoría. Esa es una regla vital de toda democracia.

Toda propuesta política —revolucionaria, reformista o conservadora— es susceptible de ser impugnada, y solo una visión reaccionaria de la vida puede creer que hay algo que no lo pueda ser, y que quien lo haga merece ser excomulgado. Eso fue lo que los atenienses entendieron cuando inventaron la democracia, y lo que los inquisidores medievales echaron por tierra cuando levantaron cánones divinos. Y esto último es lo que defiende GRR asombrosamente en nombre de una revolución.

Solo que, y aquí me detengo en los recovecos de la empiria, los conceptos de minoría y mayoría merecen ser tratados con cuidado particular en el caso de Venezuela. Es innegable que Hugo Chávez cultivó una cadena envidiable de triunfos electorales, sobre todo en la época de oro de su proyecto entre 2004 y 2008, pero siempre ganó sobre una minoría consistente superior al 40 %. Pero hace ya un tiempo que no es así, pues la crisis del modelo chavista —acentuada con su muerte— ha ido desgajando los apoyos.

Y en consecuencia, decir con GRR que el chavismo triunfa con un 60 % es una vulgar mentira que ningún articulista decente se permitiría, no importa cuan flexible sea escribir una carta abierta a un cantante y publicarla en el blog de otro.

En las elecciones presidenciales de 2012 —con Hugo Chávez en la arena— el oficialismo captó el 54 % de los votos; y en las de 2013 algo menos del 51 %, contra algo más del 49 % de la oposición. En todas ellas se usaron cuantiosos fondos públicos en apoyo de los candidatos oficialistas —ello es usual en muchos países de América Latina— pero en la última se usaron recursos inéditos: los provenientes del saqueo de supermercados y del adelanto de las navidades con los consiguientes pagos de regalías. Sin ellos —que marcan un límite acerca de lo que se puede hacer en unas elecciones— ese tenue 1 % se hubiera inclinado probablemente a favor de la oposición. En las elecciones municipales de diciembre/2013 el chavismo logró un poco más de un 49 %, y todo el espectro de oposición algo menos de un 51 %. Y en particular la oposición de la llamada Mesa Democrática arrasó en las principales ciudades del país.

Finalmente, es lamentable el desliz ético que implica mirar hacia el lado, como hace esta franja aquiescente de la intelectualidad cubana, y no observar la verdadera situación de la Isla: una economía decrépita, una política desgastada, una sociedad que se empobrece y una población que decrece. En lugar de esta mirada crítica necesaria —compromiso ineludible de todo intelectual— estas criaturas se deshacen en variaciones de un discurso gastado y conservador sobre utopías, peligros externos, narcisismos sin sentidos, y otras bagatelas especulativas. A pesar de que taxonómicamente se ubican en la izquierda, constituyen los ripios en desbandada de un pensamiento autoritario, retrógrado y contrarrevolucionario.

Y GRR hace todo esto magistralmente en su breve carta abierta, cuando con una abusiva flexibilidad ética, regresa a la actitud plañidera sobre las intolerancias de Miami (la mejor manera que tienen algunos intelectuales cubanos de no mirar a las intolerancias propias), para lo cual echa mano nada más y nada menos que a aquel incidente en que Oscar de León fue penalizado en el sur de la Florida por cantar en Cuba. Omitiendo que cientos de intelectuales y artistas cubanos no pueden ejercer profesionalmente en su país —en el que nacieron— y algunos ni siquiera pueden visitarlo.

La buena noticia es que GRR y sus patrocinadores no son parte de un futuro, sino de un pasado. El futuro está en otro segmento intelectual, que despliega una crítica creativa desde las diferentes esquinas de la producción intelectual, sin los atavismos ideológicos y emotivos de una generación que en algún momento nos dijo algo para quedar hoy sepultada en la inopia, por los tiempos y las costumbres.


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