Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Díaz-Canel, Asamblea Nacional, Raúl Castro

¿Cuánto durará el nuevo delfín?

Los delfines elegidos por Fidel Castro tuvieron un ascenso meteórico y una corta duración. Raúl Castro se ha caracterizado por esperar más tiempo, a la hora de seleccionar, y por una mayor constancia con sus favoritos

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De todos los pasos predecibles dados por la Asamblea Nacional del Poder Popular en Cuba, el nombramiento como vicepresidente primero de Miguel Díaz-Canel Bermúdez, de 52 años, es el que más comentarios desatará en la prensa. No porque tenga algo de novedoso —desde que acompañó a Raúl Castro a la cumbre CELAC-UE en Chile, y antes presidió la delegación cubana de apoyo a Chávez en Venezuela, quedó claro que sería el designado— sino porque representa la respuesta del gobernante cubano frente al inicio de la imprescindible sucesión de mando que el domingo acaba de arrancar en Cuba.

No hay que restarle importancia al hecho. La presencia de Fidel Castro en la sesión parlamentaria no fue solo un espaldarazo a los cambios económicos que intenta llevar a cabo su hermano, sino también el cuño de aprobación a este —otro más— proceso sucesorio. Quizá también un mensaje de despedida. Pero más allá de señalar el inicio de esta sucesión, poco puede agregarse. Díaz-Canel no es un misterio ni un enigma, sino simplemente un desconocido, y lo seguirá siendo en un futuro inmediato. No quiere decir esto que su figura no haya sido mencionada cada vez con mayor relieve, y lo será más a partir de ahora. Lo que se desconoce es lo que haría si en algún momento lograra llegar al poder verdadero en Cuba, a la sombra de los hermanos Castro pero sin la presencia de estos.

Algo quedó claro el domingo. Si bien la elite histórica de la revolución continúa manteniendo una cuota elevadísima de poder, queda fuera de la transición. Tanto la biología como la legitimización de origen termina en los Castro. Ni imaginar un gobierno con Ramiro Valdés como sucesor, para poner simplemente un ejemplo. El plan no es nuevo y ahora es evidente que era lo que tenía en mente Raúl Castro al seleccionar una figura tan oscura como José Ramón Machado Ventura para vicepresidente primero durante su mandato inicial. Ante la opacidad de Machado Ventura, no hay que dudar que muchos analistas, inclinados o no a favor del régimen cubano, saludarán con vítores o benevolencia al nuevo designado.

Así que los pretextos para la alabanza en el exterior están garantizados y las especulaciones sobre si Díaz-Canel representa el nuevo rostro del castrismo no se harán esperar.

Más allá de entretenimiento y justificación, las conjeturas serán anticipadas —por supuesto que este artículo no está libre de ese pecado— y los resultados del nombramiento poco predecibles.

Se puede decir que hay algunos aspectos en la biografía de Díaz-Canel que justifican la preferencia de Raúl: no es habanero, estuvo en las fuerzas armadas cubanas, fue dirigente de la Unión de Jóvenes Comunistas y primer secretario del Partido Comunista en la oriental provincia de Holguín y ministro de Educación Superior. Tiene lo que en Cuba se llamaría “una buena presencia”, claro está, para los estándares de la Isla. Es además graduado de ingeniería electrónica. Su falta de carisma y pobre oratoria parecen haber jugado a su favor y no en contra, durante los 30 años que le tomó su ascenso al primer círculo del poder en Cuba. Pero si todos estos datos identifican un perfil de miembro de un aparato político y administrativo, en el cual ha ascendido en buena medida gracias a la obediencia, poco dicen sobre la persona. El ser destacado y al mismo tiempo no destacarse que constituye la carta de triunfo de quienes danzan ese difícil equilibrio, como son el canciller Bruno Rodríguez y Díaz-Canel.

A través de los años, los delfines elegidos por Fidel Castro tuvieron un ascenso meteórico y una corta duración. Raúl Castro se ha caracterizado por esperar más tiempo, a la hora de seleccionar, y por una mayor constancia con sus favoritos.

Precisamente es el tiempo quien ahora juega a favor del nuevo vicepresidente, pero no se trata solo de una paciente espera sino de un país sumido en perenes dificultades.


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