Actualizado: 16/09/2019 12:05
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Agricultura

“Jagüey Grande, donde la obra crece”

La empresa citrícola estatal no solo es incapaz de explotar con eficiencia las plantaciones, sino que lleva ante los tribunales a quienes recogen algunas frutas a punto de podrirse

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Así reza una valla de hormigón a pocos metros de la Carretera Central, cuando te adentras por la carretera del Pirineo rumbo al poblado de Agramonte, en Matanzas. Perfecta planicie donde a partir del año 1971 se produjo una dinámica constructiva a favor de edificaciones destinadas a escuelas para estudiantes de la Enseñanza Media Básica y Superior, a las que se dio eufemísticamente el calificativo de “Escuelas de nuevo tipo”. Especie de fragua milagrosa de donde saldría el “hombre nuevo”, una de las metas en la extensa, variada y no menos tenebrosa utopía de Fidel Castro.

En el límite inferior de la citada pancarta, resalta el dibujo de dos naranjas en el flanco izquierdo y a la derecha un libro abierto, como para que el viajero deduzca que arribó al emporio citrícola y educacional por excelencia del país.

A pesar de los años transcurridos, jamás había reparado en aquella pancarta, y mucho menos en el contraste existente entre lo planteado por el rígido letrero y el agreste paisaje matancero, hasta que un amigo cercano me exhortó a recorrerlo.

Una mañana del pasado octubre decidí incursionar por sus caminos y carreteras montado en mi frágil bicicleta. Hoy puedo asegurarles que aunque fueron muchísimos los kilómetros pedaleados bajo un sol intenso, no reparé en el cansancio ni en el agotamiento físico propios de mi falta de entrenamiento para estos menesteres, pero sí pude comprobar cómo la demagogia, el inmovilismo político, la ausencia de amor y la pésima administración de quienes detentan el poder desde el año 1959 en nuestro país, lo han destruido todo; incluso la educación, la enseñanza de las nuevas generaciones de cubanos que con tanta alharaca siempre han llevado como tarjeta de presentación en los foros internacionales donde se mueve la maquinaria castrista. Ya podrán observar algunas fotos del área.

Para quienes duden de la veracidad de mi artículo, les invito a que vengan a recorrer los campos de esta región. Podrán sus ojos ponerse en contacto con el estado grimoso de la mayor parte de sus plantaciones; o ver cómo solo presentan una fachada constructiva aceptable las escuelas que fueron preparadas para estudiantes de países latinoamericanos como parte de las políticas edulcoradas que buscan promocionar a través de la Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América (ALBA).

Que vengan los turistas, los de la prensa extranjera acreditados en La Habana, el cuerpo diplomático en pleno. Se llevarán las manos a la cabeza en señal de consternación al contemplar el abandono en que han sumido todo. Podrán comprobar que, no obstante, la madre natura no retira su prodigio bienhechor y verán los frutos amarillos que denotan la madurez alcanzada, desvanecerse sobre la tierra. Porque esta gente llegó al poder y se mantiene hace más de 50 años con el único lauro de haber convertido en polvo y cenizas nuestra otrora Perla de las Antillas.

Pero digo más. La empresa citrícola estatal que posee la encomienda de explotar con eficiencia las plantaciones y que las convirtió en un gran fraude caracterizado por la pérdida total de la rica naranja en las opciones alimentarias del cubano, es la misma que, usando al cuerpo represivo por excelencia en Cuba —la policía—, lleva ante los tribunales a quienes recogen algunas frutas para comer allí o para llevar a su familia y resultan sorprendidos por su equipo de custodios, sin importarles que las naranjas y las toronjas se pudran debajo del árbol por el abandono estatal.

Como siempre en Cuba, las sanciones son excesivas, abusivas, criminales. Así resulta la infligida en la causa número 25 del 2011 contra Francisco, Florencio y Aliester Navarro, quienes por ser tío y primos, respectivamente, del ex prisionero de conciencia Félix Navarro Rodríguez, podrían sufrir en cualquier momento el decomiso de su viejo camión Ford del año 1951, del cual dependen para lograr el precario sustento de la familia. En el mes de enero, Florencio fue contratado por supuestos finqueros del poblado de Torriente para transportar hasta La Habana un camión cargado de sacos de naranjas y las mismas resultaron haber sido recolectadas en los sembradíos abandonados.

¿Qué hizo el tribunal de Jagüey Grande? Sin tomar en cuenta que Florencio es un cuentapropista y que posee Licencia Operativa para efectuar servicio de transporte de cargas, le sancionó a 2.000 pesos de multa y al decomiso del camión. Sanción que afecta por igual a su padre Francisco y a su hijo Aliester, aunque en el viaje solo estuvo involucrado él.


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