Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Juventud Rebelde, Prensa, Jóvenes

“JR”: ironía mediática e histórica

Antes de que Juventud Rebelde reconociera, mediante una encuesta, que los jóvenes no leen el diario, uno de sus periodista advirtió sobre el hecho, y fue despedido por ello

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El más reciente estudio de audiencia de Juventud Rebelde (JR) arrojó la paradoja de que “los jóvenes no leen” ese “diario de la juventud cubana”, tal y como reza la denominación de origen de ese periódico, que el miércoles pasado cumplió medio siglo en circulación. Aparte de marchar al paso global de la baja en el número de lectores de la prensa impresa, JR adolece de problemas endémicos del periodismo cubiche, que giran en torno a la distorsión del valor noticioso por dictado de la propaganda política.

A la ironía mediática del extravío de audiencia se suma la ironía histórica de que JR confirma hoy la advertencia que, hace más de dos décadas, largó uno de sus periodistas en ejercicio del criterio y con reconocimiento explícito de su tanto personal de culpa: que JR distaba mucho de ser el diario de la juventud cubana. En vez de discutir el asunto en sí, la dirección del periódico prefirió entonces —como es tradicional en la cubichería de cualquier bando— desfogarse en improperios contra quien argumentó a tiempo, pero a contracorriente.

El caso Évora

Alexis Núñez Oliva, entonces conductor del programa “Entre ocho y diez” (Radio Ciudad de La Habana), llamó por teléfono al periodista de JR José Antonio Évora y le preguntó en el aire si el periódico donde trabajaba era realmente “el diario de la juventud cubana”. Évora contestó que no, admitió su culpa en que así fuera y comentó que acaso podría serlo un diario editado por el cantautor Carlos Varela, quien venía pegando duro con la nueva trova de los hijos de Guillermo Tell y demás piezas de su primer disco (Jalisco Park, 1989).

En aquel programa participó también Arleen Rodríguez Derivet, quien sostuvo sin enfadarse que JR sí era tal diario y soltó de pasada que si se esperaba por el tiempo que tomaba Évora en dar a imprenta sus artículos, JR sería más bien un semanario. Así sería, pero no por demora de Évora, sino por el advenimiento sin demora del llamado período especial.

A la semana siguiente, el subdirector Lázaro Barredo convocó a una asamblea de trabajadores para linchar a Évora por haber ido contra JR en aquel programa de radio. Tras oír la grabación que Barredo puso para todos, Évora se convenció de que no había actuado mal, pero la suerte estaba echada. Barredo propuso expulsarlo del periódico y al someterse a votación, la propuesta se aceptó casi por unanimidad, sin notarse siquiera quiénes se abstuvieron de alzar la mano.

Sin embargo, el orden disciplinario laboral no contemplaba expulsar al trabajador por acuerdo de asamblea, sino por resolución fundada de la administración, que Barredo y el director de JR, José Ramón Vidal, pasaron por alto como consecuencia de la mezcla de intolerancia de opiniones incómodas con incultura jurídica.

Tras consultar a unos abogados amigos, Évora procedió a presentarse cada día a trabajar en JR, sin que pudiera pasar de la recepción, hasta que venció el plazo legal que tenía la dirección del periódico para dictar la resolución administrativa pertinente. Al quedar así la dirección de JR incursa sin remedio en despido ilegal, Évora corrió los trámites legales que concluirían con fallo judicial a su favor.

Esta peripecia sirvió, además, para mostrar a Vidal en la decente tesitura de aceptar ante el tribunal que Évora había dado sinceramente su opinión sobre JR, así como a Barredo creyéndose que podía testificar a su antojo sin haber sido citado por el tribunal, que dispuso en el acto desestimarlo como testigo, a pesar de ser subdirector y comparecer muy enguayaberado.

El fallo sobrevino al filo del período especial y JR tuvo que reponer a Évora en el puesto de trabajo, como mandó el tribunal, pero recurrió al ardid de darle traslado a la revista Cine Cubano*, algo que vino muy bien a Évora por su inclinación a la crítica cinematográfica.

Coda

La recurva de aquella crítica de hace más de dos décadas acredita la insuficiencia del orden burocrático castrista que, por trabar la libertad de expresión, deja de ser expresión de cordura, como ese periódico Juventud Rebelde sin juventud como audiencia ni rebelde por su mensaje.

* En Cine Cubano, Évora se toparía con otra coyuntura jurídica: la decisión estatal de fundir el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) con el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), como reacción de la burocracia partidista a la película Alicia en el pueblo de Maravillas (1991), de Daniel Díaz Torres. Évora resultó instrumental para que realizadores del ICAIC examinaran los asideros legales con un abogado y exploraran incluso cómo dar la contracandela extra legal necesaria —por ejemplo: plantear las discrepancias al comandante Juan Almedia por intermedio de Manuel Duchesne Cuzán— para que Carlos Aldana, quien se creía el tercer hombre del castrismo corriente, reculara en su tentativa de engullirse al ICAIC.


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