Actualizado: 24/05/2019 17:31
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Eduardo Chibás, Política

Retrato de Carone

Carone era un archivo ambulante y yo me pasaba horas nutriéndome de sus relatos, rellenando muchas lagunas sobre la historia oculta de mi país

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Cuando toqué la aldaba de aquella casa de El Vedado yo no sabía que estaba llamando a la puerta de un testigo de excepción del “último aldabonazo”. Corría el año 1972 y en la revista CUBA internacional me habían encargado una investigación sobre el “Canal Vía Cuba”, para lo cual debía entrevistar a un tal Francisco Carone Dede, de quien nunca había oído hablar. Tampoco sabía nada sobre el Canal Vía Cuba, algo que, en un primer momento, me sonó a emisora de televisión.

Carone Dede vivía frente al hospital “González Coro” (antiguo “Sagrado Corazón”). Me abrió la puerta una señora bajita, muy amable, fumando con una elegante boquilla. Aunque ya empezaba a peinar canas, y a pesar de su aparente fragilidad, se movía ágilmente. Era la Dra. Vicentina Antuña, a quien yo conocía de oídas gracias a un chiste que circulaba en los ambientes literarios. Cuando alguien se enfrentaba a un debate demasiado enrevesado, proclamaba: “¡esta es una discusión bizantina antuña!”.

Bromas aparte, yo sabía que era una destacada latinista y renombrada profesora universitaria. Hasta hacía poco había sido directora de la Escuela de Letras. Acababan de tronarla. No obstante, seguía militando en el partido y le habían dejado una clase semanal. Tenía un envidiable sentido del humor. En un edificio de la Universidad que solo tenía tres pisos, ella pidió al ascensorista que la llevara hasta el cuarto. “Doctora, como usted sabe, solo llegamos al tercer piso”. “No importa, hijo, ¿no ve que me han ascendido?”

Vicentina me introdujo en el despacho de su esposo, el doctor Francisco Carone Dede, quien se puso de lo más contento. “¡Al fin un periodista decente que viene a entrevistarme!”. Era muy alto, casi me sacaba una cabeza. ¡Qué pareja más dispareja!, pensé comparándolo con su diminuta esposa.

Vicentina se despidió y entró en su estudio, que quedaba enfrente, al otro lado del largo pasillo que atravesaba la casa. Allí leía abultados libros, fumando y tomando notas. Desde el escritorio nos miraba de vez en cuando a través de sus anticuados espejuelos estilo secretaria.

Carone estaba ninguneado, proscrito en su propio hogar, en esa situación política que el humor cubano ha bautizado como “plan pijama”. Había llegado a ser Decano de la Facultad de Derecho, pero discrepó en público con su antiguo alumno, Fidel Castro, razón por la cual lo habían “jubilado” apresuradamente y a la cañona. Estaba fuera de la Universidad, acaso porque sabía demasiado, quizá porque su locuacidad resultaba peligrosa en aquellas aulas donde ya las autoridades académicas forjaban al “Hombre Nuevo” del Che Guevara.

Visité su casa varias veces, pues mi pesquisa periodística requería consultar muchos documentos y recortes de prensa de veinte años atrás. Ya en la segunda visita, sintiéndose en confianza conmigo, Carone empezó a contarme anécdotas estudiantiles de Fidel Castro, una etapa de su vida que las hagiografías oficiales siempre sortean, ocultan o edulcoran. Fidel vestido de traje, dejando ver la pistola Colt. 45 en su cinto, Fidel alborotando sin cesar en la Universidad o entrando desafiante en las aulas. Esa fue la imagen que Carone me transmitió.

“¿Quieren un poquito de café?”, preguntó Vicentina asomándose a la puerta del bufete de Carone.

Noté que cuando ella regresaba con las tacitas humeantes, él callaba abruptamente o cambiaba de tema. En mi tercera visita, Carone dijo: “vamos a hablar en el comedor” y me llevó al fondo de la casa, lejos del despacho de Vicentina. “Ella es comunista, ¿sabes?”, me susurró alzando los ojos al cielo.

¡Qué pareja más dispareja!, seguía pensando yo.

En la mesa del comedor, ya con mayor familiaridad, Carone seguía contándome anécdotas, cada vez más incendiarias, sobre Antonio Guiteras y Eduardo Chibás, de quienes fue amigo y estrecho colaborador. Carone era muy campechano. Aparte de ser cubanísimo, descendía de italianos, y esa mezcla tan explosiva la desplegaba haciendo chistes verdes y contándome anécdotas picantes de personajes históricos demasiado canonizados por la propaganda gubernamental. Pertenecía a la estirpe de Orestes Ferrara, aquel napolitano tan ingenioso, culto y audaz que llegó a ser coronel del ejército mambí.

Carone no tenía con quien hablar y se despachaba conmigo. Era muy bromista y gesticulaba un poco a la manera de Raúl Roa: todo un estilo de ser cubano que mucho me temo ha desaparecido o está en vías de extinción. Yo me reía mucho con sus historias. Sin embargo, a pesar de nuestras carcajadas homéricas, yo percibía la tristeza de aquella pareja en cierta forma dividida por motivos ideológicos.

En la cuarta o quinta visita ya no hablábamos del “Canal Vía Cuba”, que fue un plan impulsado por Batista en 1954. El dictador quería partir la Isla en dos con un canal para el tráfico marítimo que atravesaría el país de norte a sur, desde la Bahía de Cárdenas hasta la Bahía de Cochinos. La idea era conectar el Canal de Panamá con el sur de Florida.

El argumento principal afirmaba que esa vía acortaría las rutas de navegación, ahorrando así muchas millas náuticas a las embarcaciones. Sin embargo, enseguida afloró el sentimiento nacionalista aunado a la sospecha de que el proyecto ocultaba fines estratégicos norteamericanos de índole militar. Las protestas fueron tan generalizadas e intensas que la obra nunca llegó a ejecutarse.

Uno de los más enérgicos detractores de aquel plan constructivo fue Carone Dede, quien presentó varios recursos ante el Tribunal de Garantías Constitucionales denunciando quince violaciones de la Carta Magna.

A pesar de llevar trabajando tres años en la prensa, yo no sabía nada de aquel episodio histórico, ni de sus principales protagonistas. En Cuba ya existía un control tan férreo de la información que los jóvenes de mi generación ni siquiera nos enteramos del Festival de Woodstock, ni de la llegada del hombre a la Luna. Como decía Baltasar Gracián: “Hombre sin noticias, mundo a oscuras”.

Ese “mundo a oscuras” que era yo, escuchaba boquiabierto a Carone, a sabiendas de que mucho de lo escuchado nunca me lo publicarían en ningún medio de la Isla. A veces salía de aquella casa asediado por las dudas. ¿No estaría exagerando el viejo cuando despotricaba de Fidel? Todo aquello que me relataba, ¿no serían desahogos de resentimiento tras haber sido separado de la Universidad? Por si acaso, nunca le conté nada a nadie, en parte para no perjudicarlo más de lo que ya estaba, en parte para proteger a su mujer.

Más tarde, ya en el exilio y gracias al dios de Internet, pude confirmar en otras fuentes todo lo que él me contó. Carone empezó a abrirme ligeramente los ojos revelándome algunas de las claves del sistema en el que yo había crecido sin la opción de conocer otro modelo de sociedad.

Batista tildó de “comunistas” a todos los que se opusieron a su proyecto constructivo, pero puedo asegurar que Carone Dede, de comunista, no tenía ni un pelo. Un hombre que fue tan famoso en la década del cincuenta, ahora estaba totalmente relegado, en una especie de ostracismo interior. Por lo menos Vicentina seguía dando clases y publicando, aparecía en actos públicos, de vez en cuando la entrevistaban, razón por la cual era más conocida que él. Carone, en cambio, era un muerto en vida. Incluso hoy, en el ciberespacio, resulta difícil encontrar algún rastro suyo.

Carone era un archivo ambulante y yo me pasaba horas nutriéndome de sus relatos, rellenando muchas lagunas sobre la historia oculta de mi país. Para que se sintiera más seguro, yo no tomaba notas, tampoco llevaba grabadora. Desgraciadamente, con los años, algunas anécdotas que me contó se me han olvidado y otras no consigo evocarlas con la precisión indispensable para reproducirlas aquí.

Recuerdo que hablamos sobre la dictadura de Batista. Carone seguía siendo un antibatistiano radical, pero me decía que, al menos, en el régimen anterior existía el hábeas corpus y había un Tribunal de garantías constitucionales: conceptos y estructuras jurídicas que yo desconocía, pero con su ayuda empecé a descifrar. La prueba de que en la anterior dictadura se respetaba hasta cierto punto el estado de derecho es que tanto la enérgica acción de Carone como las protestas de la prensa escrita, la radio y la televisión, los universitarios, la iglesia y los sindicatos obligaron a Batista a cancelar un proyecto que era la niña de sus ojos. Y toda esa protesta tuvo lugar pacífica y civilizadamente, sin vocinglerías ni violencia. Además, me explicaba aquel maestro defenestrado, nunca hubo represalias contra los opositores, ni fueron a la cárcel, ni los silenciaron, ni los obligaron a exiliarse.

La conclusión a la que yo he llegado años más tarde, y atando cabos, es que Batista fue un dictador con ínfulas de demócrata, un golpista al que le gustaba —al menos en ciertos momentos— darse aires de liberal. Pero ese detalle, aun tratándose de una fachada, convertía su dictadura en dicta-blanda comparada con cualquiera de las “dictaduras del proletariado” que han existido hasta hoy en el mundo.

¿Qué clase de universidad era aquella?, me preguntaba yo cuando Carone se refería al gansterismo estudiantil que en la Isla llamaban “bonchismo”: un cubanismo derivado del inglés bunch. Para mí todo aquello era incomprensible, entre otras razones, porque en mi primera juventud la palabra “bonche” significaba algo completamente opuesto. En la secundaria llamábamos “bonche” a la broma, a la burla jovial entre amigos.

¿Cómo fue que aquella palabra cambió tan drásticamente su significado, pasando de la violencia extrema al relajo y la jarana?

La palabra bunch —o sea, “grupo”— conecta con gang o pandilla, pero a su vez puede designar a un grupo de amigos que se divierte metiéndose unos con otros, lo que en Cuba también llamamos “jodedera”.

He aquí un misterio de nuestra idiosincrasia. Cuando el 26 de julio Fidel Castro atacó el cuartel Moncada, se pasó súbitamente del carnaval a la masacre. Sin embargo, desde hace años esa efeméride tan luctuosa es día feriado. En lugar de ser día de luto nacional —pues murieron muchos cubanos de ambos bandos—, resulta que es fiesta nacional, incluyendo la celebración de carnavales, ya no solo en Santiago, sino también en La Habana. Así las cosas, hemos realizado el camino de regreso, yendo esta vez de la matanza a la comparsa.

Hacia 1935 un acto terrorista se convertía en guaracha cuando el trío Matamoros cantó: “¿quién tiró la bomba?” incluyendo explosiones de fondo. En Cuba conviven —o se mezclan con asombrosa fluidez— la violencia y la alegría, como supo captar magistralmente Tomás Gutiérrez Alea en la secuencia inicial de Memorias del Subdesarrollo. Una frase antológica cubana afirma: “acabó como la fiesta del Guatao” y no olvidemos los carnavales del 70 con los navajazos y “El perico está llorando”.

Fidel no era el único estudiante que subía armado a la colina universitaria. Todos aquellos muchachos “del gatillo alegre” encarnaban algo que se cultiva entre nosotros desde la infancia, desde la primaria: la guapería como mérito primordial. En Cuba la fajazón es una orgía al revés donde se disfruta con el placer de propinar golpes o de recibirlos. ¡Qué despilfarro de energía!

Carone me contó que le pidió a Chibás que Fidel Castro entrara en la sección juvenil del Partido Ortodoxo. Chibás le respondió: “yo no quiero gánsteres en mi partido”. Solo entonces empecé a entender por qué en Cuba no le rinden homenajes a Chibás, a pesar de haber sido éste el ídolo de Fidel en su juventud, su principal fuente de inspiración.

Chibás fue el maestro de Fidel en muchas cosas: en la capacidad para convertir la política en espectáculo, en la idea mesiánica de sí mismo, en la gesticulación (el admonitorio índice levantado), en la violencia retórica, en la oratoria gritona (incluyendo gallos escapados y ronqueras).

¿Por qué entonces un gobierno que ha durado más de medio siglo no ha erigido una estatua a Chibás, ni siquiera un busto? ¿Por qué lo ha ninguneado tanto? Tal vez porque Fidel nunca le perdonó aquel comentario de rechazo, quizá porque Chibás fue un anticomunista visceral.

El Gobierno cubano ha dedicado sellos de correos y hasta una estatua a una vaca, mientras que a Chibás no le ha obsequiado ni el nombre de una calle importante. Queda en Prado 109 una tarja donde estaba la oficina del Partido Ortodoxo y que hoy es un edificio olvidado y ruinoso. Salvador Allende tiene su avenida en La Habana, Lenin tiene un inmenso parque, la princesa Diana tiene un jardín, pero ninguna gloria urbanística para Chibás. Hasta John Lennon ostenta una estatua en un parque de El Vedado, aunque los fetichistas le hayan robado las gafas, pero a Chibás ni siquiera sus espejuelos de miope le pueden robar.

Llama la atención que un personaje tan importante que ocupó las principales portadas de las revistas cubanas haya sido silenciado durante tanto tiempo. ¿Cómo es posible que no recibiera mayores alabanzas alguien cuya imagen estampada en abanicos de cartón yo veía de niño en las manos de todas mis vecinas? ¿Qué pasó con aquel líder tan popular que su voz se multiplicaba en las cuarterías de mi barrio cada vez que hablaba por radio? ¿Cómo pasó al olvido el hombre cuyo entierro fue el más multitudinario que recuerde La Habana?

Yo creo que Chibás no ha sido exaltado oficialmente, entre otras razones, porque fue un suicida. Como en toda sociedad de corte feudal, en Cuba impera una iglesia atea llamada Partido Comunista. Para la Iglesia católica todo suicida es un pecador, ya que quitarse la vida equivale a despreciar el don que Dios nos hace. Según la versión marxista-leninista-fidelista de ese dogma, la vida hay que consagrarla en cuerpo y alma a la revolución, por tanto, suicidarse es una afrenta a la revolución. Esto explica por qué tampoco se ensalzan figuras como Paul Lafargue o Haydée Santamaría.

Carone fue más lejos en sus revelaciones cuando me contó que Chibás no quería matarse. En realidad, no acertó con el disparo, pues su plan era darse un tiro a sedal en la ingle, quizá como parte de uno de sus acostumbrados shows. El líder ortodoxo era bastante excéntrico, lo mismo iniciaba una bronca a trompadas en medio de la calle que se batía en un duelo a espada. Después del pistoletazo (agosto de 1951) que ha pasado a llamarse “mi último aldabonazo”, Chibás agonizó once días en un hospital. Estando a solas con Carone, el moribundo le hizo esa confesión.

De pronto Carone me dijo:

-¿Nunca te has preguntado por qué él dijo que era su último aldabonazo? Fíjate que dijo “último”.

No supe qué contestar.

-Si aquel fue su último albadonazo, ¿no te parece que entonces hubo antes otro disparo?

Sonriendo ante mi ingenuidad, me contó que ya Chibás había hecho algo parecido. En 1939 resultó herido de bala en circunstancias nunca aclaradas. Fue un disparo a sedal que, según algunos historiadores, se descerrajó para ganar popularidad en vísperas de unas elecciones, según otros, por una perreta al ver que no formaba parte de la Asamblea Constituyente.

Como quiera que sea, para mí el legado de Chibás no es su suicidio —real o simulado, único o reiterado—, sino sus denuncias, su infinito afán de criticar cualquier abuso o corrupción ejercidos desde el poder. Lo demás fue más bien la política como una sucursal de la farándula: Batista con su bala en el directo, Fidel robándose la Campana de La Demajagua, el maletín vacío de Chibás y su disparo ante los micrófonos, los Diez Millones van, los cubanos muertos en Granada “abrazados a la bandera”… patéticas exageraciones saturadas de teatralidad.

A Cuba le ha hecho mucho daño la maldita idea de que somos un país de guerreros. A los niños en primaria deberían enseñarles no tanto ejemplos de valentía, o heroísmo, como dechados de sabiduría. En los libros de texto de la Isla abundan las páginas destinadas a los Maceo, los Máximo Gómez, los Agramonte, los Mella, los Che Guevara… Sin embargo, ¿cuántas páginas, fotos e ilustraciones dedican esos mismos libros a Capablanca, a Finlay, a Felipe Poey, a Tranquilino Sandalio de Noda, a Brindis de Salas? La palma sin duda se la llevan los guerreros. Mientras no se dediquen más páginas a las celebridades civiles que a las militares, Cuba seguirá hundida en la superstición de la violencia como único recurso para construir el futuro.

Oímos muchas trovas sobre mambises y combatientes, pero ¿cuántas están dedicadas a los genios cubanos de la ciencia y del arte? Mientras que en Cuba no le quiten el énfasis a la violencia como virtud y le otorguen el lugar que merece a la profundidad de pensamiento, al conocimiento, a la capacidad de dialogar con el que opina diferente, estaremos perpetuamente perdidos como nación. Habrá mucho “cañón de futuro”, pero ningún futuro.

El conflicto entre el poder civil y el militar se remonta a la malhadada reunión en La Mejorana y a las páginas arrancadas del Diario de José Martí. Algún día habrá que suprimir el elemento militar de la cúpula gobernante cubana si se quiere tener una nación civilizada, incluso el Ejército debería desaparecer y con ese presupuesto colosal fundar más escuelas, pues el único recurso que permite construir el futuro de cualquier nación es el fomento de la inteligencia desde la infancia.

Ese culto oficial a la violencia —que viene del “bonchismo” universitario— es lo que hoy permite que se reprima a los disidentes pacíficos. Todo ese aguaje y gritería, todos esos “actos de repudio”, no son más que chusmería política. La violencia ideologizada, todo ese catecismo de la coacción, se ha ejercido de muchas maneras, sobre todo en el siniestro colofón de todas las arengas, ese “Patria o muerte” que algún día tendrá que transformarse en otra consigna que diga simplemente “Patria y vida”.

Después de aquellos encuentros, la vida y el trabajo me llevaron por otros rumbos. Nunca más volví a ver al magnífico Carone.

Si murió, que Dios lo tenga en su gloria, junto a su Vicentina.


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