Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Celebración 26 de Julio, Machado Ventura

Siempre es 26 (por eso nada funciona bien)

Machado Ventura o el vacío absoluto

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Sin gloria y con penas el régimen celebró 63 años de derrotas el pasado 26 de julio.

La fiesta nacional cubana más importante, el supuesto día de la rebeldía nacional, celebra un rotundo fracaso, bajo la dirección de un Capitán Araña, en las escaramuzas de asalto a los cuarteles Guillermón Moncada en Santiago de Cuba y Carlos Manuel de Céspedes en Bayamo, que provocaron innecesarias muertes de ambos bandos.

Trifulcas sin las más mínimas posibilidades de triunfo, y que en el milagroso e improbable caso de victoria hubiera colocado a los asaltantes en una situación donde no sabrían qué hacer, porque no habían pensado seriamente en eso. De ahí que lo más probable en ese hipotético caso es que ocurriera un baño de sangre con muchas más muertes y luto para los cubanos, y todo por las ansias de gloria y poder de un cobarde que pretenden llamar “invicto”.

Una fiesta nacional en cualquier país constituye un día de asueto, cuando se celebran acontecimientos importantes de la historia, se reúnen familias y amigos, se comparten conversaciones, comidas, bebidas, risas, bailes, y todos lo organizan y recuerdan como una jornada agradable de celebración.

Menos en Cuba, territorio libre de América, donde los “beneficiados” con la sede del acto nacional de la celebración del fracaso deben madrugar y llegar temprano al lugar de concentración, muchos sin haber desayunado o tras tomarse una taza de café mezclado con chícharos, porque la celebración del fracaso se realiza temprano en la mañana, para protegerse de las inclemencias del sol y los calores del implacable verano cubano.

Un personaje anodino lee un discurso, previamente aprobado por “la alta dirección del país”, donde repite consignas vacías y superficialidades; no anuncia resultados positivos reales, porque no existen; y todos los asistentes están deseando que termine “la descarga” para irse a sus casas a tratar de resolver los muchos problemas cotidianos que los cubanos de a pie enfrentan continuamente para subsistir.

El resto del país posiblemente duerma un poco más en la mañana, porque no le interesa en lo más mínimo la perorata que se recita en la sede del acto central. Y también tiene que dedicarse a tratar de resolver problemas cotidianos para subsistir.

Este año el orador fue el gris y desabrido José Ramón Machado Ventura, segundo al mando de Raúl Castro y vicepresidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, por encima de Miguel Díaz-Canel, independientemente de los cargos formales.

Su discurso, como de costumbre, fue aburrido, soso e insustancial. Alabó la supuesta “visión” de Fidel Castro cuando habló allí treinta años antes. Después mencionó “logros” de Sancti Spíritus, sede del acto central este año: dijo que la provincia cumplió los planes de producción de leche y de azúcar, pero no dijo que el país produce actualmente la mitad de la leche que se producía en 1958, ni que la zafra azucarera este año fue menor que la que se lograba hace cien años en Cuba. Los dirigentes cubanos no pierden tiempo con “detalles” que no aportan nada trascendente al discurso oficial.

¿Qué más dijo el burócrata? Con estilo típicamente norcoreano, comenzó su diatriba expresando “el sentir de nuestro pueblo y de millones de amigos de Cuba a lo largo y ancho del mundo”, para enviar “la más cálida felicitación al compañero Fidel Castro Ruz, líder histórico de la Revolución, por su ya cercano 90 cumpleaños”. Hecho que no tiene nada que ver con lo que se celebraba, pero así son las reglas del culto a la personalidad.

Justificó todas las barbaridades de este decenio donde el “invicto” tuvo que apartarse por razones de salud, y atiborró su catilinaria con soporíferas cifras de cantidad de reuniones realizadas para discutir documentos del tedioso séptimo congreso del partido, así como cifras de participantes, intervenciones y propuestas, lo que no interesa a nadie. De problemas concretos resueltos o soluciones específicas para enfrentar la crisis que atraviesa el país —que ellos llaman dificultades coyunturales, porque las crisis son para el resto de los países de mundo, no para el paraíso castrista— no dijo nada. Porque no tenía nada que decir.

Habló de lo mal que se vivía en Sancti Spíritus antes del triunfo de la revolución y lo bien que se vive ahora, es de suponer que gracias a la libreta de racionamiento, colas, escasez de productos alimenticios, vestuario, transporte, cortes de electricidad, precios por las nubes, salarios que no alcanzan, doble moneda, insalubridad, viviendas derruidas, y deterioro de la salud pública y educación.

Mediocre discurso de 2.245 palabras donde no dijo algo que valiera la pena. Expresión perfecta del vacío absoluto. Mientras las cosas en Cuba empeoran diariamente, ninguna mejora o ni siquiera funciona adecuadamente, donde todo es un desastre, el discurso de un mayoral de segunda categoría no tiene la más mínima importancia.

En definitiva, siempre es 26 en la finca de los Castro. Por eso nada funciona bien.


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