Actualizado: 24/11/2017 16:37
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Literatura, Literatura Cubana

“El arma secreta”, de José M. Fernández Pequeño

De este libro vamos a recordar sin duda a los personajes, pero a la par las tramas por donde estos se desenvuelven con sus caídas, aciertos, rencores y mendicidades

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Con este libro, José M. Fernández Pequeño (JMFP), nacido Bayamo, Cuba, en 1953, mereció el “Premio Nacional de Cuento José Ramón López” que otorga anualmente el Ministerio de Cultura de República Dominicana, país donde JMFP residió durante 14 años antes de radicarse definitivamente en Miami.

Bajo el rótulo de Cuento suelen publicarse piezas narrativas que, en ciertos casos, se apartan de la definición que algunos le dan al género, al afirmar que este debe mostrar brevedad, intensidad, tensión. Pero sobre todo brevedad. O sea, que el cuento es algo así como narrar lo que le ocurre a alguien en el trayecto que demora en cruzar la calle, y “lo demás”, lo que no es cuento, por qué esa persona cruzó esa calle específicamente y qué sucedió después de cruzarla.

En ese “lo demás”, ¿qué ubicamos? Pues diríamos que el relato —que, en verdad, ¿acaso deja de ser un cuento?— o la novela corta o eso que llaman noveleta, o propiamente la novela.

Todo lo anterior, en mi opinión, son acercamientos a un género, y que jamás, para el bien del arte literario, dejarán de ser eso, un acercamiento.

Se afirma asimismo que del cuento propiamente dicho se recuerda la anécdota, de la novela, más que todo, los personajes.

Visto así, de “El arma secreta” —recientemente publicado por Editora Nacional, de República Dominicana— vamos a recordar sin duda a los personajes, pero a la par las tramas por donde estos se desenvuelven con sus caídas, aciertos, rencores, mendicidades, etcétera, y las peculiaridades de la interactuación entre personajes de distintos estratos sociales o de diversas posiciones en un medio determinado, así como esbozos de crónicas acerca del medio social. Es decir, estamos hablando de relatos, la mayoría de cierta extensión, o en algún caso de novela breve. Esto ocurre tanto en los cuentos que se localizan en Santiago de Cuba y los que transcurren en República Domnicana.

En El arma secreta, conformado por nueve narraciones —147 páginas—, JMFP, en varias de ellas, incorpora elementos de lo onírico o lo simbólico o lo absurdo o lo paranormal; pero esto no obsta para que los relatos sean clasificados, sin dudas, como eso que solemos llamar “realismo”.

No hay en El arma secreta lo que con exactitud podríamos definir “unidad de asuntos”, lo que más bien nos referiría a lo que generalmente se determina como un ciclo de cuentos o que algunos literatos, a mi modo de ver erróneamente, llaman “unidad temática”, siendo que los temas, como ya sabemos, están determinados para siempre desde que el hombre comenzó a pensar y sentir, si bien no hay por qué negar que cualquier acontecer humano podría alcanzar el rango de “tema”.

Que se me perdone la pedantería en el párrafo anterior, cuyo propósito mayor no es otro que ofrecer constancia de que, en seis de las narraciones del libro que nos ocupa, el estilo hace la unidad, sin olvidar que los asuntos tratados sirven, en este sexteto, tal vez para conseguir la alta prosa que en él demuestra JFMP. ¿O será que, como afirman tantos escritores e investigadores, en los relatos aludidos es donde, con muy altos quilates, JMFP puede desplegar eso que algunos llaman “registro” y otros “la voz y mundo” justos de un autor.

De cualquier manera, los seis relatos que a continuación detallo son, más que el resto —puesto que ya lo sabemos, todo es relativo—, exponentes del notable oficio del autor, de su formidable capacidad de imaginación, para la exposición realmente original de una historia afianzada además en la intensidad y la tensión, más en lo primero que en lo segundo. O sea, lo que ya sabemos de viejo: la supremacía de la forma, lo cual decide el éxito o el fracaso de toda obra de arte.

“El arte de roncar” (Pág. 13), 17 páginas, se desarrolla en República Dominicana. Clara, una mujercita más bien anodina, que hace poco ha venido a vivir al barrio, resulta la protagonista —aunque más bien evocada– de este relato narrado en primera persona, mediante un narrador por cierto muy creativo, quien gusta de leer historias de policías y delincuentes y nos va exponiendo los puntos de vista, los decires de los personajes implicados —Eutimio, la doctora Carmen, el frustrado músico don Antonio, Rosendo o el Coronel— acerca de ese asunto tan raro del cual se culpa a Clara: unos ronquidos que, en la madrugada, se van apoderando de toda la vecindad, aun de la comunidad y que ponen en jaque hasta a la Policía. ¿Pero será en verdad la casi siempre ausente Clara, la responsable de esos ronquidos que, a algunos, les huelen “a chocolate” y para la mayoría resultan diabólicos? Pero “¿cómo podían estar seguros de que el ronquido venía de esa ventana [la del apartamento de Clara]. Nadie sabe explicarlo”, se pregunta el narrador.

De este modo, JMFP crea un escamoteo de la realidad que va en provecho de la intensidad de la narración y del interés por la misma. En este relato, que involucra a diversos personajes, como hemos visto antes, se incluyen asimismo variadas localizaciones, costumbres, idiosincrasias del barrio, la ciudad. Esto, y todo lo antes dicho, mediante una lectura en sentido recto. Pero, como otras piezas del libro, mucho más, mucho más hallamos en él cuando nos remitimos a la simbología, al mensaje que se va descifrando, sin que se requiera un esfuerzo descomunal para ello, por debajo de cada movimiento narrado.

“Un cierto escalofrío” (Pág. 31), 18 páginas y un texto de excelencia que se desarrolla en Santiago de Cuba. Aquí el autor se vale de la tercera persona para referirnos el devenir del hacedor y vendedor de pasteles Epifanio (“Al nacer le pusieron un nombre funesto”), “fortachón”, “muy alto”, quien guarda en su memoria un olor; y ese olor, cuya percepción se va transformando, según el caso y según los aconteceres diarios —el relato se desarrolla durante el cambio político en Cuba de 1958-1959— , es el que nos llevará por un viacrucis y otro de los que debe transitar Epifanio, quien alguna vez no logra comparar con “algo conocido aquel olor granuloso y burbujeante” que siente en cierta ocasión; precisamente en el momento o etapa en que mucho de su entorno comienza a cambiar por un decreto superior.

En este relato, el autor, aludiendo a aconteceres absurdos y basándose precisamente en este recurso, encumbra a Epifanio como personaje, pero, lo más novedoso, decía, es que por medio de la singularidad que posee este para identificar, mediante su gama de olores, tanto lo abstracto como lo concreto de los cambios sociales y políticos que a su alrededor suceden, nos va dando los inicios de una etapa “real”, de la realidad circundante, digo, que superaría todos los absurdos.

Varios y variados son los personajes con que debe “forcejear” el buen Epifanio en esta narración, asesorado siempre por su esposa, Domitila, quien la mayoría de las veces actúa mediante una poderosa intuición.

“Rebeliones” (Pág. 49), 14 páginas. Narrado en primera persona, se desarrolla en República Dominicana. La dignidad es el tema central de esta narración: el ingeniero Marcos, antes que humillarse, toma una decisión que lo sitúa en cierto umbral que al parecer no lo llevará a buena estancia. Marcos es un tipo frío, desencantado, eje de un triángulo amoroso al que no le pone mucha sazón y que gusta de quejarse de “la feminoide exactitud de los informáticos”. Esta narración es una de las que más se acerca a la novela breve; por ejemplo, veamos que, entre los diversos personajes que surgen, la madre de Marcos funge, más bien, solo como un “acomodamiento” narrativo para dar el punto de giro hacia cierta trama.

“El cíclope” (Pág. 63), 16 páginas. El núcleo de este relato no es novedoso; sin embargo, el autor lo salva mediante una propuesta que en ningún momento va a dar el chiste con barniz literario (algo que ocurre en abundancia cuando se trata de un asunto literario semejante): a Marcialito le nació, le fue naciendo un ojo en la frente, y esta anormalidad va tejiendo una serie de anécdotas, por medio de un narrador omnisciente, que más bien busca alumbrarnos en cuanto a lo difícil que resulta para los seres “normales” aceptar la condición del Otro, del distinto; y asimismo el ventajismo que, en cierta “desgracia” ajena, tratan de aplicar los seres cínicos y a la vez poderosos. Sin determinados encantos de los relatos antes citados, “El cíclope” puntea entre ellos.

“Pongamos por caso” (Pág. 83), 16 páginas. Se desarrolla en República Dominicana. Uno de los mejores textos del libro, si no el mejor. Bueno, un texto excelente, valdría decir. Escrito básicamente en primera persona, en este relato JMFP hace muestra de esa notable imaginación a la que nos referíamos en las líneas anteriores, a la par que cruza varias historias hacia el núcleo fundamental de la narración. ¿Quién será esa mujer que, en el piso de arriba, taconea justo sobre el dormitorio del protagonista, quien, ya lo imaginan, vive en el piso de abajo y que al fin consigue un insomnio que lo atribula, mientras intenta adivinar hacia dónde camina la “taconeadora” inquilina de arriba, qué gestos hace, qué posiciones toma, con qué ropa se viste luego de haberse desvestido, desvestido paso por paso, vale aclarar. Pero hay más… ¿cómo será posible hallarnos con esas mujer?, ¿cómo lograremos verla, en fin?..., y así aparecen, mediante uno y otro personaje opinante, una tensión que, unida a las demás anécdotas paralelas a la trama mayor, nos lleva por ese camino de la subjetividad por el que, sin duda, quiso conducirnos el autor, y lo logró.

“El ombligo de maría B” es otro relato de excelencia. Se desarrolla en República Dominicana. Escrito a dos tiempos, sus temas principales son el oportunismo, el narcisismo, la perversión, entre otros males, encarnados en el Decano; con quien Osvaldo, el personaje principal y escuchador-padeciente de unos “ruidos” variables que le resultan como otro sentido para la percepción del entorno, incluidos los seres humanos que se hallen en este, se traba en una batalla abstracta que, por razones que ya veremos, le resulta desgastante.

Pero lo que hace ascender hasta lo exquisito a este relato es un punto de giro —sorpresivo en verdad— que mete a Osvaldo y su desencanto, por un trayecto, por momentos dudoso, en otros rotundos, cuando aparece María B. Como suele ocurrir en la vida real: cuando en el momento, sitio y estado emocional menos concebidos, surge el camino que nos saca de la encrucijada en que nos hallamos quizás para llevarnos a otra. María B resulta un personaje femenino inolvidable y poco frecuente en la literatura de por acá, gracias a la percepción que el narrador nos va dando de ella (hago énfasis: gracias a la percepción que el narrador nos va entregando de ella); ya verá el lector por qué.

Asimismo, en esta narración JMFP hace gala asimismo de la sabiduría, más que de la sapiencia, y de sus notables dotes para la descripción, precisa, sin alardes retóricos en ningún caso, según mi entender más que en los relatos antes señalados. Como “En pongamos por caso”, en este la novela nos hace un guiño constantemente.

Leído hasta aquí, se preguntará el lector de estas líneas por las tres piezas del libro que no he mencionado.

Digo:

“Los conquistadores”, (1 página) que funciona como una suerte de pórtico de “El arma secreta”, sin duda una exposición de hermoso y bien filtrado lenguaje poético, una reflexión muy atendible en cuanto a la relatividad de vencedores y vencidos, sin embargo, no juega ningún papel en cuanto a lo esencial del volumen.

“Imperfecciones” (Pág. 79), 3 páginas, por lo esquemático, lo árido, lo poco novedoso de su anécdota, no tiene nada que hacer en un libro de este tamaño cualitativo.

“El arma secreta”, que le da título a la obra, aunque bien escrito, si tomamos en cuenta que todo es relativo, no da el ancho, por su propuesta de contenido y por una forma que se aparta totalmente de la utilizada en el resto del volumen, para clasificar en el conjunto. O sea, desentona. Amén de que su final, al menos a mí, no me convence.

Bien, lo que quisiera decir es que estas tres últimas piezas citadas, en caso de haber sido yo el autor o el editor de “El arma secreta”, las hubiera excluido con el propósito de otorgarle aún más realce a un libro que por sus tantas virtudes, deberá ser bienvenido no solo en los dos países en los que se desarrollan sus tramas, sino además en cualquiera de aquellos en donde anden en busca de la buena, muy buena narrativa.


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