Actualizado: 22/10/2021 20:51
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Música

Ese swing que no cesa

El nuevo disco de Boris Larramendi es la prueba de que ha alcanzado una envidiable madurez en su estilo.

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Escucho en estos días el disco Libre, de Boris Larramendi, no sin cierto asombro. Un asombro doble, si tengo en cuenta que conozco su música hace veinte años, tiempo suficiente como para descartar el factor sorpresa. Cuando se conoce tan bien una obra, se tiende a buscar en ella la comodidad que se encuentra en compañía de viejos compinches, no los sobresaltos de lo desconocido. Tratándose de Boris, no debí hacerme ilusiones. Y es que tiene cierta lógica que en un disco titulado Libre evitara las redundancias que conlleva esa palabra.

En Libre, Boris se entrega a una escrupulosa redefinición de sí mismo. No se trata de renunciar a las que han sido sus señas de identidad tanto con Habana Abierta como en solitario: un desparpajo furioso y gozador, y la avidez con que se aproxima a todos los géneros musicales que le son afines, desde el rock hasta el feeling; letras divertidas y profundas con paradojas imprevistas y reveladoras; su capacidad para juntar lo social y lo íntimo en la misma canción, la misma línea, en un solo grito.

Las sorpresas de este álbum, en el orden musical, pueden intuirse en la calidad de las colaboraciones que incluye: desde la portada minimalista del pintor Carlos Quintana hasta el acompañamiento en los coros de sus ex colegas de Habana Abierta (Luis Barbería, Alejandro Gutiérrez y Kelvis Ochoa), o el piano redentor de Roberto Carcassés; desde la batería del solicitadísimo y versátil Horacio El Negro Hernández (quien también es coproductor del disco), hasta las congas de Richie Flores, alguien que tiene en su haber colaboraciones con Eddie Palmieri, Cachao, Jack Bruce, Dave Valentin y buena parte de los proyectos de jazz latino más interesantes de las últimas tres décadas.

No es asombro menor que en el disco de un cantautor, la percusión —con un pie en el rock y otro en los ritmos afrocubanos— sea uno de sus puntos más sólidos. A juzgar por los créditos, se trata de una empresa doméstica y transnacional donde la esposa del músico, Ivette Falcón, pone el cello, la hija canta en los coros y los arreglos son completados con grabaciones hechas en Nueva Jersey, Lichtenstein, La Habana y Madrid. Pero más allá de los nombres y lugares implicados, lo decisivo parece ser la visión de un músico que ha alcanzado una envidiable madurez con la que dar sentido a tanto esfuerzo.

Olvidar las convenciones

Luego de la impresión inicial, uno vuelve a Libre porque es tan inevitable regresar a este disco como a ciertos amigos o vicios. Y en medio de su música trepidante, se descubre un riguroso ejercicio de introspección. Sin dramas ni melancolías, porque es la confesión de quien ha vivido una vida veloz y plena, y no viene a aguarnos la fiesta. Sí a destruir el viejo prejuicio de que la alegría está reñida con la inteligencia. Donde Silvio Rodríguez advertía sobre los "tantos motivos para no reírse como hay", Boris prefiere cantar: "Vamos a celebrar como si hubiera motivo", para luego advertir: "No pares de bailar ni aunque me ponga profundo".

Este disco trae consigo una estética inspirada en una frase de Duke Ellington: "It don't mean a thing if ain't got the swing" (traduzco vagamente: "nada significa nada si no tiene swing". Y una ética: la de ser estrictamente fiel al ritmo profundo de su autor, a sus hallazgos más íntimos. Y puede llamarse Libre sin sonrojos, porque el músico vive la libertad que proveen ciertas constituciones. Esa, la de afuera, es sólo el primer paso, que da sin timidez: "A Ti [con mayúsculas de Big Brother o el Mal] ya no te vuelvo yo a pedir permiso / a Ti ya no te vuelvo yo a decir que sí / por mí puedes meterte to' Tu paraíso / donde mejor Te quepa / si Te hace feliz" (Libre).

Pero Boris no se conforma con tan poco. También ha conseguido liberarse del barullo externo que acompaña cada existencia para concentrarse en las tres o cuatro verdades que le ha costado toda una vida descubrir. Puede decir, por ejemplo, que "La verdad de vivir / es que nunca te enteras de nada"; o después de probar "la aspirina y las setas" y "la yerba, la nieve, el alcohol, el comunismo, la otra careta", darse cuenta de que "tu meneíto me sabe mejor" (Meneíto); o advertir con tono bíblico y lógica comercial: "comprarás con dolor / cada instante feliz / la tristeza ya te la regalan" (Ridícula emoción).

Este disco, ya lo he dicho, es un acto de madurez. La madurez que le permite afrontar la terrible sencillez de la vida sin muchos aspavientos, sin virar la cara. "Y ahora mira el miedo de frente / imagínate que no hay Dios / cada instante acerca la muerte / ¿Para qué estás vivo?" (Aferrado a ti). La madurez de quien ha aprendido a vivir con esas dudas.

Boris tampoco parece temerle a cuestiones sensibles a todo emigrante. "¿Fue mala idea abandonar lo inolvidable?", se pregunta y admite con honestidad tranquila que no sabe: "hay quien prefiere repetir, yo preferí probar, hay quien prefiere resistir, yo preferí pirar" (Calle de amores). ¿De dónde saca fuerzas para permitirse el vértigo de la nostalgia, para decirle a un viejo amor: "El socialismo mi amor / qué bien te quedaba / El grito del director / qué bien te quedaba" (Qué bien te quedaba), y aclarar en otro verso que "de nostalgia no se vive" (Mirando nevar)?

Sospecho que su fuerza emana de la misma osadía con que ha hecho este disco. Su confianza es la de quien ha sabido asumir los rigores de la libertad y ha decidido aprender de cada error y cada goce. Y de alguna manera sabemos que cuando repite su mantra —"Voy paseando con mi niña no me tiemblan las rodillas ni me duelen los dolores" (Calle de amores)— no quiere conmovernos, sino mostrar su punto de equilibrio, su fuerza. La misma con la que puede decir: "Ya en mi pecho amaneció, ya no me duele" (Cuando cambie), sin que parezca ridículo.

Tanta es esa fuerza que Boris llega a darse el lujo de ser humilde, algo casi impensable en un músico cubano . Y hasta ofrecer sus talentos en un pregón (Calidad, Caridad) para ironizar con las quejas más frecuentes del gremio de los músicos extramuros: "Que to' mi público está en Cuba / que aquí los medios no me ayudan / que aquí no bailan con la clave".

Si la honestidad fuera un mérito estético, la de Libre bastaría para convertirlo en un gran disco. Pero Boris, que parece saber que —en términos musicales— tal virtud es opcional, asume a rajatabla el precepto de Ellington: el swing ante todo. Y de eso trata también Libre: de olvidar cualquier convención que le estorbe en la búsqueda de una gracia que a otros suele resultarle tan elusiva. Y así consigue, canción tras canción, "ese swing que no cesa".


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