Actualizado: 16/11/2018 9:59
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Literatura, Literatura cubana, Cuentos

“Hierba nocturna”, de José Lorenzo Fuentes

En esta obra el autor se aparta, insinuábamos, de algunas de sus obsesiones aparecidas en sus libros anteriores

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En esta entrega, José Lorenzo Fuentes (JLF), quizás el más grande cuentista cubano vivo, nos entrega un libro en el cual hallaremos varias vertientes de asuntos, y por consiguiente de tonos, utilización de puntos de vista narrativos y manejos del lenguaje, así como disímiles locaciones. Una mixtura, esta vez.

Como sabemos, su obra cuentística, en sentido general, se centra en la asunción de la historia a contar mediante un muy efectivo manejo del Absurdo, en lo propiamente fantástico y, en ocasiones, sus relatos, casi siempre de cierta extensión, trabajan esa línea imprecisable que debe haber entre el sueño y la vigilia. En todos los casos, se infiere, la alusión, la polisemia, van a dar, por qué no, a la moraleja; unas veces más detectable que otras.

Uno de los temas recurrentes de JLF ha sido la mujer, su belleza, la carnalidad; ya ven que no digo el “amor”, sino la mujer como tema —que bien lo vale— y con toda intención he escrito “carnalidad”.

En Hierba nocturna, recientemente editado por Alexandria Library, de Miami (dicho sea de paso, una de esas ediciones bellas, convidantes, tanto que solo de verla alguien puede sentir deseos de comprar el libro sin saber de quién es y de qué trata), JLF se aparta, insinuábamos, de algunas de sus obsesiones aparecidas en sus libros anteriores y se mete por otros caminos en los cuales no obstante se advierte la brillantez del autor, aun fuera, digamos, de sus principales credos literarios.

Una parte de los relatos (que relatos son, para ser más justo) de Hierba nocturna son extensos, con introducciones en ocasiones largas y portadores de subtramas y digresiones que apuntan hacia la novela breve.

Los tres primeros, “Hierba nocturna”, “El verde secular de los Humara” y “Mejor que imaginarlo”, terminan en la página 59. En estos, JLF fuente se ocupa de la saga de los Humara, desde Alfonso hasta Pastor, quien “nunca relató con anchura los pormenores ciertos del recorrido por medio globo terráqueo que le permitió salir de Galicia a finales de un siglo y arribar a La Habana a principios de otro...”

He citado este fragmento con toda intención: estos tres cuentos van de una latitud a otra y de una a otra zona de la historia; aun nos topamos en ellos con Simón Bolívar y Manuela Sáenz, “una celebridad de mal agüero”.

Pero bueno, para mí, lo más importante es que en las piezas citadas JLF utiliza lo mejor de sus recursos narrativos, ya citados en las primeras líneas, con un efecto verdaderamente impactante. Algunos de los subtemas de estos tres relatos son el delirio de persecución, el adulterio (tema antes tratado con constancia por el autor) y ese contrapunteo entre el sexo y el amor (sea este lo que fuere), algo que confunde, con intensa fuerza dramática en este caso, a Pastor Humara para con Florinda. En uno de estos tres relatos, asimismo, se aborda el “mal de amores”, con derivaciones tales, que las páginas correspondientes a este pueden sacar del asiento al más flemático de los lectores.

Los dos textos subsecuentes, “El chivo y el brigadier” y “El cielo del general” se hallan en esa línea del Absurdo que antes citaba y se desarrollan en La Habana de la década de 1950 aproximadamente, varias localizaciones y costumbres —no precisamente las más primorosas— de esta ciudad se hallan descritas con mano maestra, con conocimiento de causa; crónicas que, aunque se supone que estamos hablando de ficción, no estaba bien que se perdieran para el lector no enterado. Absurdo a fin y al cabo, JLF se vale de la hipérbole con el tino que nos tiene acostumbrados. En este par de textos nos vamos a encontrar con una dama con todas las trazas de padecer (¿será en verdad “padecer”?) furor uterino, y a alguien que carga con “una pesadilla de sangre, desollar perros callejeros o gatos sarnosos para suministrarles carne a los puestos de fritas de la calle Zanja”. En cuanto a estructura, la vuelta que el autor da a la anécdota en “El chivo y el brigadier”, es, sencillamente, magistral.

El siguiente relato, “Cerámica roja”, se emparenta con los dos anteriores en cuanto a la época tratada, aquí JLF se vale tanto del sueño fisiológico como del “otro”, para entrarle a un asunto que no corresponde en verdad a su principal registro narrativo. También en este texto la crónica de la Habana de la década de 1950 tiene un fuerte peso, pero ahora se suman personajes populares emblemáticos de aquella época. Vitico —”enfermo al seno”, de mujer, como el mismo declara— o Muñequito resultan un duo sobresaliente, amén del cabo Pérez. Mas, en el relato se cruzan tiempos y espacios que van más allá de La Habana y de Cuba misma, mediante retrospectivas que nos vuelven a traer, magia mediante, otros personajes históricos aludidos en los cuentos anteriores. La confusión es el emblema de la muerte en este relato. En mi opinión, este texto, al final, se pasa en cuanto a lo críptico se refiere.

“Mesa de tres patas”, igual en la misma época, narrado en primera persona, tiene su principal enfoque en una especie de tertulia nocturna que suelen realizar cuatro amigos en un cafetín de la calle Ánimas. Desde el inicio de la narración, palpita esa posibilidad de que uno de los cuatro —el narrador, Cuso Simeón, Bernardo Pi y Rodrigo Sardiñas—, atendiendo a los temas de la política nacional y a las vehementes expresiones en contra de esta de uno del cuarteto, faltará alguna vez a la tertulia. Como elemento de un presagio en sordina, la lluvia está presente con constancia durante las acciones del relato, que como lo sospechábamos, concluye con la partida para siempre de uno de los amigos. Veo en “Mesa de tres patas” un homenaje del autor para un amigo que alguna vez formó parte de su “vida real”.

“La estación de la sorpresa”, ¿un cuento?, ¿un poema para la niña cuando se hallaba precisamente en esa etapa de la vida que llaman la edad de la sorpresa? Sea lo que fuese, es una pieza sobresaliente de Hierba nocturna, un canto dicho desde la sabiduría más que desde la sapiencia, desde la fantasía, no desde lo fantástico, una suerte de himno que sirve de descanso y acicate para el lector cuando ha llegado a esta altura del libro. Dice el “pescador”: “Gloria —pienso que voy a decirle a la niña cuando llegue—, mira, he pescado el mundo y te lo traigo de regalo. Cuídalo y juega con él y diviértete, que dicen que es muy entretenido”. Y consta: “Creo que un hombre satisfecho nunca llegará a ser un gran pescador”.

“Las estribaciones del cielo” (30 páginas) resulta casi una inconsciente batalla amorosa, esa aberración entre Damaris y Dionisio Sampedro, “el rey de colchón, el más toletudo de los hombres que merodeaban La Habana Vieja”. Esta narración se desarrolla en la década de 1990, durante el florecimiento de las “jineteras” (en Cuba, prostitutas). La relación puteril de Damaris con el italiano Salvatore, quien según refiere ella misma “no le daba respiro, toda la larga noche con el pene erecto como si tuviera veinte años”, se toma, con sus peripecias chispeantes, casi todo el centro de la historia. El relato se comparte cuando junto a la puerta de la casa del “más toletudo” aparece un grafiti que así dice: “Maricón”, y de este modo surge un estado de paranoia en la mente de Dionisio Sampedro, excepcionalmente trabajado por el narrador, que lo llevará, y nos llevará como lectores a niveles de suma tensión. Debido a su relación con un santero, y a la par con varios amigos, como Pitín el Cojo, Dionisio llega a conclusiones o percibirá influencias a veces divergentes, como esta: “Ninguna persona intoxicada de la peor manera de hacer el sexo, es decir prescindiendo del amor, había logrado su conversión, ninguna había ascendido a los altares...” La pregunta es: ¿quién ganará la batalla, a veces no declarada, sobre todo por Dionisio, entre este y Damaris, su presencia? Lean el cuento.

“El último viaje en avión”. Aquí aparece de nuevo Damaris, ahora en volandas con un español nombrado Miguel Hernández, “como el poeta”, quien ha visitado a una cartomántica en los portales de la Plaza de la Catedral y esta “le había pronosticado que la muerte lo rondaba”. Así, Miguel Hernández, entre otros cuidados, conduce su auto rentado con precaución, aun, en cierto momento, abrasado por los deseos de tener ya a Damaris, ese “firmamento de pecas que en el nacimiento de los senos de la muchacha se había exacerbado a causa de cuatro horas sin sujetador, boca arriba en la arena, con todo el sol de Varadero enfocado en su piel”: recuerda la sentencia de la cartomántica. Miguel Hernández comienza a aterrarse: ¿se cumplirá al vaticinio de la echadora de cartas?: ¿morirá durante su regreso a Madrid a causa de la caída del avión?, porque esto, según su entender, es la mayor probabilidad que tendría de morir, según cómo transcurre todo a su alrededor. Pero la lujuria que quema a Miguel Hernández por Damaris, lo llevará a cometer un error fatídico.

“Maniobras del tiempo” (8 páginas), y “El hombre verde” (7 páginas) cierran el libro. Uno de los personajes principales de este par de historias podría afirmarse que es Thalo, un gato, que ya ha muerto, y Beatriz, su dueña, que igual ya no cuenta entre los vivos, y así, para el narrador, esposo de Beatriz, “Desde entonces comenzó mi martirio”. En estos relatos, JLF esgrime sus recursos de gran ficcionador para trasvasarle al narrador ese no dejarse abatir por un rival apócrifo que, en su mente, lo ha estado atormentando desde siempre, “A falta de un rival, hay que inventarlo para satisfacción de la vanidad. Sin el opuesto no se puede vivir”, dictamina el protagonista. Pero el rival cierto, real, aparece. El adulterio. Un amigo, un buen amigo que junto al narrador —demasiado permisivo en ciertos casos—, contempla a su mujer, ahora Eugenia, junto a Mauricio, bañarse en la piscina de la casa. “Qué hembra, murmura Mauricio —lo cual llega a los oídos del narrador—, “incapaz de ocultar el fuego de la próstata que ella le provocaba en el instante preciso en que, ya dentro del agua, se deshacía del sostén y dejaba que sus pechos simularan flotar en aquella superficie azul”, cuando antes, “bajo la tela transparente de la camiseta”, resultaba imposible no contemplar “sus pechos de pezones morados”. “El hombre verde”, final del libro. Thalo, el gato, entra en el Salón de los Espejos, es decir, más allá del alcance humano, y se aterroriza. Antes, en su otra vida, ha tenido otros dueños que no son los de la historia anterior. En algún momento, el gato desaparece y por más que sus dueños indaguen, no lo hallan. Ya se ha dicho: él se fue, entró al Salón de los Espejos, “al otro lado” y se aterrorizó cuando “Cientos, miles de gatos que tenían sus mismos ojos lo miraban con idéntico desconcierto”. Thalo, “con cierto malestar”, reflexionó que “Multiplicarse es también dividirse”. De nuevo el adulterio, lo cual ocurre entre las líneas de “el más acá” y “el más allá”. Y ahora Thalo, casi humanizado, casi, toma cartas en el asunto, venganza, desquite tal vez, y procede: “Estaba escrito”, balbucea, y agrega “No podía ser de otro modo, aunque sea la última vez en mi vida”, y avanza hacia la cama de la adúltera Odilka.

José Lorenzo Fuentes (Santa Clara, Cuba, 1928), a sus 87 años continúa su labor de escritor en grande. Y que siga. Que siga.


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