Actualizado: 15/11/2018 8:55
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La Arelys de José Lorenzo Fuentes

El escritor José Lorenzo Fuentes ha merodeado la llamada parapsicología y escrito algunas obras sobre el tema. Las vidas de Arelys es un ejemplo de ello

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José Lorenzo Fuentes tiene en su haber un clásico de la literatura cubana, Después de la gaviota, un libro de cuentos que, apuntaba el que suscribe a raíz de su reedición en 2008 por la editorial miamense Iduna: “resulta un manojo de cuentos que, en la medida en que pasan los años, se mantiene imperturbable mirándonos desde esa cima adonde la pátina del tiempo no puede llegar”. En un portentoso prólogo a la citada edición, el destacado escritor y crítico cubano Amir Valle cita la opinión que, sobre Después de la gaviota, le diera a conocer otro de los más sobresalientes autores cubanos, José Soler Puig: “Es un libro único. Y tiene, creo yo, un ambiente raro que lo baña todo. Y ese halón que siempre te dan los cuentos majestuosos”.

Desde entonces, Fuentes merodeaba la llamada parapsicología y ha escrito algunas obras sobre este tema que han tenido un notable impacto tanto en el público como entre los especialistas. El libro que hoy nos ocupa, Las vidas de Arelys, resulta una impresionante narración con ciertos ingredientes de lo parapsicológico. La obra, publicada por Ediciones Atenea, consta de seis partes y 116 de páginas (más algunos anexos), suficientes para que el autor nos introduzca en una tensión desde el inicio hasta el final de una narración que abarca varias locaciones y épocas: desde el Miami de hoy hasta la Rumania del rey Carlos de Hobenzollern en el siglo XIX, pasando por el guerrero, también rumano, Esteban el Grande, quien viviera en el siglo XV. Pero los dos ejes principales de la acción recaen en la contemporánea Arelys, la paciente (aunque no estoy seguro de que este sea el término correcto), y la reina rumana Isabel de Wied, cuya vida amorosa junto al rey Carlos es una muestra del enfrentamiento entre el misoneísmo de éste y la pasión literaria de la reina, quien publicaría sus textos —que aparecen en antologías junto a Rudyard Kipling, Herman Melville, Honorato de Balzac, Alejandro Dumas, Edgar Allan Poe, y otros—, bajo el seudónimo de Carmen Sylva. Sí, José Lorenzo Fuentes trabaja en esta narración con personajes y hechos reales, pero no nos dejemos llevar por eso, el autor muestra la pericia suficiente para escamotear esta realidad y dejarnos en ese terreno en que lo real es totalmente real en la medida en que no lo es tanto, y lo onírico viene a reforzar lo real. De eso se trata.

Arelys, mediante la regresión, la hipnosis, la meditación, es el canal que, sobre todo, nos conducirá a la Rumania del siglo XIX —las intrigas palaciegas, las costumbres, las artes de aquellos tiempos en el país europeo. Y digo sobre todo porque la novela, mediante la sabia mano del autor, se escurre entre no pocos vericuetos del tiempo y el espacio, con lo cual Fuentes logra llevarnos hacia un lado y otro, y así, en la medida en que no hemos terminado un fragmento ya estamos ansiando que nos sea propuesto el siguiente.

Quien haya seguido la obra de este autor creo que coincidirá conmigo en que la inventiva del lenguaje no es uno de sus recursos narrativos. Por el contrario, José Lorenzo Fuentes utiliza un lenguaje, digamos, primigenio y que no desdeña la frase establecida. La fuerza principal de este narrador consiste en lo inusitado de la trama, en las propuestas sorprendentes a partir de algo que al inicio nos pareciera baladí. Y fundamentalmente en las peripecias técnicas en cuanto al punto de vista narrativo. Así, en Las vidas de Arelys hallamos varios cambios de puntos de vista que, cuando nos paramos a reflexionar, concluimos que sin éstos no hubiese sido posible lograr la armazón narrativa eficaz, pero esencialmente el dinamismo y la síntesis que adquiere la historia contada. Para muestra convoco al análisis del narrador omnisciente en que se convierte la reina Isabel de Wied que, de inmediato, según le convenga al autor, es transferido para la hermosa, engreída y amadora de la reina, Helena Vacaresco. Son certeros asimismo los cambios de los tiempos verbales, que si bien es un recurso que corre a lo largo de la acción, remito, como ejemplos, a los que hallamos en las páginas 39 o 76; lo más destacable es que estos cambios están deslizados como al desgaire, de manera que el lector trague sin saber que traga, algo básico en un escritor. De este modo la prosa nos invita a correr sobre ella o detrás de ella sin que apenas nos demos cuenta.

En Las vidas de Arelys son tratados varios de los llamados temas eternos. El estoicismo del niño Otto —quien a la par resulta una parábola sobre la nobleza—, condenado a vivir limitadamente desde su nacimiento, y quien, cuando mira a unos niños que juegan felices en el césped, pregunta: “¿Es verdad que esos niños no tienen dolor?”, y al escuchar que su interlocutor le responde que no, agrega: “Oh, cuánto me alegro”. El conflicto del rey Carlos entre el amor, sus deberes y la ingenua pasión de la reina por su amiga (de ella) Helena Vacaresco. El odio “colectivo” contra el prójimo que ha caído en desgracia, en este caso la reina. La lealtad está representada en Marcela, la camarera de la soberana. La traición en el secretario Shaeffer y, más acá en el tiempo, la solidaridad infinita en Frank Lewis.

Destaco aparte una escena erótica (pág. 70) entre la reina Isabel de Wied y su amiga Helena Vacaresco. Al menos yo, creo que muy pocas veces antes había leído un encuentro carnal tan fino y a la vez tan totalizador entre dos mujeres. En este aspecto, aunque sin consumación de ningún tipo, debemos agregar el escamoteo que nos ofrece el autor entre Arelys y el narrador-psicoanalista.

Con este libro, José Lorenzo Fuentes mantiene su escaño como uno de los mejores narradores cubanos vivos.



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