Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Diseño gráfico, Pintura, Música

Elegguá y el destino cubano

Entrevista a Tony Évora, periodista, profesor, animador cultural, artista plástico, diseñador y musicólogo

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Cubano por nacimiento, idiosincrasia y por su extraordinaria vitalidad creativa y humana, Tony Évora (La Habana, 1937), se enamoró de la música a los once años de edad, en el Instituto Edison de La Habana, y le mantiene una fidelidad a prueba de exilios. Licenciado en Bellas Artes, fue diseñador de Lunes de Revolución y el primer director artístico del Instituto Cubano del Libro, donde realizó las sobrecubiertas de decenas de títulos técnicos extranjeros fusilados sin pagar derechos de autor —las llamadas Ediciones Revolucionarias con su R distintiva—. Casado con una checa viajó a Praga en 1968 y allí les sorprendió la invasión soviética apoyada por Castro. Tras una huida rocambolesca de Checoslovaquia, alcanzaron Linz y Salzburgo. Trabajó en Italia para Feltrinelli y fue deportado a Francia. Tras presenciar en París los coletazos del Mayo francés, se estableció en Londres. Allí fue diseñador de los libros universitarios de la editorial Longman. Entre 1973 y 1975 diseñó y produjo en Madrid los primeros ocho volúmenes de la Enciclopedia de Cuba. De regreso a Inglaterra, obtuvo un máster en grabado en el Chelsea School of Art y estudió musicología en la Universidad de Londres. Fue colaborador durante años de Encuentro de la Cultura Cubana. Entre 2004 y 2010 impartió en Barcelona dos cursos anuales sobre arte y sobre música española a estudiantes norteamericanos.

Periodista, profesor, animador cultural, artista plástico, diseñador y musicólogo, los cultos afrocubanos y la música son los temas por excelencia de su obra plástica que ha expuesto, desde 1977, en Suiza, Génova, San Juan de Puerto Rico, en varias localidades inglesas, en el Algarve portugués, Bélgica, Madrid y Miami. Ha publicado Orígenes de la música cubana (1997), El libro del bolero (2001) y Música cubana. Los últimos cincuenta años (2003), los tres en Alianza Editorial. Vive en una pequeña playa valenciana, en un piso atestado de libros, cuadros, tambores y discos.

Tony , ¿cómo fue tu encuentro con la música y con las artes plásticas? ¿Cómo sincretizaste, una palabra que seguramente te traerá otras resonancias, ambos amores que, hasta donde sé, ocupan idéntico espacio en tu vida profesional?

TE: Ambos fueron surgiendo paralelamente. Mi primer bongó fueron los culos de dos cazuelas. Y mis primeros dibujos en acuarela eran sobre papel de bajo gramaje. Desde muy joven me di cuenta de que Cuba es blanquinegra; a veces lograba colarme en un bembé o en un güemilere; me fascinaba ese mundo, a pesar de que mi madre era muy católica. Ya de mayor, me reveló que aguantó hasta el último momento para que no naciera el 17 de diciembre, día de san Lázaro, equivalente al poderoso Babalú-Ayé de la santería. De ahí que vine al mundo en los primeros diez minutos del día 18. ¡Qué ironía! Con el tiempo fui profundizando mi interés en las creencias afrocubanas, gracias a las obras de Fernando Ortiz, Lydia Cabrera y Rómulo Lachateñeré.

Lunes de Revolución ya ocupa un sitio clave en el imaginario cultural cubano. Fue, sin dudas, el gran suplemento cultural de su tiempo, no solo por sus contenidos, que ponían al día la cultura cubana con las vanguardias del mundo entero, sino también por su empaque gráfico. ¿Cómo fue para ti esa experiencia?

TE: Extraordinaria en todos los sentidos: allí conocí a un grupo de brillantes escritores y poetas. Ya me habían publicado dos o tres portadas cuando una de esas noches que pasé por el periódico me ofrecieron que diseñara el suplemento para reemplazar a Jacques Brouté. Recuerdo que mi primer número completo fue el dedicado a la visita de Sartre y Simone de Beauvoir en febrero 1960, con excelentes fotos de Mayito (Mario García Joya). Desde el verano de 1958 trabajaba en la agencia de publicidad McCann Erickson, y tenía unas ganas enormes de dejar aquello y hacer cosas rabiosas y realmente útiles a la sociedad. En Lunes tuve total libertad para jugar con los conceptos gráficos Dada, surrealistas, De Stijl y constructivistas, que me fascinaban. También estaba influenciado por los norteamericanos del Push Pin Studio, por Saul Bass, Herb Lubalin y otros, así como por la escuela cartelística polaca con Lenica y Swerzy al frente. Me bullían en la cabeza los experimentos gráficos de El Lissitzky y de Kurt Schwitters, tanto como el Bauhaus y los suprematistas. Estimulado por esas ideas, intenté sacudir la palma criolla, hastiado con la modorra que primaba en las publicaciones del país.

Entonces ni se conocía en Cuba la fotocomposición de textos. Todo era alta ingeniería en metal. Los textos mecanografiados eran compuestos por los linotipistas en sofisticadas máquinas Linotype o Intertype, que fundían en plomo y al ancho requerido las líneas de matrices de cobre. Usábamos fuentes como Century, Bodoni o Futura. Lunes se imprimía en rotativas a relieve sobre papel gaceta de baja calidad, que absorbe mucha tinta. Lograba la relación entre el contenido y la presentación gráfica —entre otros elementos— dejando mucho espacio blanco en que aparecían infinitos juegos con una R del siglo XIX, sólida y expandida, de la fundición inglesa Stephenson Blake, que lo mismo reproducía blanca sobre un fondo negro o rojo, de cabeza o al revés, cosa que según me enteré más tarde preocupaba al régimen. A menudo hacía meticulosas combinaciones tipográficas, montajes de letras individuales recortadas de alfabetos reproducidos fotográficamente, caracteres que no existían en Cuba. Eran detalles que distinguían al suplemento.

En aquellos días me gustaba ir a escuchar a La Lupe (1936-1992), que incorporó al cancionero nacional un canto marginal, malicioso, a veces hiriente. Era un verdadero espectáculo, una show woman que combinaba talento y mal gusto; vocalizaba a su manera, acompañada del pianista Homero, a quien solía pegar con un zapato de tacón de aguja. Su estilo irreverente levantaba ronchas en aquella Habana estupefacta ante el fenómeno revolucionario, pero sus adeptos la seguimos al club La Red. Por entonces, la transformación de un programa nacionalista en un socialismo soviético creó terribles tensiones y, a nivel musical, La Lupe consiguió reflejar las ganas que tenía el pueblo de gritar, de mandarlo todo al carajo, de arañarse y llorar de rabia. Se largó de la Isla en 1962.

Pero Lunes no estuvo exento de polémica, en particular sus frontales ataques al movimiento origenista. ¿Cómo recuerdas aquello y su fulminante desaparición del panorama nacional?

TE: El núcleo central de Lunes estaba formado por creadores de la generación de 1950 que se convirtieron en perseguidores de los origenistas, incluyendo a dos renegados de Orígenes: Virgilio Piñera y José Rodríguez Feo. Recuerdo una noche en que defendí al poeta Eliseo Diego a capa y espada —hacía un par de años que había leído En la calzada de Jesús del Monte—. Se discutía demasiado y se escribían muchas cosas a la carrera: los criollos solemos ser hiperbólicos y desmesurados. Pero debo recalcar que ni ideológica ni estéticamente el equipo de Lunes cuajaba como una unidad. Sin embargo, no disimulábamos nuestras simpatías por Karl Marx, André Breton, el arte y el teatro contemporáneo, así como el existencialismo en boga. Alejado de las líneas estéticas que identificaron a las revistas Orígenes y Ciclón, el polémico, talentoso y sin duda elitista grupo que hacía el suplemento alentó la creación sin cortapisas desde su aparición el 23 de marzo de 1959, gracias al entusiasmo de Carlos Franqui, el director del periódico Revolución.

El Gobierno reconocía que la cultura era un arma para la construcción de una nueva sociedad, aunque no siempre supo alcanzar los mejores resultados —como en el caso del racismo, todavía rampante en la Isla-— dada su conocida ineptitud. Sabiendo que tarde o temprano saldría hacia Praga, aprovechando una beca del Estado checo, a principios de 1961 le pedí al pintor Raúl Martínez que me reemplazara, e hizo un trabajo estupendo.

Puede parecer una obviedad, pero a menudo se olvida que los problemas con Lunes no acabaron con su cierre, todo lo contrario. El último número (6 de noviembre de 1961) fue una protesta sutil contra lo acontecido en las tres reuniones que tuvieron lugar en la Biblioteca Nacional los días 16, 23 y 30 de junio, entre un considerable número de escritores, artistas y músicos, enfrentados a los farragosos monólogos de Castro, flanqueado por el presidente Dorticós y Alfredo Guevara, director del ICAIC. Aunque en sus páginas no se publicaron los feroces ataques y acusaciones hechas al suplemento y al periódico, creo recordar que aquel último número se debatía entre un canto del cisne y el derecho del ahorcado al pataleo, ofreciendo un hermoso homenaje al arte moderno y, en particular, a Picasso, simpatizante de la revolución, cuyas obras representaban una postura radical contra las rígidas normas de interpretación artística de los viejos comunistas.

En el Instituto del Libro diseñaste una R muy distinta a la de Lunes, donde aparecieron, saltándose a la torera los derechos de autor, que por entonces la revolución declaraba abolidos, obras científicas y técnicas extranjeras. ¿Cómo recuerdas aquella experiencia? ¿Sabes que hoy se prohíbe sacar de Cuba libros de Ediciones R para que no existan pruebas de aquellas violaciones de los acuerdos internacionales sobre derechos de autor que posteriormente Cuba firmó? ¿Qué te ocurrió en la entrevista en la editorial Longman cuando presentaste en tu currículo esas ediciones?

TE: Castro es un inepto pero tiene una curiosa memoria. Cerca de las navidades de 1966 fui nombrado director artístico del recién creado Instituto del Libro. Aunque al principio no éramos más que cuatro gatos, una madrugada se apareció con un primer lote de libros técnicos publicados en inglés en los países avanzados, para ser “fusilados” (acción por la que siente una verdadera pasión) y que yo les hiciera nuevas sobrecubiertas en español. El comandante aprovechó para preguntarme si era yo el que ponía la revolución al revés en Lunes, con aquellas R en diversas posiciones. Asentí y aproveché para mostrarle el nuevo logotipo que había diseñado para sus “Ediciones Revolucionarias”, que aprobó entusiasmado.

Comencé a vivir en Londres hacia finales de octubre de 1968, alternando trabajos para varias editoriales, lavando platos en el hotel Ritz y tocando las congas en la banda de Edmundo Ros, la única orquesta latina en aquella época. Una tarde, buscando trabajo como ilustrador en una agencia de artistas, viendo lo preocupado que estaba pues ya el Home Office me había informado que o bien conseguía un trabajo fijo o me tendría que largar del país, una señora mayor, alta y muy amable, comentó haber visto en la revista The Bookseller un anuncio de empleo en la importante editorial Longman. El mensaje era claro: buscaban un diseñador de libros con amplia experiencia para hacerse cargo de su catálogo universitario. Presenté mi solicitud y finalmente fui entrevistado a fines de diciembre. Y ahí fue cuando lo de los libros fusilados tuvo cola. Durante la entrevista en Longman yo iba sacando del portfolio ejemplos de mi trabajo y el director me pidió que le tradujera los títulos de algunas de aquellas sobrecubiertas cubanas. De pronto, montó en cólera: “¡Pero esos son nuestros autores!” chilló. Me quedé lívido. De nada valió que le explicara que en Cuba había un solo empleador, un hombre que no creía en los derechos de autor y que yo tenía que acatar sus deseos. Supe que no me contratarían, pero entonces intervino su acompañante, el jefe de personal: “Pero John, ¿no ves que el Sr. Évora ha sido ‘our man in Havana’ todos estos años?”, refiriéndose a la novela de Graham Greene. Aquel oportuno comentario disipó la cólera del director, todos reímos la ocurrencia y yo salí de la entrevista felicitándome por haber decidido vivir en un país con ese sentido del humor. El 31 de diciembre me llamaron para ofrecerme el cargo, y el 2 de enero le llevé una caja de bombones a la señora que me había alertado.

Los carteles cubanos de los 60 fueron una revelación que rebasó el mundo gráfico de su tiempo para insertarse en lo mejor de las artes plásticas. ¿Cuál fue tu participación en aquel movimiento?

TE: Aunque el diseño de carteles siempre ha sido el tema más divulgado, entre 1959 y 1965 aparecieron otros aspectos como el diseño de libros, revistas, logotipos y otros soportes que a menudo se han ignorado u olvidado a pesar de su gran calidad visual y el importante rol que desempeñaron. Conocía a todos los protagonistas que intervinieron en elevar el nivel del diseño aplicado; con ellos viví la lucidez, la euforia y las contradicciones de aquellos años. Me movía bastante, desde las portadas de Bohemia, las ediciones de Casa de las Américas, Lunes de Revolución, el ICAIC y los carteles puramente ideológicos.

En 1962 viajas a cursar estudios en Praga. ¿Cómo recuerdas aquel período?

TE: En UMPRUM, abreviatura de la Escuela Superior de Artes Aplicadas, tuve dos profesores excelentes, el pintor surrealista Frantisek Muzika y el grabador e ilustrador Karel Svolinsky. Por suerte, uno hablaba francés y el otro algo de italiano, por lo que podíamos comunicarnos mientras aprendía términos checos, compartiendo jarras de la mejor cerveza del mundo con mis compañeros. Con una pequeña plaza ajardinada de por medio, frente a UMPRUM se levanta una hermosa sala de música sinfónica, y como gozaba de un considerable descuento por ser estudiante, durante tres años pude asistir a infinidad de conciertos.

En la escuela pude trabajar libremente el aguafuerte en todas sus variantes, incluyendo la punta seca y la mezzotinta, así como el grabado en madera y la xilografía, la litografía sobre viejas piedras de Baviera y la serigrafía. En la sección de tipografía yo mismo componía los textos a mano, según los fuera necesitando. Pero no todo consistía en estudiar y aprender técnicas nuevas. Los estudiantes criollos organizábamos cada año verdaderas fiestas populares en las que fungía como director musical y conguero, y Perico (Hiraldo Lima, que murió de sida en La Habana en los años 80) era el encargado de la coreografía.

Aparte de las labores en la escuela, me dediqué a diseñar tres carteles en formato grande para un concurso anunciando la conferencia de la Unión Internacional de Arquitectos que tendría lugar en La Habana aquel verano de 1963. En ellos se aprecia mi manera de diseñar: en lugar de imponer un estilo determinado lo que busco siempre es una buena idea, a la que me adapto sin problemas. Gané los dos primeros premios y la invitación de viajar a la Isla, lo que me permitió pasar unos días con César, mi hijo, y su madre en una cabañita del hotel Kaguama de Varadero antes de regresar a Praga.

En 1965, al terminar mis estudios en Praga, regresé a Cuba en un barco ruso que partió de Varna, en el Mar Negro, con cientos de becados. Tuve algunas dificultades para encontrar trabajo, a pesar de estar mejor preparado que otros diseñadores. Hice trabajos para la Editorial Universitaria y para la Imprenta Nacional, donde mantuve mi amistad con Felito Ayón, quien me presentó a Bola de Nieve un día que estábamos tomando la sauna en el último piso del hotel Habana Libre, y se apareció el crooner y gran pianista. Al despedirse, Bola me levantó la toalla de pronto y dijo “¡Ay, hijo, que Dios te la bendiga!”

¿En qué momento abandonas Cuba? ¿Cómo fue el periplo que te llevó a establecerte en Inglaterra?

TE: Estaba en Praga en 1968 con mi esposa checa, y una semana después de la invasión soviética de Checoslovaquia y de conocer el apoyo de Castro a aquel crimen, logramos escapar por un pelo. El tren con destino a Viena fue detenido a la altura de Linz; nos hicieron bajar y nos arrancaron nuestras maletas, así como tres cajitas de diapositivas con una selección de mi trabajo gráfico. El oficial ruso, de cuyo cuello colgaba una metralleta, nos ordenó correr hacia la tierra de nadie entre Checoslovaquia y Austria. Detrás de él, un soldado sujetaba a dos pastores alemanes. Corríamos sin mirar atrás, perseguidos por los perros. Sonó un disparo, y uno de los pastores alemanes fue abatido por un vigía del lado austriaco. Al alcanzar la torre, agotados, nos sentimos a salvo. Esa noche del 29 de agosto 1968, después de cenar frugalmente, dormimos en la mejor celda de Linz.

Gracias al VW Beetle comprado en Salzburgo con la ayuda de mi amigo Adolf Opel, de Viena, pudimos visitar al pintor Wifredo Lam en la costa genovesa. Conversar con Lam sobre arte consiguió sacarme de mi profundo ensimismamiento. Atrás dejaba a mi hijo, a mis padres y a mi hermana. Lam tuvo la gentileza de darnos algún dinero. Nunca olvidaré su último abrazo. Me dijo algo así como “Chico, olvídate de las tendencias artísticas y haz tu propia obra. ¡Inventa algo!”

De allí alcanzamos Milán. El editor Giangiacomo Feltrinelli, un millonario de izquierdas que poseía la mayor colección de textos originales de Marx y Engels, a quien yo había conocido en el 60 ó 61, me dio trabajo diseñando cubiertas de libros, asegurándome que él seguiría apoyando a Castro, aunque respetaba mi decisión. Feltrinelli fue la primera editorial en publicar Doctor Zhivago, de Pasternák en Occidente. Estábamos encantados de vivir en Milán, cuando una noche se aparecieron varios policías en un Jeep con instrucciones de que los siguiéramos hasta la frontera con Francia. Estaba acusado de ser un espía checo. Ni siquiera pude despedirme. En 1972, Feltrinelli, alias “Osvaldo”, fundador de los GAP (Grupos de Acción Partisana), fue víctima de la bomba artesanal con que pretendía volar una torre de alta tensión.

Tanto en tu obra plástica como en tus libros sobre música, están muy presentes los ritmos y los cultos afrocubanos. Sé que en el caso de la música has sido creyente y practicante. ¿También en el caso de las religiones afrocubanas cuyas claves dominas perfectamente? ¿No crees que hay mucho de helénico, sobre todo en el panteón yoruba, y que eso lo hace perfectamente compatible con las esencias de la cultura occidental?

TE: Mi temprano interés en la santería y otras creencias afrocubanas se debió a mi curiosidad por el sincretismo religioso operado en la Isla, y ya tenía evidencias suficientes de que a mucha gente le funcionaba mejor hacerse de “registro” con un babalao que rezar decenas de veces a la Virgen, al Señor, o a un santo católico. A veces pienso que los tambores me acercaron a las creencias.

En el verano de 1973, recién casado por tercera vez, dejé la editorial Longman para mudarnos a Madrid y producir los primeros ocho volúmenes de la Enciclopedia de Cuba, un hermoso proyecto sufragado por varios exiliados en Puerto Rico y Miami. Entretanto, mi mujer y más tarde madre de nuestras hijas, aprendía castellano. La labor para sacar adelante aquellos libros enormes —siempre contando con la ayuda orientadora de Gastón Baquero, cuya amistad y ejemplo perviven en mí aun después de su muerte—, incluía mandar a componer en metal los textos, corregirlos y, con pruebas limpias, maquetar cada página, situando las ilustraciones como guía para los operarios de los talleres de impresión offset que manejaban los fotolitos. Me convertí en el hombre-orquesta.

Durante aquellos febriles meses, también diseñé tres libros seminales de la etnóloga Lydia Cabrera, que residía en Madrid con su compañera Titina: La laguna sagrada de San Joaquín; Yemayá y Ochún. Kariocha, Iyalorichas y Olorichas; y el voluminoso Anaforuana. Ritual y símbolos de la iniciación en la sociedad secreta Abakuá, en el que tuve que descifrar muchos conceptos y organizar el material para maquetar el contenido correctamente. Lo más curioso es que verdaderos especialistas de la cultura abakuá, como el profesor norteamericano Ivor Miller, y algunos africanos que todavía me escriben, consideran ese volumen una biblia. La gran iyalocha de Cuba y yo nos hicimos muy amigos. Con su inveterado sentido del humor, siempre se refería a mi mujer como Lady Liz. En su apartamento madrileño, Lydia me hizo asiento de Changó, y me dio un otán, la piedra negra que guarda el aché del oricha.

Durante muchos años César Évora fue el hijo de Tony Évora, pero al convertirse en un actor famoso, sobre todo después de establecerse en México, empezaste a ser el padre de César Évora. ¿Cómo se siente esa transición cuando los hijos ocupan un espacio propio? ¿Cómo fue tu reencuentro con César en Nueva York tras veinte años sin verse?

TE: Vivo orgulloso de mi hijo, un hombre entero, con mucha vida interior. Cuando se le ocurrió presentarse a una prueba en el ICAIC, César estudiaba Geofísica. Algunos de los que le atendieron eran conocidos míos y les asombró la figura y el talento innato de aquel joven de 20 años. Fue reclutado para las pantallas, estudió actuación y, si no recuerdo mal, la primera película en que apareció fue Cecilia. Años después fue invitado a Nueva York a hacer el papel de un amante de Lorca en una obra teatral sobre el asesinato del poeta granadino. ¿Te imaginas mi excitación cuando recibí su llamada? Para entonces yo era director del Departamento de Artes Visuales, Música y Gestión Editorial de la Universidad Brookes de Oxford. Pedí una semana para reunirme con César. Después de veinte años sin vernos, encontré a un hombre casado y con dos hijos pequeños. Nos abrazábamos todo el tiempo, apenas comíamos, teníamos tanto que contarnos.

Una mañana que él tenía libre, nos fuimos al MOMA, donde encontramos expuesto uno de mis posters del Che Guevara. La ficha decía “Autor desconocido”. César quería ir a la administración del museo y aclarar la autoría, pero le expliqué que esa era la información que les había enviado La Habana. Justo en ese momento, escuchamos una música sabrosona. Al momento reconocí el sonido de las dos trompetas de la Sonora Matancera y la voz de Celia Cruz. Era un desfile que pasaba por Park Avenue celebrando el día de Puerto Rico. Nos sumamos a la multitud y empezamos a echar un pie. ¡Un momento increíble!

En uno de tus libros has afirmado que la música afrocubana “…nace del encuentro de varios individuos que la conciben colectivamente. Mientras el solista se desgañita con alabanzas a los grandes del pasado, el ritmo de los tambores pulsa el tiempo presente y futuro. Si el canto inmoviliza la acción en el pasado, gracias a la alquimia del movimiento, el ritmo la impulsa hacia el porvenir”. ¿Consideras que en tu obra ha ocurrido lo mismo, es decir, una especie de proyección hacia el futuro de esos anclajes de la memoria que has preservado como pocos en tu cubanía inclaudicable?

TE: Creo que mis conocimientos de las creencias religiosas venidas de África, condimentadas con ciertos elementos del catolicismo, han alimentado mi obra visual, particularmente el efecto que ha tenido la música popular, bastante plagada de conceptos y términos que denotan la influencia de dichas creencias. Ignacio Piñeiro, por poner un ejemplo, compuso algunos sones donde se advierte ese fenómeno, como En la alta sociedad, No juegues con los santos y la rumbita Arrolla cubano, números que María Teresa Vera, creyente ella misma, interpretó con mucha gracia con el apoyo de Lorenzo Hierrezuelo. Y eso ocurre incluso al nivel musical más alto, como es el caso de Roldán y García Caturla, quien utilizó con mayor frecuencia fragmentos melódicos reconocibles, tomados de la música callejera, como en el caso de su Berceuse campesina, que adopta la melodía de un son popular. El sincretismo traspasó la obra y la vida de Caturla, hasta su muerte. Blanco casado con la negra Manuela y, tras morir ésta, con su hermana Catalina, será asesinado a balazos por un pistolero negro a sueldo de los acusados en un juicio que él presidiría como juez de Remedios. Sus polémicas técnicas de composición del siglo XX provenían de la influencia de sus estudios en Europa y de sus vínculos con la Pan American Association of Composers (PAAC). A través de la PAAC se organizaron conciertos y se grabaron programas radiales con las obras de Caturla y Roldán en Estados Unidos, así como una serie de conciertos en Europa entre 1931 y 1932. Es sorprendente que la música escrita por esta vanguardia sea apenas conocida en Cuba. La obra completa de ambos nunca ha sido impresa y publicada, y antes de la antología editada por la EGREM a principios de los 90 era virtualmente imposible conseguir grabaciones de su música.

Antes mencionaste que hay mucho de helénico en las creencias afrocubanas. Vale la pena recordar que los principales cultos afrocubanos son el yoruba o lucumí (Regla de Ocha, o santería); el kimbisa o mayombe de la zona del Congo (Regla de Palo Monte) y los llamados ñáñigos (la Sociedad Secreta Abakuá). A través de los siglos, los sistemas religiosos de varias etnias se mezclaron lo suficiente como para crear un verdadero caos, contradiciéndose unas a otras con bastante frecuencia, dentro de un fabuloso mundo de leyendas llamadas pattakís, transmitidas oralmente y más tarde transcritas en modestos cuadernos o libretas. La mitología yoruba, que en cierta forma es comparable a la griega en riqueza filosófica y valores poéticos, constituye el único bagaje sostenible de ideas sobre la creación del mundo que ha sobrevivido entre los afrocubanos. Es más, cuando en la Isla o en Miami se dice que una persona es “hijo” o “hija” de Changó, Ochún, Yemayá, Obbatalá u Oggún, no hace falta decir más sobre su carácter y lo que cabe esperarse de ella. Asimismo, en el oricha Elegguá, un diablillo socarrón que abre y cierra los caminos, que lo mismo dispensa el bien al malo que el mal al bueno según una lógica disparatada, se encarna a cabalidad la concepción del destino del cubano.


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