Actualizado: 09/12/2019 13:16
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Literatura

Entrevista a Manuel Pereira (I)

Como profesor de delincuentes comunes en España “comprendí, mejor que nunca, el valor de la cultura, y la importancia de aquella frase de Martí: ‘ser culto para ser libre’”

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En 2004, el escritor cubano Manuel Pereira llegaba a México tras trece años de peregrinar por Europa y el norte de África. Cargaba únicamente dos maletas. En una llevaba su ropa, y en la otra, sus pertenencias más preciadas: el manuscrito de su novela Insolación, y algunas joyas de la literatura universal: Paradiso, Rayuela, Cien años de Soledad, y El reino de este mundo, entre otras, todas dedicadas por sus respectivos autores. Fueron las únicas obras que pudo traer consigo desde España. Había perdido una biblioteca de tres mil volúmenes: “Ya no quiero acumular más bibliotecas. Ya he perdido dos, que es como perder a dos hijos entrañables. No quiero sufrir más a causa de los libros que uno tiene que dejar atrás por las turbulencias de la vida”, sentencia Pereira mientras se le asoma una reminiscencia de rumba en sus dedos que dibujan historias en el aire.

Nueve años después, fiel a su decisión, el escritor solamente atesora cuarenta obras en su estudio. Destacan los libros que ha escrito en México: Insolación (Diana, 2006), Biografía de un desayuno (Miguel Ángel Porrúa, 2008), Un viejo viaje (Textofilia, 2010), Mataperros (Textofilia, 2011) y el más reciente: El ornitorrinco y otros ensayos (Textofilia, 2013). “En México encontré la alegría de vivir y las ganas de escribir”, dice Manuel mientras, emocionado, abre su nuevo libro y lo huele como si aspirara el alma de su propia creación.

¿Por qué elegir al ornitorrinco (ese animal tan extraño) para el título de tu libro?

Manuel Pereira (MP): En el París de agosto de 1986, mientras escribía mi ensayo “La verdad sospechosa”[1], me asaltó por primera vez la imagen literaria y plástica del ornitorrinco. Ese animal representa una misteriosa unidad cósmica: cosas distintas que de pronto se conectan formando una sola cosa. Esa heterogeneidad que se unifica es casi un método poético y mi estilo literario, por esa época, ya se orientaba en ese rumbo estético.

En el ensayo mencionado está ya mi obsesión con ese animal tan extraordinario, al que, por cierto, nunca he visto en persona. El primer relámpago me vino de Einstein, pues en alguna página suya él compara el espacio-tiempo con un molusco. De la idea del molusco matemático, salté a la del ornitorrinco, animal que por aquel entonces creí descubrir en una curiosa imagen de El Bosco y también en una ilustración de Jean Colombe.

Este animal hubiera podido ser la mascota de Poe y de Baudelaire. Es la excepción de la excepción que Alfred Jarry anteponía a las aburridas reglas del positivismo y del cientificismo.

A partir de entonces he estado viendo o intuyendo ornitorrincos por doquier y a todas horas. Muchos años más tarde, retomé la idea del ornitorrinco combinándola con lo onírico, por asociación fonética y conceptual. Y de ahí surgió este libro de ensayos.

¿Qué temas tocas en El Ornitorrinco y otros ensayos?

(MP): Los temas que abordo son aparentemente muy diversos, pero en el fondo, si te fijas, siempre estoy hablando de palimpsestos. Un ornitorrinco es un palimpsesto biológico y, a partir de ahí, en todos mis ensayos, asoma esa noción. Aparte de eso, este libro tiene otra unidad temática, que soy yo. Como decía Montaigne: “yo soy la materia de mi libro”.

Si tú mismo eres el eje donde giran estos ensayos ¿podrías contarnos cómo te iniciaste en el mundo de las letras?

(MP): Me inicié en la literatura de la manera más extraña: con un robo frustrado. Cuando tenía ocho años andaba merodeando por una librería de mi barrio junto con un amigo mataperros. De pronto, vi un libro de Julio Verne: Aventuras de un niño irlandés. Me fascinó la portada. Me lo eché dentro de la camisa y salí corriendo. Me persiguieron por la calle Obispo. Me agarraron y me llevaron al cuartel de la policía. Allí apareció mi padre y soltó ante los uniformados un conmovedor discurso que incluía dos citas de Martí. Una rezaba: “robar un libro no es robar”, cita apócrifa; y “hay que ser cultos para ser libres”, esta vez auténtica. Esas dos frases —mezcla de verdad con mentira— se me quedaron grabadas y desencadenaron toda mi experiencia literaria posterior. Ahí empezó mi ya larga aventura intelectual y espiritual.

¿Cómo reaccionó tu madre ante el suceso?

(MP): Mi madre, abochornada porque había intentado robarme un libro en la librería más elegante de la ciudad, decidió poner fin a esas travesuras. Me compró, poco a poco, todos los libros de Verne. Así empecé mi primera biblioteca integrada únicamente por obras de ese autor que me encandiló y que sigo releyendo todavía a mis años. Aquella biblioteca infantil creció con los años hasta alcanzar cuatro mil volúmenes. La perdí cuando me fui de Cuba para siempre. Luego otra biblioteca creció a mi lado allá en Barcelona: tres mil ejemplares. También la perdí cuando me fui de España y vine a México.

¿Cómo se ve reflejada esa infancia en tus cuentos?

(MP): A través de las correrías y peripecias de una pandilla de niños pobres en el barrio de La Loma del Ángel, en La Habana Vieja, donde nací y crecí. Por ejemplo, en mi libro Mataperros (Textofilia, 2012) se describe un mundo que, a ratos, se parece a Los Olvidados, de Buñuel. La forma de hablar de los personajes es la germanía de la Habana Vieja de aquel tiempo; este libro aspira a resumir el espíritu de aquella época...

¿Qué olores evoca La Habana de tu infancia?

(MP): Hay dos etapas: antes de 1959, para mí todo olía a fufú de plátano, pero a partir de enero del 59, cuando entran los barbudos en la ciudad, todo olía a pólvora quemada. El océano no olía, probablemente porque naciendo a cien metros del mar, ya uno nace con esos efluvios en los pulmones y en el alma.

¿Cuándo supiste que querías ser escritor?

(MP): Estando en el ejército, hacia 1966-67, con 18 años de edad, empecé a escribir cartas para los reclutas de mi campamento. Eran cartas para sus novias, que ellos me pagaban con cigarros. Todos me decían que yo escribía tan bien que las muchachas se enamoraban enseguida. Y por supuesto, tuve que escribir muchas más para aquellas novias que no eran mías, pero en cierta forma sí lo eran. Así fui descubriendo que tenía algún don para la escritura… Empecé a escribir poemas y cuentos. Fueron los primeros géneros que cultivé. Más tarde, ya desmovilizado, ejercí el periodismo mientras estudiaba artes plásticas. Después dejé de pintar, también dejé de escribir poesía, y me dediqué a la novela y al cuento. Posteriormente me inicié en el ensayo.

¿Cómo fue que te hiciste discípulo de Lezama Lima?

(MP): Una remota tarde de 1969 me presenté en su casa, que, mira qué casualidad, quedaba muy cerca del apartamento de mi mamá. Yo había intentado leer su novela Paradiso, sin entender casi nada. Yo tenía 20 años y era demasiado inculto todavía para captar sus esencias. Pero eso, lejos de amilanarme, me impulsó a conocer al autor de aquel enigma. Toqué a su puerta. Salió su criada y me dijo que el gran escritor estaba durmiendo la siesta. “¿Es de la parte de quién?”, me preguntó. “Dígale que vino a verlo un joven poeta”. Ya yo me iba y ella estaba cerrando la puerta, cuando se oyó una voz baritonal desde el fondo de la casa que decía: “si es un joven poeta, déjelo pasar”. La criada me cedió el paso haciéndome casi una reverencia. Así empezó mi amistad y mi aprendizaje literario con aquel gran maestro. En mi ensayo “El curso délfico”[2] cuento todo esto y mucho más con lujo de detalles.

En enero de 1991 saliste definitivamente de la isla y unos años más tarde impartiste clases de literatura en una cárcel española ¿Cómo fue esa experiencia?

(MP): Sucedió durante mi exilio en Barcelona, en 1996. Yo había impartido ya varios cursos de creación literaria en la capital de Cataluña y también en la mítica playa de Cadaqués. Una de mis alumnas era hermana del director de la cárcel de la isla de Mallorca y le habló para que yo impartiera mi taller literario allí a un grupo de reos seleccionados a partir de su interés en la literatura. El director aceptó mi plan, que fue considerado por la prensa española como “un proyecto pionero para la reeducación de presos”. El primer día, mientras yo me acercaba a pie a la cárcel y veía las manos saliendo por las ventanas enrejadas, gente gritando desde abajo, sentí que me iba a meter de cabeza en el infierno. “¿Qué rayos hago aquí?”, me pregunté, pero ya era demasiado tarde, ya estaba en la puerta presentando mis credenciales. Abrieron todas las rejas, pasé a entrevistarme con el director, y luego entré en un calabozo enorme, lleno de presos sentados en sus pupitres. Me miraban curiosos, algunos hacían muecas de desprecio o se reían burlones. Yo podía sentir que algunos me rechazaban, porque me vinculaban a la dirección del Penal: me veían como el enemigo. El director de la cárcel dejó dentro de la celda-aula a un guardia con arma larga parado al fondo. Eran unos treinta presos en total. Más hombres que mujeres. Había traficantes, ladrones, asesinos y hasta corruptores de menores. Yo había leído todos los expedientes delictivos de mis futuros alumnos un par de horas antes de entrar a la jaula para impartir mi primera clase. Empecé a hablar del poema “El Cuervo”, de Poe. En la mínima biblioteca de la penitenciaría había un solo ejemplar de Poe. Mandé a hacer fotocopias del poema. El guardia armado abría y cerraba el candado de la puerta de barrotes del calabozo-aula. Un reo me gritó desde el fondo: “¡Joder, este tío armado nos pone nerviosos, y así no se puede estudiar!”. Risotadas. Patadas. Puñetazos en los pupitres. Libretas lanzadas de una fila a la otra. Empujones entre ellos, palabrotas, ojos furiosos, amenazas. Yo sonreí. Le pedí al gendarme que saliera. Se negó. Mandé llamar al director, quien me susurró que el guardia era para mi seguridad. Le dije que no iba a pasar nada, aunque por dentro me daba cuenta del peligro a que me exponía. En mi infancia con los mataperros yo había aprendido algo esencial: se puede sentir miedo, pero jamás hay que demostrarlo. El guardia finalmente salió y cerró la puerta tras de sí. Me quedé solo en aquella jaula con aquellos treinta desconocidos. Seguí hablando de Poe como si nada. Cuando renuncié al custodio armado, me gané la confianza, y hasta el cariño, de aquel alumnado tan especial. Pasaron muchas cosas increíbles durante seis meses. Un preso, asesino confeso, tenía una novia, y ella se sentaba junto con él durante mis clases. Era bonita dentro de esa fauna tan vulgar que habita las cárceles. Les dieron un permiso a los dos. Y él la mató a ella durante el permiso. Lo sentí muchísimo, pues ambos me caían muy bien. Es curioso que habiendo empezado yo en la literatura delinquiendo terminara dándoles clases de literatura a delincuentes profesionales. Muchos escribieron cuentos que todavía conservo. Algunos no los firmaban, ponían seudónimos, y dejaban en mi mesa los textos antes de que yo entrara en el aula… en esos cuentos o poemas contaban sus peores fechorías. Yo sabía quiénes eran los autores, pero no lo daba a entender. Nunca le preguntes a un prisionero por qué está preso, mejor espera a que él te lo diga. El último día me hicieron una fiesta, con un cake y refrescos, dentro del calabozo académico. Fue uno de los momentos más emocionantes en mi ya larga experiencia magisterial. El elogio más bello que recibí de ellos fue el siguiente: “las horas que pasamos con usted, sentimos que no estamos presos, sentimos que esas rejas desaparecen y que somos libres”. Ahí comprendí, mejor que nunca, el valor de la cultura, y la importancia de aquella frase de Martí: “ser culto para ser libre”. Siempre los recordaré a todos, uno por uno, sus rostros, sus apodos, sus jergas hampescas, su armamento confeccionado con bolígrafos y cucharas, sus gestos violentos. Ahora que lo pienso: en cierta forma, fueron mis segundos Mataperros, o la reaparición de mis Mataperros en otro tiempo y en otra isla tan lejana de mi isla natal…

¿Me podrías contar cuando Cortázar te llevó con las prostitutas en París?

(MP): Ja ja ja… Eso fue en la rue Saint-Denis. Me enseñó toda la calle, sus recovecos, sus sórdidos y tentadores callejones, algunos bares, los peep-shows, los trileros con sus mesitas casi en medio de la calle… aunque debo decir que mi otro Virgilio en esas andanzas infernales fue el pintor cubano Wifredo Lam, quien me descubrió el barrio de Pigalle, el Moulin Rouge, las prostitutas enfundadas en cuero restallando sus látigos en las esquinas… También tuve una Virgilia de lujo: Ugné Karvelis, la compañera sentimental de Cortázar, mujer cultísima que se parecía mucho a la Maga de Rayuela y que disfrutaba haciendo creer que lo era. Fue ella quien me enseñó a callejear por otros barrios más bien intelectuales: el Barrio Latino, la Sorbona, el mítico Café “Les Deux Magots” y el no menos legendario “Café de Flore”, los bouquinistes con sus cofres verdes a orillas del Sena, la librería esencial “Shakespeare and Company”, y la misteriosa calle “Git-le-Coeur”, donde yace su corazón.



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