Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Literatura

Entrevista a Manuel Pereira (II)

Esta es la segunda y última parte al escritor y periodista cubano exiliado Manuel Pereira, quien reside en México

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¿Tienes alguna anécdota sobre tu obsesión de buscar lugares sagrados de la literatura mundial en tus viajes?

Manuel Pereira (MP): Buscando la casa de Proust en París descubrí que era un banco y no había ni una sola placa conmemorativa. ¡Qué horror! Y eso que estaba nada más y nada menos que en París.

En la playa de Lido andaba yo tras los pasos de Thomas Mann. Fui al Gran Hotel des Bains, donde él se alojó y concibió Muerte en Venecia. Pasé por la terraza, no vi ninguna placa ni nada que aludiera a él. Fui a ver al recepcionista, le pregunté si había alguna habitación dedicada al escritor alemán, pues suponía que debía haber una habitación que lo recordara (como sí ocurre con el hotel donde murió Oscar Wilde en la calle de Beaux Arts, en París); entonces el recepcionista muy elegante de guantes blancos, botones dorados, etc., cogió un gran libro, verificó una larga lista de nombres y me dijo: “Lo siento mucho, el señor Thomas Mann no está alojado aquí”. ¡Increíble! Salí de allí perplejo y me senté en la arena a contemplar el mar.

¿Cómo fue tu relación con García Márquez?

(MP): A pesar de sus inclinaciones políticas, que respeto pero no comparto, el Gabo fue un maestro para mí, alguien que además me ayudó a difundir mi primera novela (El Comandante Veneno) en Italia, y siempre le estaré agradecido por eso. Hace poco lo encontré en su cumpleaños. Después de muchos años sin vernos fue un encuentro muy afectuoso. Nos pasamos parte de la velada juntos comiendo un cake de chocolate. Él me robaba pedazos, como un niño travieso. En un momento dado, le recordé que él me había recomendado un libro que me impactó mucho. “¿Qué libro?”, me preguntó. “El primer viaje en torno al globo, de Pigafetta”, le contesté. “¿Pigafetta? No lo recuerdo. ¿De qué trata ese libro? ¿Me lo puedes prestar?”. En ese instante comprendí que el tiempo había experimentado un brusco giro poniéndome a mí en la situación de revelarle a él algo que él me había enseñado treinta años atrás. ¡Alucinante!

Antes de sufrir el exilio definitivo, trabajaste como agregado cultural de Cuba ante la UNESCO. Pero, ¿por qué renunciaste a tu cargo en 1988?

(MP): La perestroika y la glasnost fueron dos procesos que me ilusionaron mucho, a diferencia de la posición oficial cubana, opuesta a introducir la más mínima reforma en la isla. Estas fueron las principales discrepancias ideológicas con mis superiores por las que renuncié.

¿Qué repercusiones tuvo esa renuncia en tu vida?

(MP): En vez de quedarme en París, volví a Cuba. Casi todos me dijeron que estaba loco. Mi padre estaba muy enfermo y yo quería estar cerca de él en sus últimos días y asistir a su entierro. Esta fue la razón emocional más poderosa de mi “locura”.

Pero también regresé a la isla pensando, ingenuamente, que el Gobierno cubano, pese a sus alergias a las reformas, acabaría adoptando alguna variante tropical de la perestroika y de la glásnost. Sin embargo, descubrí con una mezcla de dolor y estupor que el estalinismo no era algo que le hubieran impuesto a Fidel Castro en una de las encrucijadas de la guerra fría, sino una forma de gobierno que le venía como anillo al dedo para satisfacer su infinita sed de poder total. Pasé dos años en el ostracismo interior, ninguneado, sin empleo, al final incluso amenazado. Tras la muerte de mi padre y en cuanto se presentó la ocasión, hice las maletas y me fui a Alemania con el firme propósito de no regresar nunca más.

¿Cómo ha afectado la censura en Cuba a tu obra?

(MP): Hace más de veinticinco años que en la isla no se publica ni un solo renglón de mi autoría. Estoy en la famosa lista negra, soy un fantasma en mi país natal. Pero con ese ninguneo tan prolongado, me han convertido en una leyenda. La censura suele ser la mejor forma de publicidad para un escritor, y además es gratuita. Hace poco supe que mis libros se fotocopiaban en la isla, pasando clandestinamente de mano en mano. Ahora, con las nuevas tecnologías, muchas más personas me leen, o saben que existo, ya sea por internet, por Facebook, por Twitter, etc.

Si pudieras definir brevemente a Fidel Castro, ¿qué dirías?

(MP): Fue un hombre al que yo admiré mucho en mi niñez. Fue mi héroe, y el de millones de cubanos. Alguien que finalmente prefirió ser temido a ser amado. Y por eso nos ha defraudado a tantos. Casi todo lo que hizo bien al principio con su cabeza y con su corazón, lo destrozó después con sus botas. A veces siento lástima por él, por la manera en que estropeó sus mejores posibilidades dando al traste, de paso, con las del país. Lo más patético es que ha vivido lo suficiente para ver cómo otros desmantelan el tinglado que él armó.

¿Y al Che, cómo lo definirías?

(MP): El Che es la honestidad en el error. Él creyó en su error, que fue múltiple: ideológico, económico, geopolítico, estratégico… pero por lo menos fue consecuente con sus convicciones y murió por ellas, lo cual no quiere decir que sea un ejemplo a imitar. Porque alguien que está dispuesto a matar por sus ideales, puede también matarnos si descubre que no pensamos exactamente como él. Y eso es un crimen político. Por otra parte, es una ironía de la historia que siendo él tan anticapitalista haya terminado decorando camisetas o playeras, tazas, mecheros, pantalones vaqueros, o sea, convertido en un ícono más del consumismo. Del comunismo al consumismo, no hay más que un paso.

¿Para ti qué es el exilio?

(MP): El exilio es la muerte, pero también puede ser la resurrección. El mío comenzó en 1991 y ha sido un duro renacer. Mueres y renaces, en una dolorosa palingenesia.

¿Piensas volver algún día a Cuba?

(MP): Cuando aquello cambie real y profundamente, tal vez entonces volveré.

¿Qué sería lo primero que harías al regresar?

(MP): Ante todo, visitar las tumbas de mis seres queridos. Después, si me alcanzan las fuerzas, volver a subir la montaña de El Veneno, en la Sierra Maestra, donde alfabeticé a cinco campesinos a los 12 años de edad.

¿Qué encontraste en México?

(MP): Aquí recuperé las ganas de escribir. Descubrí la alegría de vivir, un pueblo muy noble, donde hasta los más humildes son muy educados, en el sentido de urbanidad; encontré una verdadera economía de mercado libre en los tianguis que descienden de aquel mercado de Tenochtitlán que tanto fascinó a Hernán Cortés y a Bernal Díaz del Castillo. Aquí encontré la picaresca, un sentido del humor muy próximo al cubano, los albures, la simpática costumbre de ponerle apodos geniales a todo el mundo, los manjares más fascinantes, los desayunos más pantagruélicos, el surrealismo a cada paso, las mujeres más bonitas, risueñas y apapachadoras del mundo.

¿Qué década de tu vida recuerdas con más cariño?

(MP): Mi época favorita es cuando yo tenía 21 años. Mis padres estaban vivos. Yo comía con mi abuela todos los días. Era periodista en una revista de mucho prestigio dentro de la grisura oficial predominante en la prensa cubana. Tenía novias muy bonitas. Tenía al mejor maestro de literatura del mundo: José Lezama Lima. Viajaba mucho por las provincias descubriendo centímetro a centímetro mi país. Tenía excelentes amigos en la revista donde trabajaba, todos poetas, músicos y locos, todos brillantes. ¿Qué más podía pedir?

¿Cómo es tu proceso de creación?

(MP): Trabajo mucho con la intuición, casi en estado de trance, pero también programo más o menos toda la estructura de la novela, capítulo tras capítulo. Algunas situaciones cambian mucho entre lo planeado y lo finalmente publicado. Lo más importante es tener bien claro, desde el primer momento, cuál será el final. Lo demás es refinar el lenguaje, dotarlo de calidad poética, para que la novela no sea tan solo un simple pasatiempo para leer en el tren o en el avión, sino también una forma del conocimiento, un destello en la oscuridad, capaz de enriquecer espiritual e intelectualmente a los lectores.

¿Qué ha cambiado en Manuel Pereira a lo largo de los años?

(MP): Me he quedado calvo, las nieves del exilio me han tumbado la techumbre. Lo que no he perdido es la capacidad de reírme de todo, incluso de mí mismo.

¿Qué tiene de especial tu vida en estos momentos?

(MP): Soy un volcán en erupción, escribo sin cesar. Soy un géiser de creatividad. Estoy lleno de proyectos: literarios, académicos, culturales. ¡Ojalá Dios me dé tiempo para cumplir con todo eso!

¿Qué es lo que más extrañas de Cuba?

(MP): Después de tantos años de desarraigo, ya casi no extraño nada. Yo perdí a Cuba, pero gané al mundo. Vivo según la sentencia de José Martí: “sin patria, pero sin amo”.

¿La vida como escritor?

(MP): Una maldición divina, un castigo de los dioses.

SECCIÓN EXTRA – ráfagas de preguntas y respuestas:

Literatura: un espejo astillado que reinventa la realidad.

Felicidad: ¿qué es eso?

Lezama Lima: el Buda de la calle Trocadero 162 que me enseñó a ver lo invisible iniciándome en las lecturas profundas.

Borges: el otro Buda latinoamericano, esta vez en el Cono Sur, y al que lamentablemente no pude conocer.

Louis Ferdinand Céline: escritor siempre muy controvertido, literariamente es sin duda tan grande como Marcel Proust. Para mí Viaje al fin de la noche fue una lectura fundamental.

Kafka: el genio de las atmósferas, un escritor expresionista que siempre logra envolvernos sin que sepamos cómo ni cuándo. Junto con Joyce y con Proust, es uno de los tres pináculos literarios del siglo XX.

Pessoa: el poeta que se multiplicó a través de sus heterónimos enriqueciéndonos a todos.

Jorge Cuesta: alquimista genial injustamente olvidado. Deberían poner su estatua en el Paseo de la Reforma.

Alfonso Reyes: Es Sócrates extraviado en un tianguis, o Platón ante la Visión de Anáhuac. Es el embajador del Helenismo en México.

Harold Bloom: El mejor crítico y teórico literario norteamericano vivo, sin pelos en la lengua, políticamente incorrecto.

Lautréamont: uno de mis demonios más recurrentes, que me persigue desde hace 43 años.

Platón: Siempre hay que releerlo. Fue uno de los heterónimos de Sócrates.

El amor: ¿a cuál de las tres o cuatro formas de amor te refieres?

La muerte: es vía, no término.

Los padres: lo más sagrado.

París: la ciudad donde aprendí a pensar.

Ciudad de México: Patria del Surrealismo y el lugar donde probablemente me toque morir.


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