Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Estatua, México, José Martí

Martí abandonado

Una estatua del prócer cubano en la capital mexicana, que es casi imposible de admirar al descubierto

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La principal estatua de José Martí en México se halla en la zona centro del Distrito Federal, de cara a una pequeña explanada. Detrás, se encuentra el centro cultural que lleva el nombre del Apóstol. Sin protección alguna más que su base, la estatua está al alcance de todos.

Delante de la estatua se levanta una tarima donde se celebran conciertos de la más variada música, rock incluido. También se exhiben películas muy cubanas, fundamentalmente de la época de “las rumberas”, cuya proyección suele alumbrar un costado de la imagen del Maestro. Sirve también la tarima para mítines políticos y otros espectáculos.

Sería raro poder admirar alguna vez la estatua al descubierto: casi siempre está tapada por una gran manta, tomada por cuerdas desde uno y otro sitio, que sirve para amparar a los espectadores y también a los vendedores-expositores que toman la explanada cuando no hay eventos de otro tipo.

Lo que no es raro es ver a grupos sentados en la base del monumento, conversando, bebiendo, o pasando el tiempo, como dicen. Ni lo es contemplar a los amantes en su función eterna a los pies del Héroe Nacional de Cuba (en las mañanas alguna vez será posible constatar las huellas de los amantes nocturnales). Rutinarias resultan la cochambrera, los desperdicios abandonados en el sitio, y en ocasiones ciertos malos olores, de los que no es difícil aislar los que son consecuencia de alguna vejiga que no pudo llegar a tiempo al destino ideal.

El Gobierno del Distrito Federal se reconoce de izquierda, de modo que en las exposiciones de muchos de sus componentes se advierte la admiración por las maravillas actuales de la Isla, y claro, por los símbolos patrios de aquella. Los funcionarios de la embajada castrista en México visitan con frecuencia el Centro Cultural José Martí; pasan por los lados de la estatua.

Hace algún tiempo, el que suscribe se quejó con uno de los organizadores de un concierto de música que se celebraba en el lugar. ¿Cómo sería posible que a los pies de la estatua de José Martí los músicos recostaran los estuches de sus instrumentos, sus prendas personales y ciertos objetos suficientemente irreverentes, y que no pocos de los espectadores colocaran en igual sitio vasos, botellas y otros géneros? La persona aludida me prometió ver el asunto con sus superiores.

Pero hoy todo sigue igual.



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