Actualizado: 23/09/2019 16:12
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España

Twitter contra el Palacio de Invierno

El poder ha topado con un enemigo escurridizo: Internet y las redes sociales. Basta un teléfono móvil para que cientos de miles de malestares se conjuguen

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Comenzó en Túnez, el 17 de diciembre de 2010, día de San Lázaro, Babalú-Ayé, con el suicidio de un joven vendedor, apaleado por la policía del corrupto presidente Ben Alí, quien huyó a Arabia Saudí ante la presión popular, apaleado por la muleta de San Lázaro, el 14 de enero de 2011. Siete días antes, ya las protestas se habían extendido a Argelia. El 17 de enero, un hombre se inmoló frente al parlamento egipcio. El 11 de febrero, Hosni Mubarak ya había sido depuesto, y será juzgado en abril por corrupción y asesinato. Bahrein, Jordania, Siria, Yemen, El Líbano, Marruecos, Irán, Irak, Palestina. Todo el mundo árabe, regido durante decenios por feroces dictaduras religiosas o laicas, se ha contaminado de sueños alcanzables, bien sea por la masiva confirmación de la voluntad popular en las calles, o por la fuerza de las armas cuando, como en Libia, la hipoacusia del dictador le impide escuchar los gritos y el pueblo tiene que apelar a estruendos mayores.

Presidentes auto reelegibles, jeques, emires, reyes, dictadores todos por la gracia de Dios o por la propia, tolerados o alegremente aceptados por Occidente durante todos estos años, gracias al océano de petróleo sobre el que asientan sus tronos, o porque sus dictaduras son un muro de contención contra el fundamentalismo islámico (los daños colaterales son una nota al margen). Sin excepción, autócratas obscenamente ricos. Abdalá Bin Abdelaziz, el rey de Arabia Saudí, 15.000 millones de euros; el jeque Jalifa Bin Zayed al Nahyan, de Emiratos Árabes Unidos, 14.000 millones; Makhtoum bin Rashid Al-Maktoum, actual primer ministro y vice presidente de los Emiratos Árabes, 10.000 millones; Ben Alí y su clan, 8.000 millones; Mubarak, 70.000 millones de dólares; Gadafi, cuya fortuna se estima en 87.000 millones de euros, aunque es difícil de calcular, tiene 150 toneladas de oro en un escondite al sur del país, y, en una sola cuenta en el Reino Unido, 4.800 millones de dólares. Y, sin excepción, comparten todos el mismo terror por esta revuelta popular, e intentan venderlas a los lectores ingenuos como insurrecciones del integrismo islámico o conspiraciones extranjeras contra las más sagradas tradiciones árabes, es decir, ellos mismos.

Históricamente, invocar el peligro externo y dividir a los presuntos competidores han sido los medios más eficaces para conservar las satrapías. El solitario siervo de la gleba era más vulnerable que los gremios de artesanos concentrados en las ciudades, las asociaciones obreras y los ciudadanos unidos para exigir sus derechos. Reprimir una manifestación en las plazas y en las calles deja más evidencias que reprimir, selectivamente, a sus organizadores, y abortarla en estado embrionario. Pero ahora el poder ha topado con un enemigo escurridizo: Internet y las redes sociales. Basta un teléfono móvil para que cientos de miles de malestares se conjuguen. Y en este caso, el tamaño sí importa. Cuando un millón de ciudadanos se dan cita por los misteriosos cauces de la red y toman la calle, suelen ser imparables.

Ahora ha tocado el turno a los jóvenes españoles. No piden la derogación de sultanatos o la instauración de una democracia representativa, porque ya existe. La plataforma Democracia Real Ya anuncia que “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros”. Y se definen como “los desempleados, los mal remunerados, los subcontratados, los precarios, los jóvenes… [que] queremos un cambio y un futuro digno. Estamos hartos de reformas antisociales, de que nos dejen en el paro, de que los bancos que han provocado la crisis nos suban las hipotecas o se queden con nuestras viviendas, de que nos impongan leyes que limitan nuestra libertad en beneficio de los poderosos”. Aducen, con razón, que una crisis provocada por la avaricia de los especuladores y el capital financiero está siendo sufragada por el pueblo, mientras quienes la ocasionaron emergen de ella más ricos que antes. No creen en los partidos ni en los sindicatos tradicionales como una solución, sino como parte del problema y, en más de 60 ciudades españolas, 130.000 ciudadanos de distintos sectores sociales lo han ratificado el domingo con su presencia, que se ha extendido a las acampadas espontáneas que aún permanecen en distintas ciudades. La de Madrid tiene su propia página, http://madrid.tomalaplaza.net. Los vecinos y comerciantes de la zona están colaborando con ellos: mantas, comida, agua. Y ya han organizado carpas para pernoctar, reparto de alimentos y recogida de basura.

Hartos de políticos ineficaces y corruptos, de políticas más atentas a la conservación del poder que a las necesidades de los ciudadanos, esta plataforma horizontal, asamblearia y abierta, pretende crear otro modelo de sociedad civil, que no sólo emita su opinión o su voto, sino que tenga un peso decisivo en la cosa pública. Añaden que su propósito es “coordinar una acción global y común entre todas aquellas asociaciones, grupos y movimientos ciudadanos que, a través de distintas vías, están intentando contribuir a que la actual situación cambie”.

Hartos de mentiras, escándalos de corrupción, dobles raseros, clientelismo, intereses espurios, discursos trucados y otras lindezas de una clase política que ya la población considera el tercer problema de España, después del paro y la economía, sus pancartas se refieren no tanto a lo que quieren como a lo que no quieren: “Alternancia no es igual a democracia”, “Vuestra crisis, no la nuestra”, “Los políticos no nos representan”, “La banca siempre gana y no me da la gana”, “No es una crisis, es una estafa”, “Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”, “No hay pan para tanto chorizo”, embutido que apoda en España a los delincuentes y corruptos.

Y esto, en plena campaña electoral donde los políticos gastan alegremente el presupuesto público (el mismo que ha sufrido drásticos recortes, sobre todo en políticas sociales) en vendernos una mercancía, cuando menos, defectuosa. Y, en el peor de los casos, falsificada.

Entre las libertades, garantías y derechos que otorga cualquier democracia occidental y los regímenes que han derrocado o intentan derrocar los ciudadanos árabes, hay la misma distancia que entre el derecho de pernada y el sufragio universal. No obstante esta situación privilegiada, si la comparamos con el resto del planeta, y a pesar de sus objetivos aún por traducir en medidas concretas, este movimiento espontáneo convocado a través de las redes sociales es el anticipo de una nueva democracia. Recordar que el significado de demoskratos es “gobierno del pueblo”, no de un puñado de políticos; que necesita la figura del ho boulomenos, “cualquier persona que lo desee”, en los asuntos de gobierno, y que la última palabra corresponde a la asamblea, que ahora sí podría ser universal gracias a la red. Algo que no se consigue, desde luego, si la sociedad, apática, permite que la gobiernen (o malgobiernen) en su nombre un puñado de elegidos.

Internet ha democratizado el acceso a la información como nunca antes, ha arrojado luz (antes y después de Wikileaks) sobre la penumbra donde tan a gusto se mueven los políticos entre bambalinas, y ya se sabe que el control del conocimiento privilegiado ha sido siempre la primera arma de los políticos para manipular al demos, antes que las espadas o los fusiles.

La educación e información universales, la comunicación sin fronteras y las redes sociales permiten hoy, al menos en una buena parte del mundo, un modelo de democracia permanente que no se limite a depositar un voto (que a veces parece una patente de corso) cada cuatro años; una democracia que degrade a los políticos a ejecutores del mandato popular, servidores públicos nombrados por los electores. Como en cualquier sociedad anónima, será la junta de accionistas, en este caso de electores, la que decida sus atribuciones, sus obligaciones, sus límites y sus emolumentos. Es inmoral que los políticos se gratifiquen a sí mismos con salarios indecentes por un desempeño muchas veces mediocre. Como en cualquier empresa, éste dependerá de los resultados y deberá ser aprobado por sus votantes.

Como demuestra Suiza, una de las democracias más perfeccionadas del planeta, y donde toda decisión importante debe aprobarse en referendo, una sociedad madura no necesita líderes iluminados sino gestores competentes a los que se confirme o remueva en dependencia de su ejecutoria.

El 7 de noviembre de 1917, 25 de octubre según el calendario juliano, los bolcheviques tomaron el Palacio de Invierno de San Petesburgo. Prometían el poder a los obreros y campesinos y, en su lugar, concedieron a los rusos, más que el poder, la obligación de aplaudir a los nuevos zares. Hoy el Palacio de Invierno de la vieja política está siendo asaltado por twitter y sin derramar una gota de sangre.


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