ANCLAINSULAR: “Pobres de solemnidad”, por Miguel Iturria Savón.
Al amanecer del lunes pasado, al cruzar la calle 23, entre 10 y 12, Vedado, una señora muy delgada, mal vestida, medio ciega y con bastón, me suplicó la encaminara a la cuadra siguiente, es decir, hasta la esquina de 12 y 21, donde toma café cada mañana pues carece de cocina en el cuarto que comparte con su hijo, quien oscila del manicomio a la vecindad. Mientras la acompañaba le pregunté algunas cosas; al dejarla en la cafetería le di diez pesos para que desayunara; supuse que almorzara y comiera en uno de esos tugurios habilitados para indigentes.
No es agradable tropezar con personas que al caminar exhiben su miseria sin proponérselo. La llevan en el rostro, en la ropa sucia y descosida, en los zapatos, el peinado y hasta en el alma. Salvo excepciones, parecen zombis insepultos, espectros bajo el sol en las calles de nuestras ciudades. Nadie como ellos revela la crisis y la falta de oportunidades del país.
La pobreza es mayor de lo que suponemos. Basta con mirar la presencia gris de quienes caminan sin rumbo. A esa legión de seres alienados por el hambre, víctimas de la desproporción entre el salario y los precios de las mercancías, no solo pertenecen los mendigos, los locos sin apoyo estatal, los borrachos que deambulan de la casa al bar y los viejitos cuya chequera mensual les dura una semana.