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BURANA: “El solo”, por Marina Burana

Cuando a uno lo embarga la terrible sensación de estar solo –más bien la devoradora realidad de estar solo-, la ciudad ya pierde su espesor poético; el contacto con cualquier otro ser humano se hace algo incidental, una aceptación casi robótica para poder llenar el vacío que deja la desaparición de un cuerpo amigo; la desaparición de la constancia espiritual de alguien que entiende los cimientos más profundos de uno mismo. Esto en el afortunado caso de que ese alguien exista, si no, estar solo es aún más demoledor.
La lluvia o el asfalto mojado de repente ya no son más poesía. El tránsito lento del día se hace una espera insidiosa de la noche. Y a ésta se acude con presteza para que en la oscuridad de una habitación desconocida o a la luz tenue de un café, se revele la soledad asesina del jugo de naranja, o del cigarrillo humeando sobre ceniceros ajenos, o la mirada perdida sobre un lejano farol. Y esto en los litúrgicos casos en los que uno no está tentado de bajarse una botella de vino o de pincharse el brazo con algo más barato que el silencio urbano.
Y mientras uno se hunde solo, ve pasar a todos los demás que parecen no estarlo pero que sin saber cosechan soledades futuras e infelicidades prematuras. Es devastador estar solo en la soledad, pero aún más terrible es estarlo en la muchedumbre; en el roce de presencias que no son más que sopa fría. Es terrible saber que más allá de las infranqueables zonas solitarias no hay nada. Ni una mirada profunda, ni una contención amistosa, ni una palabra sincera, ni un abrazo amigo.
Estar solo es estar solo. Es hablar con uno mismo, volverse una especie de existencia monologada y derruida en un teatro personal, al cual el público no acude o si lo hace, lo hace con ánimos cinematográficos.
Estar solo es contar las horas como si en ello hubiera un entretenimiento particular; como si en un pasa-tiempo uno pudiera vencer (o acaso distraer) lo que sabe inexorablemente real.

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