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CUADERNODECUBA: “Fracaso intelectual”, por Alejandro Armengol

El 1 de enero de 1959, los intelectuales cubanos despertaron con una noticia alegre que pronto se transformó en amarga: el triunfo de una revolución para la que ―pronto comenzarían a escuchar la reclamación hasta el cansancio― ellos no habían hecho lo suficiente.
A partir de ese día y durante años muchos escritores lucharon ―algunos con honestidad, otros en apariencia― por librarse de una carga que al principio fue culpa existencial y terminó transformada en alabanza, oportunismo y cobardía.
El origen de la culpa hay que buscarlo en el siglo XIX, cuando en la isla un grupo de eminentes intelectuales se destacan por su lucidez y el deseo de evitar que luego de la independencia se repitieran en el país los errores que por entonces ya ocurrían en las nacientes repúblicas hispanoamericanas. Su labor educativa fue enorme, pero su fracaso político ―no lograr librar a la sociedad cubana de los males que anticiparon― marcó el destino de la nación. La frustración encontró refugio en la idealización emocional: la imagen del poeta combatiente que muere por el futuro del país.
Tras la república, muchos intelectuales entendieron la labor de educar como un ejercicio diario, a través de la prensa, la radio y el libro. Algunos rozaron el poder político o formaron parte de él, otros se sintieron más a gusto en sus bibliotecas. Pero la mayoría limitó su lucha al terreno de la confrontación cívica.

El intelectual cubano ―en la isla y el exilio― no está obligado a definir su obra en términos políticos, pero al mismo tiempo no debe eludir su responsabilidad ciudadana.

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