CUADERNODECUBA: “La libreta buena y la mala”, por Alejandro Armengol
En vigor desde el 19 de marzo de 1962, tras la implementación de una ley “para la mejor distribución de los abastecimientos”, la libreta de racionamiento en Cuba ha pasado por una transformación que refleja esa especie de montaña rusa, oxidada y en desorden, que es en la actualidad el modelo de gobierno imperante en la isla.
Si por décadas la libreta fue vista con odio por buena parte de la población, y como un instrumento destinado a obtener ingresos extras para algunos, hoy languidece cada vez más su acción y efectividad: con ella solo se puede obtener poco y malo de los escasos alimentos subsidiados que brinda el régimen.
La cuestión fundamental es que la libreta tiene dos aspectos, aunque se tiende a enfatizar uno y a olvidar el otro. Por una parte, se le considera un instrumento que regula la cantidad que se puede adquirir de un producto alimenticio, desde frijoles hasta algún tipo de carne. Esta función reguladora y restrictiva ha sido objeto de crítica, en Cuba y Miami, desde hace décadas. Pero hay otra función que cumple la libreta, la de canasta básica de alimentos: un medio que permite la adquisición de alimentos subsidiados. En los últimos años, es esta segunda función la que más ha sido destacada por la prensa, nacional e internacional, y por los propios cubanos, al punto de existir el temor de que ésta desaparezca. Se trata de un sentimiento de difícil comprensión para quienes abandonaron el país cuando la libreta era aún la presencia omnímoda de Fidel Castro en la mesa familiar.
De hecho, si la libreta se elimina, es posible que el gobierno cubano se vea obligado a poner en práctica alguna forma de subsidio, para un grupo básico de alimentos, destinado a las familias menos favorecidas. El gobernante Raúl Castro se ha referido a este sentido y no a la función igualitaria que con poco éxito la libreta desempeñó durante tantos años.