CUADERNODECUBA: “La puerta y el portero”, por Alejandro Armengol
Hay un error fundamental, una mala intención además ―y quizá esto segundo sea lo que realmente cuente― en limitar la celebración de los 40 años de la revista Criterios a la exclusión de entrada a tres personas. El hecho en sí es lamentable. La condena válida. Pero centrarse en lo ocurrido en la puerta aparta la discusión o el análisis de lo realmente importante: el debate que se celebró en el interior. El resto es rebajar a los panelistas, y al director de la revista y organizador del evento, al papel de porteros. Nada malo hay en ser portero, salvo que nadie acude al simple hecho de verlo abrir y cerrar una puerta a diario. El portero carece de poder de convocatoria; la puerta, o mejor dicho lo que hay detrás de la puerta, sí.
En la Cuba actual, y en especial si se trata de un evento cultural, vale la pena destacar lo que ocurre tras la puerta por una sencilla razón. Porque si seguimos limitándonos a ver solo el rol que desempeñan los organismos represivos en imponer restricciones a una labor cultural ―si continuamos enfatizando lo que se calla, si una y otra vez apostamos a lo que no ocurre―se termina dando la impresión de regodearse en lo oscuro, bajo el amparo de defender a las víctimas, reclamar el abrir la puerta para tres. Citar la cifra ―al menos tres, quizá fueron más― no rebaja la condena del hecho, sino que simplemente fija parámetros. Igual de condenable sería la exclusión solo de uno
Por otra parte, los más de cincuenta años de régimen totalitario en Cuba son también la historia de las exclusiones y las puertas cerradas. Desde el portero de restaurante que entendía que su función era cerrar la entrada hasta la codiciada invitación para ver el estreno de una película extranjera en la Cinemateca de Cuba. Así que el no dejar pasar ha sido la norma durante décadas. Ello no justifica cualquier política de cierre, sino sitúa la circunstancia bajo la cual se define cualquier actividad en la isla.
Lo que hace particularmente notable ese abre y cierra es su carácter político. La política de la exclusión y pertenencia existe en otras partes sin que de inmediato se produzcan protestas. Es más, este criterio político que acompaña al cargo de portero ―y lo define, con razón o sin ella― en miembro de un cuerpo represivo es también lo que convierte en codiciada la entrada. Ese público que llena cualquier sala en la isla ―ya sea por compulsión, interés o curiosidad―se vuelve esquivo a la vez que llega al exilio, desaparece, se pierde en las autopistas y supermercados.