DÍAZMARTÍNEZ: “La nueva trova, 40 años después”, por Leonardo Calvo Cárdenas
Poesía, espontaneidad, compromiso, desenfado y talento parecen ser unas pocas palabras que podrían definir el movimiento cultural que a finales de la década de los sesenta impactó a la efervescente y esperanzada sociedad cubana y marcó pautas trascendentes allende fronteras. En 2012 se cumplen cuarenta años de que adquirió estructuración institucional este movimiento impulsado a golpe de guitarra, sueños y utopías destinado a ocupar un lugar destacado en la muy rica historia musical cubana.
La fundación en 1972 del Movimiento de la Nueva Trova reunió en una entidad cultural autónoma –¿o será mejor decir específica?– a esos creadores e intérpretes que se convirtieron en la voz de los nuevos tiempos a partir de compaginar las tradiciones musicales nacionales con las propuestas más contemporáneas, rompiendo cánones estéticos muy arraigados y decididos a no hacer concesiones al facilismo comercialista.
Los jóvenes cantautores que daban la espalda a los grandes artificios de la farándula para cantar al amor, los valores humanos, los ideales políticos y las más complejas problemáticas sociales con visión crítica acompañada de profunda y novedosa lirica.
La Nueva Trova desde su nacimiento no la tuvo nada fácil, en época de extremismo y radical celo revolucionario, cuando toda actitud era sospechosa y cualquier criterio podía ser tachado de diversionismo ideológico, los jóvenes juglares con su lirica poco convencional y de alto vuelo expresivo, con su imagen y actitudes desenfadadas, despertaron todo género de recelos y rechazos. Los iniciadores del movimiento pagaron caro su vanguardismo y modernidad.