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DILETANTESINCAUSA: “El cineasta y el cinéfilo”, por Roberto Madrigal (Kim Jong-il y el realizador Shin)

La leyenda oficial propaga que Kim Jong-Il, el recientemente fallecido dictador de Corea del Norte, aprendió a caminar a las tres semanas de nacido, a hablar a las ocho semanas y que había escrito seis óperas y mil quinientos libros antes de graduarse de la Universidad Kim Il Sung, pero lo que realmente preocupaba a esta realización genética de la idea Juche era su incapacidad para hacer cine, arte de la cual era fanático convicto y confeso, y su incomodidad ante la pobreza creativa de la producción cinematográfica norcoreana, como si las ideas de su papá no tuvieran nada que ver con ello.
A mediados de los años setenta, al joven Kim, que por entonces era sólo un tirano en ciernes, concibió la idea de importar al director y productor más destacado del momento en Corea del Sur para darle un aliento vital a la anquilosada maquinaria propagandística de su país y buscar la conquista de los públicos extranjeros. Como una nación tan puramente comunista no puede lidiar con el enemigo, ni mucho menos ofrecer, como un reptil capitalista, una compensación monetaria, el futuro líder concibió un plan mucho más imaginativo. Se decidió secuestrar al director de marras.

En 1986, Shin y Choi, durante una visita a un festival de cine en Viena, como parte de la delegación norcoreana que presentaba Pulgasari, solicitaron y obtuvieron asilo en la embajada americana.

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